Hermes (Clásico)

Hermes (Clásico)

Hermes (Clásico)

Ferdinand Schmidt y Carl Friedrich Becker

Hermes era hijo de Zeus y de Maya, hija del titán Atlas, el hermano mayor de Prometeo. Su divino origen quedó de manifiesto desde el mismísimo primer día de vida gracias a su extraordinaria astucia e ingenio, pues al mediodía se levantó de su cuna y abandonó a toda prisa la oscura gruta de su madre. Al divisar a una tortuga moteada que se alimentaba entre la hierba alta, sonrió al verla y exclamó:

—¡Bienvenida, criatura hermosa! Bien se dice que donde tú habitas no hay espacio para la ira ni para los hechizos; y, sin embargo, creo que te mataré para hacer de tu caparazón un agradable juguete.

Dicho esto, sujetó a la tortuga con ambas manos, regresó a la cuna y acabó con la vida del animal. Perforó el caparazón moteado, insertó clavijas en las aberturas, lo cubrió todo con piel de buey, le añadió un mástil y le colocó siete cuerdas bien afinadas. Todo quedó listo en un abrir y cerrar de ojos. Probó las cuerdas y he aquí que resonaron con fuerza y armonía acompañando su canto. Pero mientras cantaba, otra emoción embargó su alma: pensó en la carne, pues sentía ya un apetito insaciable por un suculento y bien preparado festín.

Cuando el carro del sol desapareció bajo las rojas y relucientes olas del Océano, Hermes tomó su laúd bien afinado y caminó en el crepúsculo hacia las sombrías montañas de Pieria, donde el ganado del dios del Sol pastaba en frondosos prados. El astuto niño sedujo a cincuenta reses del rebaño para que lo siguieran y las hizo caminar de espaldas, de modo que las huellas de sus pezuñas quedaran disimuladas. Y para que sus propios pasos no lo delataran, tomó ramas de tamarisco y mirto y tejió con ellas unas sandalias mágicas. Así erró impulsando al rebaño ante sí, por senderos tortuosos, entre prados florecidos y alturas densamente arboladas. Al fin la noche llegó a su término, y la suave luz que Selene (la Luna) envía cuando Apolo se hunde en el Océano fue disipada por el resplandor rosado de Eos (la Aurora) en el sonriente cielo del este.

Al alcanzar el río Alfeo con el ganado, Hermes agrupó a las reses y encendió una hoguera. Sujetó a dos de ellas por los cuernos, las derribó al suelo con extraordinaria fuerza y las sacrificó con un afilado acero. Tomó las mejores partes y las ensartó en espetones de madera, reservando las pieles para ponerlas a secar. A continuación, dividió la carne en doce porciones y las ofreció en sacrificio a las doce principales deidades olímpicas. Al ver el humo de la ofrenda elevarse hacia el cielo, le invadió el ansia de probar la carne para saber si pertenecía a la estirpe divina que se nutre de néctar y ambrosía; sin embargo, su elevada inteligencia le hizo contenerse. Dejó la carne intacta, la rodeó con leña seca y la quemó junto con las cabezas y las pezuñas de los animales. Mientras el humo ascendía, arrojó sus sandalias al Alfeo y se apresuró a regresar a la gruta.

Ligeramente, como una brisa, se deslizó por la abertura ovalada, saltó a su cuna y, como un niño juguetón, tomó el laúd con la mano izquierda. Pero su madre no se dejó engañar y lo reprendió por su larga ausencia.

La rosada Aurora se extendió por el cielo matutino y, cuando Apolo ascendió en su carro tirado por corceles blancos de tupidas crines, contempló los solitarios prados y echó en falta su ganado. Asombrado, buscó el rastro de sus pezuñas, pero no halló huella alguna, ni señal de que hombre o dios hubiera pasado por allí. Llegó a Onquesto, donde encontró a un anciano que cuidaba de un viñedo, y le preguntó al respecto. El anciano respondió:

—Era un niño muy pequeño que agitaba una vara en la mano y se llevaba el rebaño.

Apolo pensó de inmediato en Hermes y se dirigió a la gruta de Maya.

Cuando Hermes vio el deslumbrante rostro del dios del Sol, se hundió aún más bajo las sábanas de nieve y fingió estar dormido. Pero Apolo adivinó la astucia del pequeño. Registró la caverna y abrió todas las amplias cámaras: en una vio néctar, ambrosía y abundantes tesoros de oro; en otra, cofres de cedro llenos de vestiduras púrpuras y de blanca nieve pertenecientes a la ninfa. Mas, como en ningún sitio hallaba lo que buscaba, se acercó a la cuna y dijo:

—Niño astuto, levántate y muéstrame el ganado que te has llevado. Si no te apresuras a obedecerme, te arrojaré sin piedad a las oscuras profundidades del Tártaro, de donde nadie podrá rescatarte.

Mientras Hermes luchaba por incorporarse, Apolo lo tomó en brazos y lo llevó ante Zeus. El soberano, tras escuchar las quejas del dios del Sol, se echó a reír con fuerza y liberó a su astuto hijo. Después de entregar algunas reses vivas al dios del Sol, Zeus conservó a Hermes a su lado, convirtiéndolo en la deidad del comercio y el trueque, y en el veloz mensajero de los dioses. Todos los caminos le fueron pronto familiares, y sus pies alados lo transportaban con la rapidez del viento sobre la tierra y el mar.

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