Zeus y su poderosa compañía
James Baldwin
Hace mucho tiempo, cuando el mundo era mucho más joven que ahora, la gente contaba y creía un gran número de historias maravillosas sobre cosas increíbles que ni tú ni yo hemos visto jamás. A menudo hablaban de un cierto Ser Poderoso llamado Zeus o Júpiter, quien era el rey del cielo y de la tierra; y decían que pasaba la mayor parte del tiempo sentado entre las nubes en la cumbre de una montaña muy alta, desde donde podía contemplar hacia abajo y ver todo lo que sucedía en la tierra. Le gustaba cabalgar sobre las nubes de tormenta y arrojar rayos ardientes a diestra y siniestra entre los árboles y las rocas; y era tan pero tan poderoso que, cuando asentía con la cabeza, la tierra temblaba, las montañas se estremecían y echaban humo, el cielo se oscurecía y el sol escondía su rostro.
Zeus tenía dos hermanos, ambos sujetos terribles, aunque ni de lejos tan grandes como él. El nombre de uno de ellos era Poseidón, o Neptuno, y era el rey del mar. Tenía un palacio dorado y resplandeciente en lo profundo de las cuevas marinas donde viven los peces y crece el coral rojo; y cada vez que se enojaba, las olas se elevaban tan altas como montañas, los vientos huracanados aullaban espantosamente y el mar intentaba embestir contra la tierra; por eso los hombres lo llamaban el Sacudidor de la Tierra.
El otro hermano de Zeus era un ser triste y de rostro pálido, cuyo reino se encontraba debajo de la tierra, donde el sol nunca brillaba y donde reinaban la oscuridad, el llanto y el pesar todo el tiempo. Su nombre era Hades, o Aidoneo, y su país era llamado el Mundo Inferior, la Tierra de las Sombras, o simplemente el Hades. Los hombres decían que, cada vez que alguien moría, Hades enviaba a su mensajero, o Guía de Sombras, para llevar a esa persona hasta su desolado reino; por esa razón nunca hablaban bien de él y lo consideraban únicamente como el enemigo de la vida.
Un gran número de otros Seres Poderosos vivían con Zeus entre las nubes en la cumbre de la montaña; tantos, que solo puedo nombrar a muy pocos. Estaba Afrodita, la reina del amor y la belleza, quien era con creces más hermosa que cualquier mujer que tú o yo hayamos visto jamás. Estaba Atenea, o Minerva, la reina del aire, quien daba sabiduría a las personas y les enseñaba cómo hacer muchas cosas útiles. Estaba Hera, la reina de la tierra y del cielo, quien se sentaba a la derecha de Zeus y le daba toda clase de consejos. Estaba Ares, el gran guerrero, cuyo deleite era el estruendo de la batalla. Estaba Hermes, el veloz mensajero, que tenía alas en su gorro y en sus sandalias, y volaba de un lugar a otro como las nubes de verano cuando son arrastradas por el viento. Estaba Hefesto, o Vulcano, un diestro herrero que tenía su fragua en una montaña ardiente y moldeaba muchas cosas maravillosas de hierro, cobre y oro. Y además de estos, había muchos otros sobre los cuales aprenderás poco a poco, y sobre quienes los hombres contaban historias extrañas y hermosas.
Todos ellos vivían en mansiones doradas y resplandecientes, allá en lo alto entre las nubes, tan alto que los ojos de los hombres nunca podían verlas. Sin embargo, ellos sí podían mirar hacia abajo y ver lo que hacían los hombres, y a menudo se decía que abandonaban sus elevados hogares para vagar de incógnito por la tierra o sobre el mar.
Y de todo este Poderoso Pueblo, Zeus era, por mucho, el más poderoso.
