La señora de la lámpara

La señora de la lámpara

La señora de la lámpara

Transcurre el año 1854, mientras se desarrolla la guerra de Crimea. Soldados ingleses, franceses y turcos combaten heroicamente bajo las murallas de Sebastopol. Todos los días llegan a la retaguardia carros tambaleantes, en los que gimen los heridos. Éstos son internados en hospitales improvisados: los médicos escasean, no hay enfermeras, se carece de medicamentos…

Pero un día se presenta entre ellos una frágil mujer, Florencia Nightingale (se pronuncía Náitingueil), el ángel de la caridad y del amor, que con su obra dejaría preparado el camino para el advenimiento de esa institución altamente humanitaria que es la Cruz Roja, concebida por el cirujano napolitano Fernando Palasciano y realizada por el filántropo suizo Enrique Dunant.

—¡Florencia! No puedes hacer eso. Arriesgar tu vida; abandonar tus comodidades, las relaciones, la sociedad…

—Es inútil, mamá: estoy decidida; tengo que ir. ¿Leíste lo que apareció en el «Times»? A esos pobres heridos les falta de todo, medicamentos, asistencia, limpieza. No puedo quedarme aquí ociosa, mientras tantas personas mueren entre sufrimientos atroces …

Sobre la mesa estaba abierto el «Times»; el célebre diario londinense hacía un extenso comentario acerca de la guerra en Crimea y concluía con una apelación a las mujeres inglesas para que acudieran a prestar asistencia a los heridos.

«¿No hay mujeres en Inglaterra —decía el diario— que tengan la valentía de socorrer a nuestros heridos, que estén dispuestas a hacer un sacrificio para aliviar los horribles sufrimientos de esos desdichados?»

Florencia Nightingale tuvo esa valentía.

*

Un soldado le interceptó el paso.

—¡Atrás, atrás! No se puede pasar…

—Por favor, el hospital del campamento —dijo Florencia y mostró el pase otorgado por las autoridades.

El centinela la miró asombrado y señaló un gran caserón gris.

Florencia entró… y quedó como petrificada en el umbral, anonadada por el triste espectáculo que se presentaba ante sus ojos: una sala sucia, infestada de insectos, atestada de lechos de paja que se sucedían desordenadamente y en los cuales sufrían centenares dé jóvenes soldados.

Éste fue el ambiente en el que la delicada, la aristocrática Florencia Nightingale comenzó su labor. Había solamente un médico, y los heridos, los moribundos aumentaban día a día.

El cuerpo de enfermeros estaba constituido por unos pocos soldados heridos que apenas estaban en condiciones de arrastrarse de una punta a la otra de aquella sala miserable.

Florencia inmediatamente advirtió que para empezar había que poner un poco de orden en ese infierno. Y en consecuencia no perdió el tiempo.

A un soldado le ordenó que barriese; a otro, que cambiara la paja de los lechos; a un tercero, que sacase la ropa sucia… Pero Florencia no daba solamente órdenes: trabajaba, trabajaba hasta el agotamiento, más allá de todo límite imaginable.

Durante el día barría, lavaba, colaboraba con el médico en las operaciones más difíciles y peligrosas, de noche hacía guardia para los enfermos, caminando por los pasillos con una pequeña lámpara en la mano. Y nadie que recurriera a ella dejaba de obtener un sorbo de agua, una palabra de consuelo y de aliento que le ayudara eficazmente a soportar sus padecimientos.

En los momentos de tregua, cuando los enfermos callaban y el silencio se adueñaba de la estancia, Florencia se sentaba a la mesa y se daba con ahínco a la tarea de escribir centenares y centenares de cartas.

Escribía a la madre de un herido, escribía a las familias de los soldados caídos, escribía a los amigos pidiendo dádivas y auxilio.

También conoció el horror del campo de batalla, en el que trabajó incansablemente en beneficio de los heridos, en medio del fuego y la destrucción. Allí organizó un servicio de ambulancias que dio excelentes resultados.

—¡Ah, no, ésta no es una mujer!… —murmuraban los heridos— ¡Es un hada!

—Es un ángel, un ángel de caridad…

Florencia Nightingale estaba por todas partes con su gracia y su sonrisa, prodigándose sin desmayo en beneficio de la organización de los servicios asistenciales, cuidando cada detalle a fin de dispensar la mejor atención a los heridos.

A su llamado habían acudido otras enfermeras, que trabajaban a la par de ella, estimuladas por su ejemplo.

La «señora de la lámpara» era, entre todos los horrores y sufrimientos de la guerra, literalmente una luz de noble caridad humana.

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