Los heraclidas

Los heraclidas

Los heraclidas llegan a Atenas

En el Olimpo Hércules, y libre Euristeo, rey de Argos, del temor que aquél le inspirara, su espíritu de venganza se cebó con los hijos del semidiós, el mayor número de los cuales vivía con Alcmena, la madre del héroe, en Micenas, capital de Argos. Huyendo de sus asechanzas, se refugiaron en Traquis, bajo la protección del rey Ceix; pero cuando Euristeo exigió de este débil príncipe la entrega de sus protegidos amenazándole con la guerra, aquéllos, sintiéndose inseguros, abandonaron el país y huyeron a través de Grecia. Les hacía de padre Yolao, hijo de Ificles, el famoso sobrino y amigo de Hércules. Así como en sus años mozos Yolao había compartido con el héroe todas sus aventuras y penalidades, así también ahora, ya entrado en años, había tomado bajo su amparo a toda la desamparada prole de su amigo y andaba por el mundo peleando a su lado. Era su propósito asegurarse la posesión del Peloponeso, que el padre conquistara, y así llegaron todos, siempre perseguidos por Euristeo, a Atenas, donde reinaba Demofoonte, hijo de Teseo, que poco antes había arrojado del trono a su ilegítimo posesor Menesteo. En Atenas la tropa acampó en el agora o mercado, junto al altar de Zeus, implorando la protección del pueblo ateniense. Llevaban allí muy poco tiempo, cuando se presentó un heraldo del rey Euristeo que, avanzando a pasos acompasados, dirigiéndose con aire insolente a Yolao, le dijo en tono de escarnio:

—Seguramente piensas que has hallado aquí un refugio seguro y llegado a una ciudad aliada, ¡oh necio Yolao! ¿Crees que a alguien se le ocurrirá cambiar tu inútil apoyo por el del poderoso Euristeo? Sal de aquí con toda tu gente y toma el camino de Argos, donde os aguardan para lapidaros, según justa sentencia.

Yolao, confiado, le replicó:

—¡No! Este altar es una fortaleza que me protegerá, no sólo contra ti, que ninguna fuerza tienes, sino también contra las bandas guerreras de tu amo; es tierra de libertad ésta donde nos hemos refugiado.

—Sabe —respondióle Copreo, que tal era el nombre del heraldo— que no he venido solo, sino que lleva tras mí una fuerza suficiente para arrancar a tus protegidos de esta que tú llamas tierra de libertad.

A estas palabras los Heraclidas prorrumpieron en un grito de lamentación, y Yolao, volviéndose a los moradores de Atenas, alzando la voz dijo:

—¡Piadosos ciudadanos, ayudadnos! Somos los suplicantes de Zeus; no permitáis que nos hagan violencia, que mancillen las coronas de nuestras cabezas, que los dioses se vean profanados y vuestra ciudad afrentada.

Ante aquella patética llamada de auxilio, los atenienses se precipitaron de todas direcciones hacia el agora, donde por primera vez vieron al grupo de los fugitivos congregados en torno al altar. «¿Quién es ese venerable anciano? ¿Quiénes son esos hermosos jóvenes de ensortijado cabello?», eran las preguntas que salían de cien labios a la vez. Y al saber que los que pedían protección de los atenienses eran los hijos de Hércules, los ciudadanos sintieron no sólo compasión, sino respeto, y ordenaron al heraldo, que parecía dispuesto a poner sus manos sobre los fugitivos, que se alejase del altar y fuese a exponer su demanda, en comedidos términos, al soberano del país.

—¿Y quién es el rey de este país? —preguntó Copreo, intimidado ante la actitud decidida de los atenienses.

—Es un hombre —se le respondió— a cuyo arbitraje puedes someterte sin vacilación; nuestro rey es Demofoonte, hijo de Teseo inmortal.

Demofoonte

No tardó a llegar a oídos del Rey, en su palacio, la noticia de que el agora se hallaba ocupada por unos fugitivos y de que se había presentado un heraldo a reclamar su entrega. El Monarca se trasladó en persona a la plaza y escuchó de boca del heraldo la demanda de Euristeo.

—Soy argivo —díjole Copreo—, y argivos son esos a quienes quiero llevarme y sobre los cuales mi señor tiene poder. No serás tan irrazonable, ¡oh hijo de Teseo!, que, el único en toda Grecia, no te apiades de la irremediable desgracia de estos fugitivos y, por su causa, te lances a la guerra con los potentes ejércitos de Euristeo y de sus temibles aliados.

Demofoonte era un hombre prudente y discreto, y contestó con estas palabras al violento discurso del heraldo.

—¿Cómo puedo considerar el caso en justicia y fallar la causa sin haber oído a las dos partes? Por lo tanto, habla tú, jefe de esos jóvenes, ¿qué puedes decir en vuestra defensa?

