Faetón (Clásico)
Olivia Coolidge
Aunque Apolo honró siempre la memoria de Dafne, ella no fue su único amor. Otra de sus amadas fue una mortal, Clímene, con quien tuvo un hijo llamado Faetón. El niño creció junto a su madre, quien, por ser mortal, no podía habitar en las estancias del Olimpo ni en el palacio del sol. Vivía no lejos de Oriente, en las tierras de Etiopía, y a medida que su hijo crecía, ella le señalaba el lugar por donde Eos, la diosa del alba, iluminaba el cielo, y le decía que allí moraba su padre. A Faetón le encantaba jactarse de su divino progenitor cada vez que veía el carro de oro recorrer las alturas del aire. Solía recordar a sus compañeros la historia de otros hijos de dioses y mujeres mortales que, en virtud de sus grandes hazañas, habían alcanzado finalmente la divinidad. Necesitaba ser siempre el primero en todo, y en la mayoría de las cosas le resultaba fácil, pues en verdad era más fuerte, más veloz y más audaz que los demás. Aun cuando no resultara victorioso, Faetón reclamaba siempre el primer lugar en honor. Jamás podía soportar ser derrotado, aunque tuviera que arriesgar su vida de forma temeraria para vencer.
La mayoría de los príncipes de Etiopía rendían homenaje a Faetón de buen grado, pues lo admiraban enormemente por su fuego y belleza. Sin embargo, había un muchacho, Épafo, de quien se decía que era hijo del mismísimo Zeus. Dado que esto no estaba probado con certeza, Faetón prefería no creerlo y exigiéndole a Épafo la misma deferencia que obtenía de todos los demás. Épafo también era orgulloso, y un día perdió la paciencia con Faetón y se encaró con él diciendo:
—Eres un necio al creer todo lo que te dice tu madre. Estás lleno de falsas ilusiones sobre tu padre.
Rojo de ira, el joven corrió a su casa al encuentro de su madre y le exigió que le probara la verdad de la historia que tantas veces le había contado.
—Dame una prueba —le suplicó— con la que pueda responder a este insulto de Épafo. Es para mí una cuestión de vida o muerte, pues si no puedo hacerlo, moriré de vergüenza.
—Te juro —respondió su madre solemnemente— por el brillante disco del sol mismo que eres su hijo. Si juro en falso, que no vuelva a contemplar el sol jamás y muera antes de la próxima vez que él ascienda a los cielos. Más que esto no puedo hacer, pero tú, hijo mío, puedes ir al palacio oriental de Febo Apolo —que no yace lejos de aquí— y hablar allí con el dios en persona.
El hijo de Clímene saltó de alegría ante las palabras de su madre. El palacio de Apolo, en efecto, no estaba lejos; se alzaba justo bajo el horizonte oriental, con sus altas columnas reluciendo en bronce y oro. Por encima de estas, resplandecía con el blanco del marfil, y las grandes puertas eran de plata destellante, grabadas con relieve que representaban la tierra, el cielo, el mar y los dioses que en ellos habitaban. Por la empinada colina y las brillantes escaleras subió Faetón, cruzando sin temor las puertas de plata, hasta ponerse en presencia del sol. Allí se vio obligado al fin a apartar el rostro, pues Febo se hallaba sentado con majestad en su trono de oro, el cual relucía con esmeraldas y piedras preciosas, mientras sobre la cabeza del dios descansaba una deslumbrante corona de diamantes que ningún ojo podía contemplar sin quedar cegado.
Faetón se cubrió el rostro, pero el dios reconoció a su hijo y le habló con bondad, preguntándole por qué había acudido. Entonces Faetón cobró valor y dijo:
—Vengo a preguntarte si en verdad eres mi padre. Si es así, te ruego que me des una prueba de ello para que todos me reconozcan como hijo de Febo.
El dios sonrió, complacido con la belleza y la audacia de su hijo. Se quitó la corona para que Faetón pudiera mirarlo y, bajando del trono, rodeó al muchacho con sus brazos y dijo:
—En verdad eres mi hijo y el de Clímene, y digno de ser llamado tal. Pídeme lo que desees para probar tu origen ante los hombres y lo tendrás.
Faetón se tambaleó por un momento, mareado de emoción ante el contacto del dios. Su corazón dio un vuelco; la sangre se le agolpó en el rostro. Ahora se sentía verdaderamente divino, distinto de los demás hombres, y no deseaba volver a ser contado entre los mortales. Miró por un instante a su radiante padre y dijo:
—Permíteme guiar el carro del sol a través de los cielos por un solo día.
