El cuento de la pequeña tortuga

El cuento de la pequeña tortuga

Un método para el autocontrol de la conducta impulsiva

Había una hermosa y joven tortuga que acababa de empezar el colegio. Su nombre era “Pequeña Tortuga”. A ella no le gustaba mucho ir al cole. Prefería estar en casa con su hermano menor, con su madre y su abuelo, que tenía las cejas y el bigote rojos y le contaba historias mientras ella jugaba con sus juguetes. También le gustaba mucho jugar al fútbol en el parque que estaba al lado de su casa. Cuando podía se bajaba con la pelota y se lo pasaba fenomenal. Cuando tenía que ir al colegio no quería. No le gustaba aprender cosas en el colegio. Ella quería correr, jugar… era demasiado difícil y pesado hacer fichas y copiar de la pizarra, o participar en algunas de las actividades.

No le gustaba escuchar al profesor, era más divertido hacer ruidos de motores de coches que algunas de las cosas que el profesor contaba, y además nunca recordaba que no tenía que hacer eso.

A la pequeña tortuga, lo que le gustaba era ir enredando con los demás niños, meterse con ellos y gastarles bromas. Así que, por ejemplo, se lo pasaba muy bien asustando y empujando a los compañeros. A veces lo hacía sin darse cuenta porque no podía parar y se movía mucho. Otras veces, como no podía dormir, hablaba y cantaba en voz alta mientras los demás se echaban la siesta, y molestaba a sus amigos porque hacía mucho ruido.

El profesor se enfadaba mucho con ella, y se pasaba todo el día regañándola.

Cada día, camino del colegio, se decía a si misma que lo haría lo mejor posible para no molestar a los amigos. Pero a pesar de esto era fácil que algo o alguien la descontrolara, y al final siempre acababa enfadada, o se peleaba, o la castigaban.

“Siempre metida en líos” pensaba.

Así, de esta manera, la pequeña tortuga se convirtió en una tortuga molestona y, poco a poco, las niñas y los niños de su clase no querían ser sus amigos. Cuando estaban en el patio se ponían a jugar al fútbol, y no le dejaban jugar porque pensaban que les iba a molestar. Ella se ponía muy triste porque le gustaba mucho jugar a la pelota y los amigos no querían jugar con ella.

La tortuga lo pasaba muy, pero que muy mal.

Un día de los que peor se sentía, encontró a la más anciana tortuga que ella hubiera podido imaginar. Era una vieja tortuga que tenía más de trescientos años y era muy sabia.

La Pequeña Tortuga le hablaba con una vocecita tímida porque estaba algo asustada de la enorme tortuga. Pero la vieja tortuga era tan amable como grande y estaba muy dispuesta a ayudarla. Así le dije:

—¡Oye! —dijo con su potente voz—.Te contaré un secreto. ¿Tú no te das cuenta que la solución a tus problemas la llevas encima de ti?

La Pequeña Tortuga no sabía de lo que estaba hablando.

—¡Tu caparazón! —le gritaba— ¿Para qué tienes tu concha? Tú te puedes esconder en tu concha siempre que tengas sentimientos de rabia, de ira, siempre que tengas ganas de romper, de gritar, de pegar… Cuando estés en tu concha puedes descansar un momento, hasta que ya no te sientas tan enfadada. Así la próxima vez que te enfades ¡Métete en tu concha!

A la Pequeña Tortuga le gustó la idea, y estaba muy contenta de intentar este nuevo secreto en la escuela.

Al día siguiente ya lo puso en práctica. De repente un niño que estaba cerca de ella accidentalmente le dio un golpe en la espalda. Empezó a sentirse enfadada y estuvo a punto de perder sus nervios y devolverle el golpe, cuando, de pronto recordó lo que la vieja tortuga le había dicho. Se sujetó los brazos, piernas y cabeza, tan rápido como un rayo, y se mantuvo quieta hasta que se le pasó el enfado. Le gustó mucho lo bien que estaba en su concha, donde nadie le podía molestar. Cuando salió, se sorprendió de encontrarse a su profesor sonriéndole, contento y orgulloso de ella.

Después, cuando bajaban las escaleras, quería seguir corriendo, y casi choca con otro niño que bajaba. Pero entonces se acordó de su secreto y volvió a meter la cabeza en el caparazón. Así se tranquilizaba y estaba muy a gusto en su concha, donde nadie la podía molestar.

Cuando asomó la cabeza se sorprendió al encontrarse con un amigo que llevaba un balón y que le preguntaba si quería jugar con él.

Continuó usando su secreto el resto del año. Lo utilizaba siempre que alguien o algo le molestaba, y también cuando ella quería pegar o discutir con alguien. Cuando logró actuar de esta forma tan diferente, se sintió muy contenta en clase, todo el mundo le admiraba y querían saber cuál era su mágico secreto.

Así, el resto de las tortugas de la clase querían ser sus amigas porque la pequeña tortuga había encontrado un truco para tranquilizarse y no molestar. El profesor estaba muy satisfecho con ella y la felicitaba por lo bien que se portaba.

De esta forma, la pequeña tortuga cada vez tenía más amigos y ahora iba muy contenta al colegio.

La vieja tortuga y ella se hicieron muy amigas. De vez en cuando iba a verla, y le contaba sus aventuras en el colegio.

Y… colorín colorado… la pequeña tortuga se ha relajado.

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