La historia de Dafne (Clásico)

La historia de Dafne (Clásico)

La historia de Dafne (Clásico)

M. M. Bird

Febo Apolo, el dios del sol y cazador sin igual en las lides de la caza, había dado muerte con sus saetas a la terrible serpiente Pitón. Para conmemorar tan valerosa hazaña, instituyó los Juegos Píticos, en los que los nobles jóvenes luchaban por la supremacía. El premio era una sencilla corona verde, símbolo de la victoria. El laurel no era todavía la hoja consagrada a las guirnaldas que los dioses otorgaban a los dichosos vencedores, sino que toda clase de follaje verde se lucía con gracia promisoria sobre los cabellos ondulados de Febo.

Henchido de orgullo por su reciente triunfo contra la Pitón, Febo vio a Eros, el hijo inmortal de Afrodita, tensando su arco y apuntando sus plumas saetas a mortales desprevenidos. Un corazón una vez traspasado por uno de esos diminutos dardos sentía todo el agridulce sabor del amor y jamás se recobraba de la herida. Febo se burló de él:

—¿Acaso son estas armas aptas para chiquillos? —exclamó—. Sabelo bien: la arquería es asunto de mi incumbencia. Mis saetas vuelan irresistibles. Mira cómo la Pitón ha encontrado su justo destino a mis manos. Toma tu antorcha y, solo con ella, chamusca las débiles almas de los enamorados.

Eros le respondió que, aunque ante todo lo demás las saetas de Apolo fueran irresistibles, para Eros sería la justa gloria cuando él mismo fuera conquistado. El travieso niño voló hacia las alturas del Parnaso y, desde allí, disparó una de sus flechas más afiladas al pecho de la audaz deidad. Tomó otra flecha distinta, roma y rematada en plomo, y la dirigió al corazón de cierta ninfa de extraordinaria belleza, una saeta diseñada para provocar el desdén al amor en su casto seno. Su nombre era Dafne, la joven hija de Peneo. Era seguidora de Artemis, la divina cazadora. Todos sus días los pasaba en los bosques entre las criaturas salvajes, o recorría las llanuras abiertas con pies veloces. Todo su amor estaba entregado a la libre vida del bosque: vagaba en intrépida persecución de las bestias de presa, la aljaba al costado, el arco en mano y sus hermosos cabellos recogidos en múltiples cintas alrededor de la cabeza. Su padre a menudo la reprendía:

—Te lo debés a vos misma y a mí tomar un esposo —le decía.

Pero ella, rodeando el cuello de su padre con sus jóvenes brazos, le suplicaba que la dejara libre para seguir la vida que amaba y no pusiera el yugo del matrimonio sobre sus hombros reacios.

—No te pido más de lo que el cariñoso padre de Artemis le concedió a ella —decía.

Su padre, de blando corazón, accedió a respetar su capricho, pero le advirtió que muy pronto se arrepentiría de su deseo antinatural.

Estando Dafne un día de cacería en el bosque, Apolo la divisó. La flecha impulsada por Eros no había fallado su tiro y el veneno del amor corría como fiebre por sus venas. Vio el destello de plata pulida de su hombro desnudo; vio el cabello desgreñado que el viento había soltado de su cinta; vio sus ojos, límpidos e inocentes como los de un cervatillo; la belleza y velocidad de sus pies mientras huía por el claro del bosque, sus dedos ahusados mientras ajustaban una flecha a la cuerda del arco. Lo vio y ardió en deseos.

Veloz como el viento, la asustada doncella huyó al divisarlo, y ni aun cuando él la alcanzó quiso detenerse a escuchar sus palabras halagadoras.

—¡Detente, ninfa! —clamó él—. No es un enemigo quien te sigue. ¿Por qué has de huir como la temblorosa cierva del león, el cordero del lobo hambriento, la paloma del halcón persecutor? Es un dios quien te ama y te sigue. De un dios huyes, ¡un dios que te ama y no aceptará un no por respuesta!

Ella seguía huyendo y él la seguía persiguiendo; él amante, ella reacia; él suplicante y ella sorda a sus plegarias. Como la liebre dobla para eludir al galgo que la va ganando, la doncella en fuga se volvía intentando eludir a su perseguidor. En vano luchaba contra un dios. El terror daba alas a sus pies, pero del Amor no hay escapatoria. Él le ganaba terreno y ya sentía ella su aliento cálido en el cabello; el brazo del dios ya se estiraba para estrecharla.

La ninfa palideció de terror mortal. Exhausta por su larga y dura carrera por la libertad, lanzó una mirada desesperada a su alrededor. No se veía auxilio alguno, pero muy cerca corrían las aguas de un pequeño arroyo.

—¡Oh, auxilio! —gritó—, si los dioses del agua son verdaderas deidades. ¡Tierra, te conjuro, ábrete y sepulta a esta desdichada desgraciada; o cambia mi forma, la causa de todo mi temor!

La piadosa tierra escuchó su frenética oración. La asustada ninfa sintió sus pies entumecidos por el frío y echando raíces en el suelo. Cuando los brazos de Apolo se cerraron sobre ella, una fina corteza cubrió su cuerpo, sus brazos extendidos se transformaron en ramas hojosas, sus cabellos y sus dedos, ¡todo se convirtió en hojas temblorosas! Solo la suavidad de su piel permaneció.

—¡Dioses y hombres, todos somos burlados de este modo!

En lugar de a una doncella, Apolo estrechaba a un árbol de laurel, y sus labios ardientes se presionaron contra la fría e insensible corteza.

Sin embargo, Apolo es un dios piadoso y, al poco tiempo, cuando se le enfrió la pasión, se arrepintió de su alocada persecución y de su desesperado desenlace. La imagen de la esquiva doncella, vagando libre de amores por el bosque, se instaló en su imaginación, más delicada y hermosa que cuando vivía en verdad. Así que juró que el laurel sería su árbol predilecto. Sus hojas se ceñirían en la frente del poeta, coronarían al vencedor en la carrera de carros y al conquistador mientras marchara en el gran triunfo.

A salvo de los truenos permanecería, inmarcesible como los dioses inmortales; y así como las trenzas de Apolo jamás se cortan, sus ramas se vestirían de perpetuo verde a través de todas las estaciones cambiantes.

Y el árbol agradecido solo pudo inclinar sus hermosas ramas sobre él y mecer la copa hojosa de su cabeza.

Etiquetado en: , , , ,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *