El aguinaldo

El aguinaldo

Adaptación de un cuento popular español

Unos niños muy pobrecitos iban por un monte un día víspera de Reyes y, cuando ya se les echó la noche encima, se encontraron con una señora que les dijo:

—¿Adónde vais tan tarde y con tanto como hiela? ¿No os dais cuenta de que os vais a morir de frío?

—Vamos a esperar a los Reyes, a ver si nos dan aguinaldo.

—¿Y qué necesidad tenéis de separaros tanto de vuestra casa? No teníais más que haber puesto los zapatitos en el balcón y haberos acostado tranquilamente en vuestra camita.

—Nosotros no tenemos zapatos, ni en nuestra casa hay balcón, ni tenemos más camita que un saco de paja… Además, el año pasado pusimos las alpargatas en la ventana y se conoce que los Reyes no las vieron.

La señora les preguntó si tendrían inconveniente en llevar una carta a un palacio. Los niños respondieron que no tenían ningún inconveniente, y ella les dijo:

—Pues ésta es la carta —y se la dio.

Les dijo por donde habían de ir para encontrar el palacio y les advirtió que tendrían que atravesar muchos ríos encantados y andar por muchos bosques llenos de fieras.

—Los ríos los pasaréis muy bien —les dijo—; no tenéis más que dejar la carta en el río, poneros de pie sobre ella, y la misma carta os pasará a la otra orilla. Para andar por los bosques, tomad todos estos pedacitos de carne que llevo aquí, y cuando encontréis alguna fiera, echadle uno, y os dejará pasar. En la puerta del palacio encontraréis una culebra; no le tengáis miedo; echadle este poquito de pan, y no os hará nada.

Cogieron la carta, la carne y el pan y se despidieron de la señora.

Al poco rato llegaron a un río de leche, después a un río de miel, después a un río de vino, después a un río de aceite, después a un río de vinagre, y aunque todos eran muy anchos y muy profundos, los pasaron con la mayor facilidad, como la señora les había dicho, dejando la carta en el río y poniéndose de pie encima de ella. Luego, empezaron a encontrar bosques, y de cuando en cuando les salía una fiera que parecía que los iba a devorar; tan pronto un lobo, tan pronto un león, tan pronto un tigre; en fin, muchas fieras, con la boca abierta, los ojos encendidos y una cara de muy mal genio; pero a todas las aplacaban echándoles pedacitos de carne, y así podían continuar su camino.

Después de medianoche, llegaron a ver el palacio, y en cuanto se acercaron a la puerta, se les puso delante una serpiente muy gruesa y muy larga, que quería enroscarse en el cuerpo de los niños; pero le echaron pan y no les hizo nada. Entraron en el palacio y salió a recibirlos un criado negro, vestido de colorado y verde, con muchos cascabeles que sonaban al andar; le entregaron la carta, y el negro empezó a dar saltos de alegría y fue a llevársela en una bandeja de plata a su señor.

El señor era un príncipe que estaba encantado en aquel palacio, y en cuanto cogió la carta, se desencantó; así es que salió contento a ver a los niños y les dijo:

—¡Ay, niños! ¡No sabéis qué favor tan grande me habéis hecho! Yo soy un príncipe que estaba encantado, y ahora me habéis desencantado con la carta. Venid, venid.

Y los llevó de la mano a un salón donde había quesos de todas clases, y requesón, y jamón en dulce, y otras muchas golosinas, para que comieran lo que quisieran. Después los llevó a otro salón, donde había mazapanes, yemas de coco, peladillas, pastelillos de muchas clases y otras muchas cosas de confitería y pastelería, para que cogieran lo que más les gustara. Después los llevó a un lugar donde había caballos grandes de cartón, escopetas, sables, aros, trompetas, tambores y otros muchos juguetes, y se los dio todos. Luego les dio muchos besos y abrazos y les dij o:

—¿Veis este palacio? ¿Veis qué salones tan magníficos? ¿Veis cuántas alhajas de oro y piedras preciosas? ¿Veis cuánto dinero? ¿Veis qué jardines tan grandes y tan hermosos? ¿Veis qué coches de lujo y qué caballos tan soberbios?… Pues todo os lo regalo. Os lo doy de aguinaldo. Y ahora vamos en un coche a buscar a vuestros padres y a los míos para que vengan a vivir con nosotros.

Los criados engancharon dos coches, y el príncipe se fue con los niños a buscar a sus padres. Todo el camino era una carretera muy ancha y bien cuidada; habían desaparecido los bosques con sus fieras y los ríos con sus encantos.

Volvieron todos muy contentos y vivieron muy felices para siempre en el palacio.

Mil años de cuentos – tomo 2
Zaragoza, Edelvives, 1996


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