Religión Griegos

La religión de los griegos y de los romanos

Las creencias religiosas originarias de griegos y romanos se pierden en las tinieblas de los tiempos primitivos. Casi nada sabemos de ellas, y los propios helenos y latinos nada nos han dicho al respecto en sus escritos más antiguos. Pero, como sea que el estudio moderno de las religiones de otros muchos pue­blos ha demostrado que en los comienzos más remotos, en todas partes se creyó en un solo dios, podemos admitir que también fuera así en los griegos y los romanos. Seguramente ellos tuvie­ron al principio una fe monoteísta, y, en su mente, este dios único debió de ser el creador del mundo y del género humano, y lo adoraron y honraron como a un padre. Sólo poco a poco la fantasía de esos pueblos fue creando una pluralidad de dioses y diosas, al sospechar la presencia de seres personales detrás de las enigmáticas fuerzas de la Naturaleza y de la vida. En las más antiguas obras escritas por los griegos, las dos grandes epopeyas del poeta Homero, la Iliada y la Odisea, nos sale ya al paso un gran número de divinidades, a cada una de las cuales se le asigna una esfera de acción bien determinada. Pero esta teología homérica es ya el resultado de una larga evolución.

Según esta concepción, los dioses griegos viven como seres suprahumanos, pero de modo completamente parecido al de los hombres, y se hallan jerarquizados como en un Estado. Si es cierto que reinan sobre la Naturaleza y el hombre, con todo necesitan, como éste, de comida, bebida y sueño, y están aquejados de las pasiones y flaquezas morales propias de la humana naturaleza. Se nutren de ambrosía, el manjar celestial, y beben néctar, la celestial bebida, con lo cual gozan de la inmortalidad, que, no obstante, pueden perder en determinados casos. Considérase a los dioses como omnímodos y omnipotentes, pero esta sabiduría y este poder son distintos para las diversas divinidades y tienen sus limitaciones. Ignoran muchas cosas que ocurren en su inmediata proximidad y, aun queriéndolo, no pueden intervenir en todos los casos. Como los seres humanos, sufren pesares y preocupaciones, no obstante llamarse «libres de cuitas». En figura se parecen también a los hombres, solo que son más bellos y de más noble porte, y con frecuencia tienen talla gigantesca. Su sangre es un líquido más noble que el humano. A las personas se les presentan, ya en su figura verdadera, ya transformados en criaturas humanas, y se les aparecen en sueños, manifestándoles su voluntad por medio de signos milagrosos.

El Estado de los dioses griegos es una copia de la organización social caballeresca de la humanidad en la época homérica. A la cabeza se halla el dios supremo, Zeus, quien convoca a los demás dioses a solemne consejo, de igual modo que lo hace un rey humano con los nobles, y aun cuando su voluntad es decisiva, no siempre es aceptada sin discusión por todos los consejeros. Las asambleas celestiales discurren con frecuencia de modo muy parecido a las terrenales. Con todo, también la voluntad de Zeus está limitada, debiendo someterse a la fuerza del Destino, bajo cuya ley inexorable se halla el curso del universo todo.

Los griegos fijaron la residencia de los dioses en la más alta cumbre de su país, el Olimpo. Allí está su palacio, edificado por Hefesto, el ingenioso dios del fuego. Una multitud de divinidades inferiores realiza los servicios necesarios. Las Horas guardan las puertas y cuidan de los caballos inmortales de los dioses; Iris, la diosa del arco que lleva su nombre, sirve de mensajera; Hebe, la divinidad de la juventud perpetua, sirve el néctar a los dioses; las nueve Musas, divinidades de las artes y las ciencias, amenizan la compañía en la mesa con sus cantos, y las Gracias, diosas del donaire y la elegancia, las acompañan con sus danzas.