Apolo frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—No puedo romper mi promesa, pero te disuadiré si puedo —respondió—. ¿Cómo podrías guiar mi carro, cuyos caballos exigen una mano firme en las riendas? La subida es demasiado empinada para ti. La inmensa altura te mareará. Las veloces corrientes de aire de los cielos superiores te desviarán de tu rumbo. Ni siquiera los dioses inmortales podrían guiar mi carro. ¿Cómo podrías hacerlo tú? Sé sabio y elige otra cosa.
El orgullo de Faetón era obstinado, pues pensaba que el dios solo intentaba asustarlo. Además, si lograba guiar el carro del sol, ¿no habría probado su derecho a ser contado entre los divinos antes que entre los mortales? Por ello estaba dispuesto a arriesgar la vida. En verdad, una vez que había contemplado el esplendor de Apolo, no deseaba volver a vivir entre los hombres. Por tanto, insistió en su petición hasta que Apolo no tuvo más remedio que ceder.
Cuando el padre vio que ninguna otra cosa satisfaría al muchacho, ordenó a las Horas que trajeran el carro y uncieran los caballos. El carro era de oro y tenía dos ruedas con llantas de oro y radios de plata. En él había espacio para que un hombre se mantuviera en pie y sostuviera las riendas. Una barandilla corría por el frente y los lados, pero la parte trasera estaba abierta. Al final de una larga lanza se hallaban los yugos para los cuatro caballos. La lanza era de oro y brillaba con gemas preciosas: topacios dorados, brillantes diamantes, verdes esmeraldas y rubíes destellantes. Mientras las Horas uncían a los veloces caballos que piafaban, la Aurora de rosados dedos se apresuró hacia las puertas del cielo para abrirlas de par en par. Mientras tanto, Apolo ungió el rostro de su hijo con un ungüento mágico para que pudiera soportar el calor de los caballos que exhalaban fuego y del resplandeciente carro de oro. Al fin, Faetón subió al carro y empuñó las riendas; se bajaron las barreras y los caballos salieron disparados hacia los aires.
Al principio, los ardientes corceles avanzaron a gran velocidad por el sendero acostumbrado, pero detrás de ellos el carro resultaba demasiado ligero sin el peso del dios inmortal. Daba tumbos de un lado a otro y se sacudía violentamente. Faetón estaba demasiado asustado y mareado para tirar de las riendas, ni habría sabido en todo caso si se hallaba en la ruta correcta. Tan pronto como los caballos sintieron que no había mano que los controlara, se elevaron con velocidad de fuego hacia lo alto de los cielos, hasta que la tierra se volvió pálida y fría bajo ellos. Faetón cerró los ojos, temblando ante la vertiginosa y precipitada altura. Entonces los caballos descendieron más rápido que una piedra que cae, lanzándose desbocados de un lado a otro en un pánico ciego al verse sin dueño. Faetón soltó las riendas por completo y se agarró con todas sus fuerzas a la barandilla del carro.
Entretanto, al acercarse a la tierra, esta se secó y se agrietó. Los prados quedaron reducidos a cenizas blancas, los campos de trigo humearon y se marchitaron, las ciudades perecieron entre las llamas. A lo largo y ancho de las montañas arboladas, los bosques ardieron, e incluso los Alpes cubiertos de nieve quedaron desnudos y secos. Los ríos echaron vapor y se secaron hasta convertirse en polvo. La gran llanura del norte de África se abrasó hasta transformarse en el desierto que es hoy. Incluso el mar se retiró hasta formar charcos y cuevas, dejando peces secos horneándose sobre las arenas ardientes. Al fin, la Gran Madre Tierra clamó a Zeus para que la salvara de la destrucción total, y Zeus lanzó un poderoso rayo contra el desdichado Faetón, que aún permanecía agazapado en el carro agarrándose desesperadamente a la barandilla. El dardo lo arrojó al vacío, y cayó envuelto en llamas dejando una larga estela por el aire. El carro se rompió en mil pedazos ante el formidable golpe, y los caballos enfurecidos regresaron resoplando a los establos de su dueño, Apolo.
La desdichada Clímene y sus hijas vagaron por toda la tierra buscando el cuerpo del muchacho a quien tanto amaban. Cuando lo encontraron, lo recogieron y le dieron sepultura. Sobre su tumba lloraron sin hallar consuelo. Al fin, los dioses, compadecidos de su duelo, las transformaron en álamos, los cuales lloran lágrimas de ámbar en memoria de Faetón.
