De la tortura a la libertad

De la tortura a la libertad

Ésta es la enternecedora historia de un hermoso ruiseñor confinado en una jaula, a oscuras, a quien un alma bondadosa hizo recuperar la ansiada libertad.

Un gorjeo contenido, parecido a un sollozo, salió de algún lado.

Me volví y finalmente, en el rincón más oscuro descubrí una jaulita. Desde una puer-tita asomó un niño moreno.

—¿Qué quieres, Trino? —preguntó el chico, dirigiéndose hacia la jaula. Y luego, viéndome a mí, se puso a llamar:

—¡Papá! … ¡Papá, una señora te busca!

Me acerqué al niño y a la jaula en cuyo interior un ruiseñor hermoso y grande, dando saltitos, trataba inútilmente de desplegar las alas, que chocaban contra las paredes de su pequeña prisión.

En el deseo de volar, se debatía desesperado. A veces golpeaba con la cabecita contra la jaula, y entonces emitía un sonido semejante al de un llanto profundo.

El niño me miraba.

—¿Le gusta el pajarito? Lindo, ¿verdad, señora?

—¿Le gusta? —dijo a sus espaldas el padre— ¡Si viera cómo canta!

—A mí no me parece alegre …

—Hay un sistema especial para hacerlo cantar. Lo tenemos a oscuras durante dos meses y luego lo llevamos a la luz; entonces canta y canta como enloquecido; el negocio parece más alegre y es un verdadero placer escucharlo.

—¡Pero eso es una crueldad! —exclamé— ¡Qué sufrimiento, pobre animalito!

—¿Crueldad? —dijo el niño con asombro.

—¿Crueldad? —hizo eco el padre— ¡Pero si canta porque está contento!

Me miraba atónito, con una gran sonrisa.

Me volví hacia el niño:

—¿No comprendes que Trino está desesperado?

El chico pareció asustarse.

—¿Pero qué cosas le está diciendo? —murmuró el hombre molesto, empujando al niño hacia la puerta— Anda, ve con mamá … Vamos, camina.

Comprendí que el tosco sujeto no era capaz de interpretar el sufrimiento del animalito, por lo que era inútil hablar para hacérselo entender.

Regresé a casa con el corazón lleno de compasión por el pequeño ruiseñor. Había una sola manera de liberar a Trino…

Tenía guardado un dinero para comprarme ropa, un vestido verdaderamente lindo, como deseaba hacía tiempo. Pero de un vestido se puede prescindir…

Al día siguiente volví a la carbonería.

—¿Me vende a Trino? —le pregunté al patrón.

—No se lo vendo a nadie —respondió secamente.

—¿Ni siquiera pagándole más de lo que vale? —insistí mostrándole un billete grande, que encendió un destello en los ojos del carbonero.

—Pero, ¿para qué lo quiere?

—Y, porque lo quiero.

—Bueno, ¡bah! … lléveselo.

—Me llevé el pajarito a casa.

Me miró inclinando la cabecita primero hacia la derecha y luego a la izquierda, como si me examinase para ver si podía confiar en mí.

Estábamos en agosto. Afuera una neblina espesa envolvía la calle y el viento frío silbaba a través de las rendijas. Pero en casa estaba calentito.

—Trino —dije—, si te suelto ahora, con el frío que hace afuera, morirás.

“Pío … pío …”, musitó el pajarito.

—Y si te dejo en casa hasta la primavera, ¿me harás compañía?

“Pío … pío …”, respondió Trino, girando los ojos redondos y brillantes.

Cerré todas las puertas y abrí la jaulita. El ruiseñor levantó vuelo en medio de trinos de gozo. Mi cuarto ciertamente no era el cielo, pero al pajarito le pareció inmenso en comparación con su jaula.

Lo miré volar cantando ebrio de júbilo, y sonreí gozosa.

Así pasó el invierno. Trino era feliz conmigo dentro de la habitación.

Le cobré gran afecto al hermoso pajarito pues nos habíamos hecho amigos y venía a comer las migajas de mi mano.

Y llegó el primer solcito, con los brotes y perfumes de la primavera.

Recordé lo que me había propuesto. Luché contra mi egoísmo, contra mi cariño … y abrí la ventana.

—Vuela -susurré tristemente—, ¡Adiós!

Se fue volando hacia el sol en una explosión de trinos de felicidad.

—No lo veré nunca más —me dije, y el cuarto me pareció de pronto demasiado vacío y silencioso.

Pasaron tres días y ya no lo esperaba, cuando por la ventana abierta entró mi pajarito.

— ¡Trino! … ¡Trino! … ¡Regresaste! —grité, dichosa, extendiéndole la mano.

El ruiseñor se posó en ella y gorjeó “pío … pío …” en señal de amistad, con la cabecita levantada. Con un dedo yo se la acaricié. Tenía el placer de saberlo amigo y cerca sin encerrarlo en una jaula.

El ruiseñor era libre y sin embargo seguiría haciéndome compañía.


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