El griego de la época homérica se permitía muchas libertades con sus dioses. Sus rasgos excesivamente humanos no podían inspirarle un gran respeto. Cuando un dios, fuera el que fuera, no accedía a sus deseos, llegaba incluso a odiarlo. Para el griego, el culto exterior se limitaba a oraciones y votos, abluciones y expiaciones, sacrificios y ofrendas. El hombre de la Antigüedad casi no conocía más oración que la impetratoria, que dirigía a los dioses antes de iniciar alguna empresa impor­tante. Oraba en voz alta, de pie y con la cabeza descubierta, purificándose previamente con el lavamanos y rociándose con agua; luego se ponía una corona y cogía ramas envueltas en lana. A continuación dirigía al dios su demanda en términos breves. Las oraciones en acción de gracias eran raras. Otra forma de orar era el voto, por el cual el hombre se comprometía a realizar algún acto compensativo en el caso de que su petición fuese atendida; prometíase a la divinidad un sacrificio o una ofrenda particularmente valiosos. También podía pedirse a los dioses el castigo para los enemigos o gentes mal­vadas, dirigiendo entonces la plegaria en forma de maldición o imprecación.

El acto del culto propiamente dicho era el sacrificio, que podía ser cruento o incruento. Como víctimas se sacrificaban en el altar generalmente bueyes, ovejas, cabras y cerdos y, para realzar la solemnidad, a veces los animales se inmolaban en gran número, caso en el cual se daba al sacrificio el nombre de hecatombe. Los sacrificios incruentos consistían, por lo general, en libaciones, tortas de harina, fruta e incienso. Las ofrendas eran ricos objetos de adorno, que pasaban a ser propiedad del dios y se depositaban en su templo. Muchos templos guardaban valiosas ofrendas votivas en cámaras propias. En tiempo de Homero, el culto divino estaba a cargo de los sacerdotes, si bien, como en épocas anteriores, podían oficiar también los reyes o jefes de familia.

La antigua creencia según la cual los dioses manifiestan su voluntad a los hombres por medio de presagios, exigía la presencia de sacerdotes capaces de interpretar esos agüeros y, a base de ellos, predecir el futuro. De la interpretación de los sueños cuidaban unos adivinos especiales. También se concedía particular atención al vuelo de las aves y a los fenómenos celestes, en los cuales se veían revelaciones divinas. Otro modo de investigar el porvenir era el examen de las víctimas: la disposición de las principales vísceras de los animales sacrificados y sus diversas manifestaciones en el curso del sacrificio. Estas investigaciones de la voluntad divina se practicaban especialmente en tiempo de guerra; por eso en el ejército griego jamás faltaba el augur o adivino.

Frente a la exuberancia imaginativa de la religión griega, la de los romanos se caracteriza por su sobriedad y pobreza de fantasía. Los romanos fueron un pueblo de campesinos, y el campesino es amigo de la simplicidad. Pero también es propio del romano un notorio sentido del derecho, lo cual presta un sello particular a su religión. Es muy estricto y puntilloso en sus relaciones con los dioses, y por nada del mundo bromeará con ellos. En consecuencia, concede la máxima importancia a la rigurosa disciplina y al exacto cumplimiento de sus deberes religiosos. Por eso sus oraciones tienen formas bien concretas, que él observa escrupulosamente, y en el ritual de los sacrificios sigue las normas establecidas hasta en los detalles más nimios. Sólo cuando el romano entró en contacto con la cultura helénica y se dejó influir por ella, abrió también el corazón a sus ideas religiosas, y del mismo modo que asimiló el hele­nismo, así también sus divinidades fueron equiparándose a las griegas, perdiendo casi por completo su sello latino y conservando casi únicamente el antiguo nombre romano. Las divinidades antiguas, tan numerosas que puede decirse había una para cada actividad de la vida, fueron pasando casi todas a segundo plano, con excepción de Jano, el espíritu de la puerta de la casa y del año. Tenía dos cabezas; con una cara veía el pasado, y con la otra el porvenir. Era también el señor de la guerra y de la paz. En tiempo de guerra, las puertas de su templo per­manecían abiertas, y al llegar la paz se cerraban, cosa rara en la historia —tan llena de hechos bélicos— de Roma. Entre los romanos desempeñaron un importante papel los dioses Lares y los Penates, espíritus protectores de la familia y el hogar.

Fuente: Mitología y teogonía por el Dr. Julius Wolf



Comentar en Facebook

comentarios

Etiquetado en:
Este sitio utiliza cookies. Conozca más sobre las cookies