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Los Celtíberos, un pueblo prerromano fascinante

Joan de Buen

Celtiberia es la designación para un territorio determinado que empleaban los antiguos historiadores y geógrafos grecorromanos, ante la dificultad de definir un territorio interior ubicado en la actual España. En estas mismas fuentes, el término celtíbero es usado casi de manera homogénea para definir a un enemigo. En ningún caso se utiliza para describir a un determinado pueblo o colectivo. Los celtíberos hablaban una lengua indoeuropea perteneciente a la rama lingüística celta. El añadido ibérico puede ser debido al simple hecho de vivir en el contexto de la antigua Iberia, una designación territorial adyacente a la Península Ibérica. Algunas fuentes describen la llegada de los celtas a la Península causada por un fenómeno migratorio que muestra y ofrece carencias y limitaciones en su planteamiento.

Los autores antiguos designaban indistintamente a los celtas como un grupo de habitantes, lenguas y culturas determinadas que se extendían por toda la zona de la Europa occidental atlántica y central, concretamente ubicadas en las cuencas del Danubio y en el Valle del Po. Desde el siglo I a. C. las conquistas romanas y la presión constante de los pueblos germánicos redujeron los territorios celtas a pequeños reductos aislados en la actual Gran Bretaña. La cultura celta y sus elementos de base resucitaron en el siglo XIX gracias al romanticismo imperante de la época. Desde un punto de vista sentimental se hablaba de una idiosincrasia y una cultura celta. Académicamente se aceptó la existencia de esta deriva y se empezó a hacer apología de ello, en un período marcado por el chovinismo y los elementos que lo caracterizan.

Regresando al concepto de Celtiberia, hemos de definir a la zona con una personalidad muy marcada y característica, resultado de su propio desarrollo interno y de los contactos con las zonas ibéricas meridional, levantina y del valle del Ebro. El territorio celtíbero se establece en una zona pobre en relación a los recursos agrícolas existentes, con campos altos, secos y fríos establecidos en la zona del Sistema Ibérico. A grandes rasgos, actualmente abarca las provincias de Soria, Guadalajara, norte de Cuenca, y occidente de Zaragoza y Teruel. La presencia de hierro permitió disponer de este estratégico recurso. A pesar de los condicionantes naturales, Celtiberia aparece bastante poblada en el momento de la llegada de los romanos y exportaba numerosos mercenarios, de infantería y caballería.

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A finales de la Edad de Bronce (siglos VII-VI a.C.) predomina la diversidad entre distritos, sin embargo, algunas zonas periféricas conservaron una cultura más atrasada. Desde el siglo IV a.C. se entra en el Celtibérico Pleno. En esta fase ya no se duda de la base agrícola de su economía: la ganadería y la caza se convirtieron en actividades complementarias en las tierras menos aptas. Hacia el final del Celtibérico Pleno se observa la formación de núcleos urbanos indígenas y la adopción de una escritura basada en una lengua propia que usa los signos del ibérico nororiental existentes. Esta fase finaliza a mediados del siglo II a.C. con el contacto con los romanos. Aunque sometidos a Roma, se desarrolla una fase Celtibérica Tardía entre el último tercio del siglo II a.C. y medio siglo I d.C. En ella las costumbres romanas se van abriendo paso gradualmente y se crean elementos singulares.

La aparición de los romanos en territorio peninsular y su expansión territorial debe enmarcarse entre los años 218 a.C. cuando desembarcan en la ciudad griega de Empúries , hasta principios del siglo V cuando son sustituidos por los visigodos. En este período se produce la romanización del territorio, con implementaciones sociales y culturales. Roma era una civilización altamente compleja y avanzada, buena muestra es el hecho de que incluso ya practicaban elementos que forman parte de nuestro día a día, diversas actividades de ocio que recuerdan a la cultura del casino y a sus elementos inherentes. Actividades que los Césares ya practicaban en el siglo I a.C.

