Carta desde un campo de concentración

Carta desde un campo de concentración

Dirección Postal: Barraca 16, Apartamento 40
Centro de la Asamblea Tanforan
San Bruno, California

Dirección: Establo 16, Caseta 40
Pista de Caballo Tanforan

6 de mayo de 1942

Querido Hermie:

Aquí estoy sentado en un catre del ejército en una maloliente caseta de caballos, donde mamá, Bud y yo tenemos que vivir quién sabe cuánto tiempo. Llueve a cántaros, el viento se cuela a través de todas las grietas y mamá parece que quiera llorar. Creo que echa de menos a papá. O tal vez lo que la ha derrumbado haya sido esa larga y fangosa caminata a lo largo de la pista de caballos, antes de llegar a la destartalada nave para cenar.

De cualquier manera, ahora sé lo que se siente haciendo cola ante un carro de comida para pobres, junto a centenares de personas hambrientas. La patata y salchicha frías que me han dado no me han hecho sentir mejor. Aún estoy hambriento y te daría mi última moneda si aparecieras en este momento con una hamburguesa grande y gorda y una bolsa llena de dulces.

¿Sabes una cosa? Aquí es como estar en la cárcel, sin libertad para vivir en tu propia casa, hacer lo que quieras o comer lo que te apetezca. Han puesto alambre de espinos alrededor de esta pista de caballos y torres de control en cada esquina para asegurarse de que no podemos salir. ¿No suena eso como una prisión? Pues uno se siente igual.

De todos modos, lo que quiero saber es: ¿Qué estoy haciendo aquí? Yo, un genuino ciudadano de los Estados Unidos, nacido en California, prisionero detrás de una alambrada, sólo porque parezco un japonés enemigo. Y, ¿cómo no estás tú también aquí, con esa sangre alemana en tus venas y un nombre como Herman Schnabel? Estamos en guerra con Alemania también, ¿no es así? Y con Italia. ¿Y qué pasa con la gente de las Mantequerías Napolitanas?

Mi hermano Bud dice que el gobierno de los Estados Unidos ha cometido un terrible error que lamentará algún día. Dice que nuestros dirigentes nos han traicionado y han ignorado la Constitución. Pero, ¿sabes lo que pienso yo? Creo que la guerra vuelve loca a la gente. ¿Qué otra cosa podría hacer que un hombre inteligente, como el presidente Franklin D. Roosevelt, firmara una orden ejecutiva para obligarnos a nosotros, americanos-japoneses, a salir de nuestros hogares y encerrarnos en campos de concentración? ¿Por qué otra cosa podía el FBI llevarse a papá a un campamento de prisioneros de guerra, sólo porque trabajaba para una compañía japonesa? Papá, que ama a América tanto como ellos.

Oye, pregunta a la señora Wilford lo que significa todo aquello. Quiero decir todas aquellas cosas que nos enseñó en sexto grado sobre la Declaración de Derechos y el adecuado proceso de la ley. Si eso significa que todos pueden tener un juicio antes de ser arrojados a una prisión, ¿cómo es que nadie nos juzgó? Creo que al presidente Roosevelt se le olvidó la Constitución cuando nos mandó a los campos de concentración. ¡Te digo que la guerra vuelve loca a la gente!

Bien, Hermie, me tengo que ir ahora. Mamá dice que debemos ir a ducharnos antes que se acabe el agua caliente, como le pasó cuando fue a lavar la ropa. Mañana se levantará a las cuatro de la mañana para llegar antes que los demás. ¿Te imaginas tener que levantarte en mitad de la noche y hacer cola para lavar tus sábanas y toallas? Y además, ¡a mano! No hay lujos como lavadoras en este basurero.

Oye, ¿me harás un favor? Ve a visitar a mi perro, Riscal, en mi nombre. Probablemente está preguntándose por qué tuve que dejarlo con la vecina, la señora Harper. Dile que con seguridad volveré a recogerlo. Es sólo que no sé cuándo. Corre el rumor de que nos van a enviar a algún desierto —probablemente a Utah. Pero, no te preocupes, cuando acabe esta estúpida guerra, ¡voy a volver a casa, a California y nadie me va a volver a echar de ahí otra vez! ¡Espera y verás!

Adiós, Hermie.

Tu amigo

Jimbo Kurasaki

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Nota: En 1942, poco después del estallido de la guerra con el Japón, el gobierno de los Estados Unidos reunió y encarceló sin juicio o vista oral a 120.000 americanos de origen japonés. Se les llevó primero a Centros de Asamblea localizados en pistas de caballos y terrenos de feria abandonados. De allí se les envió a diez inhóspitos campos de concentración localizados en remotos lugares del país.

En 1976, el presidente Gerald R. Ford afirmó que «esa evacuación no sólo fue equivocada, sino que los japonamericanos eran y son leales americanos». En 1983, una comisión establecida por el Congreso de los Estados Unidos concluyó que se había cometido una grave injusticia con los americanos de ascendencia japonesa. También indicó que las causas de tal hecho fueron prejuicios de raza, histeria de guerra y falta de dirección política.

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