En este período se produce la romanización del territorio, con implementaciones sociales y culturales, efectuando un cambio diametral. Roma era una civilización altamente compleja y avanzada. El ciudadano romano no era un sujeto pasivo, era un miembro de una comunidad, el pueblo tenía su voluntad, la quería y la exigía, y para manifestar de forma explícita esta voluntad daba órdenes. Aun así, lo que quería el pueblo debía ser mostrado de forma ordenada y formal, constituyendo así un paralelismo a lo que se conoce actualmente como elector. Se formaban asambleas, una reunión en un espacio determinado donde se agrupaban todos los ostentadores de derechos. Los romanos creían que las ciudades estaban expuestas a amenazas exteriores constantemente, por lo tanto, ésta debía estar defendida y cada ciudadano debía aportar su función en pos del beneficio de la colectividad en cada momento que fuera necesario, situación que difiere diametralmente del subconsciente colectivo de las poblaciones prerromanas en Hispania. De la misma manera que el pueblo no podía reunirse solo, éste tampoco podía expresarse libremente. El ciudadano en Roma no escogía el asunto a tratar, simplemente respondía de forma afirmativa o negativa, a favor o en contra, a una pregunta que se le transmitía.

Las fuentes antiguas distinguen, a menudo, una Celtiberia Citerior de una Celtiberia Ulterior. La Citerior (la de este lado) serían los valles situados en el avance del Ebro, mientras que la Ulterior (la de más allá) se situaría pasadas las sierras y correspondería a las cabeceras de los ríos atlánticos. Otros marcos teóricos nos muestran que las dos divisiones celtibéricas se correspondían con las dos provincias republicanas, toda la Celtiberia estricta era así la Citerior, mientras que la Ulterior había que buscarla en Andalucía.

Otro aspecto que se ha modificado radicalmente en los últimos 25 años es su organización social. Tradicionalmente se consideró que los celtíberos estaban organizados, o mejor, fragmentados en clanes. Esta compartimentación social habría dificultado el intercambio, por eso, como si fuera la otra cara de una misma moneda, se había extendido la práctica de la hospitalidad, una fórmula jurídica por la que dos personas de diferentes comunidades acordaban voluntariamente una serie de derechos y deberes mutuos e igualitarios en el seno de la comunidad respectiva; el pacto se establecía como hereditario y constituía una especie de salvoconducto cada vez que un miembro se trasladaba de un clan a otro por alguna razón. Era un sistema afín al de otros pueblos indoeuropeos como los mismos romanos arcaicos.

Los celtíberos vivían en poblados concentrados de carácter agrícola y artesanal. La Celtiberia estaba en aquel tiempo densamente poblada, tanto o más que las regiones costeras, a diferencia de la despoblación actual imperante. La base no era otra que una economía basada en el cereal.

Las casas celtibéricas del valle del Ebro solían ser rectangulares, subdivididas en tres ámbitos básicos (trabajo, hogar y almacén), de hecho, cumplen las mismas funciones que las casas íberas, pero con una disposición a menudo más lineal. En Numancia presentan algunas peculiaridades: una especie de despensa semisótano y el techo totalmente de paja.

Las fuentes escritas distinguen entre dos grupos principales en la población Celtíbera. En principio se podría pensar en una división por edad, pero es posible que las fuentes quieran indicar una división más profunda: el grupo de los “viejos” serían los ciudadanos con plenos derechos, los “nuevos” que dejan entrever un nivel de ciudadanía limitada, unos de por vida y otros sólo mientras no alcancen la edad adecuada. Las ciudades celtíberas se regían por consejos y asambleas. En algunas poblaciones existía una facción formada por su Consejo, similar al de un Senado Romano, favorable a pactar con los pueblos exógenos y contraria a apoyar a los pueblos vecinos. Por el contrario, la asamblea del grupo asimilado como nuevo, se decantó por ayudar a los grupos poblacionales adyacentes. El episodio indica tensiones sociales internas incipientes; mostrando diferencias de base en relación al pueblo itálico.

Cuando llegaron los romanos, se encontraron con poblaciones de más de 2.000 personas, auténticas urbes de grandes dimensiones. Las ciudades delegaban el poder de manera ocasional en diferentes personalidades, que solo gestionaban los elementos de importancia diametral a lo largo de un tiempo determinado y limitado. Sin duda, un pueblo avanzado a su época y lleno de elementos interesantes que vale la pena conocer.


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