Yolao, a quien iban dirigidas aquellas palabras, levantándose de las gradas del altar e inclinándose respetuosamente ante el Rey, dijo:

—Señor, ahora me doy cuenta por vez primera de que me encuentro en una ciudad libre, pues que aquí se permite a la gente hablar y se la escucha; en todos los demás lugares se nos ha echado, a mí y a mis pupilos, sin prestársenos ninguna atención. Ahora óyeme: Euristeo nos ha expulsado de Argos; ni una hora nos concedió para poder seguir en su país. ¿Cómo puede, pues, llamarnos subditos suyos, ni pretender autoridad sobre nosotros en cuanto a argivos quien nos ha privado de todos nuestros derechos e incluso del nombre de ciudadanos? Un argivo desterrado, ¿debe huir de toda Grecia? No, de Atenas por lo menos, no. Los habitantes de esta heroica ciudad no arrojarán de su suelo a los hijos de Hércules. Su Rey no permitirá que sean arrancados del altar de los dioses los que acuden en demanda de amparo. Tranquilzaos, hijos míos. Estamos en la tierra de la libertad y, más aún, hemos llegado a la morada de nuestros parientes, pues sábelo, Rey de este país: no cobijas a unos extraños. Tu padre Teseo y Hércules, padre de estos sus perseguidos hijos, fueron ambos nietos de Pélope. Más todavía, ambos fueron hermanos de armas, y el padre de estos niños liberó al tuyo de los infiernos.

Dichas estas palabras, Yolao abrazó las rodillas del Rey y, cogiéndole la mano y la barbilla, hizo los gestos rituales de los suplicantes. Pero el Rey, levantándose del suelo, dijo:

—Un triple motivo me obliga a no rechazar tu petición, ¡oh héroe! En primer término, Zeus y este sagrado altar; luego, nuestro parentesco y, finalmente, los beneficios que por mi padre debo a Hércules. Si tolerase que os arrancaran del altar, este país dejaría de ser el país de la libertad, del temor de dios y de la virtud. Por consiguiente, heraldo, vuelve a Micenas y dilo a tu señor. Nunca te llevarás a éstos contigo.

—Me voy —respondió Copreo alzando su caduceo en ademán de amenaza—, pero volveré con el ejército argivo. Diez mil soldados cubiertos de bronce esperan una señal de mi Rey; él mismo se pondrá a su cabeza. Sábelo: sus tropas están ya en tus fronteras.

—¡Vete en malhora! —replicóle Demofoonte con desprecio—, ¡no os temo a ti ni a tu Argos!

Alejóse el heraldo, y entonces los hijos de Hércules, un tropel de lozanos mozos, levantándose alegremente del altar, saludaron y estrecharon las manos a su consanguíneo, el rey de los atenienses, en quien veían a su magnánimo salvador. Yolao, volviendo a tomar la palabra en su nombre, dio las gracias a aquel hombre magnánimo y a los ciudadanos de Atenas en términos llenos de emoción:

—Si algún día tenemos la fortuna de regresar a nuestra patria —dijo—, y vosotros, hijos de Hércules, recuperáis la mansión y las dignidades de vuestro padre, no olvidéis nunca a estos vuestros salvadores y amigos; y jamás volváis una lanza hostil contra esta ciudad, antes bien ved siempre en ella vuestra mejor amiga y vuestra aliada más fiel.

En seguida el rey Demofoonte tomó todas las disposiciones para recibir debidamente pertrechado al ejército de su nuevo enemigo; reuniendo a los adivinos, ordenó la celebración de solemnes sacrificios. A Yolao y los suyos quería darles alojamiento en palacio, pero éste declaró que no deseaba abandonar el altar de Zeus; se quedaría allí con toda su gente orando por la victoria de la ciudad:

—Hasta que, con la ayuda de los dioses, no se haya logrado la victoria —dijo—, no cobijaremos nuestros cansados miembros bajo el tejado de nuestro huésped.

Mientras tanto el Rey, subiéndose a la torre más elevada de su castillo, observaba el ejército adversario que se aproximaba. Luego reunió todas las fuerzas atenienses, adoptó las pertinentes disposiciones bélicas, consultó con los augures y se preparó a la celebración de los sacrificios. Yolao y los suyos permanecían al pie del altar de Zeus, sumidos en fervientes plegarias, cuando se les acercó Demofoonte a pasos precipitados y con rostro descompuesto dijo:

—¿Qué hacer, amigos? —exclamó con acento de inquietud—. Mi ejército se halla presto a enfrentarse con los argivos que se acercan, pero el fallo de todos mis adivinos hace depender la victoria de una condición. El oráculo, dicen, reza así: «No debéis sacrificar un ternero o un toro, sino una doncella de la más noble estirpe; sólo entonces podrá esperar esta ciudad la victoria y la salvación». Pero, ¿cómo va a ser esto? Yo tengo hermosas hijas en mi palacio, pero ¿quién osará pedir a un padre que consuma un sacrificio semejante? ¿Y cuál, entre los ciudadanos más nobles que tenga una hija, me la entregaría aun cuando osara pedírsela? Estallaría la guerra civil en la ciudad mientras yo tratase de poner fin a la exterior.

Los hijos de Hércules escucharon con terror las dudas angustiosas de su protector.

—¡Ay de nosotros —exclamó Yolao—, somos como náufragos que, alcanzada ya la playa, la tempestad vuelve a arrojar al mar! Vana esperanza, ¿por qué nos has mecido en tus sueños? Estamos perdidos, hijos, porque ahora nos entregará, y ¿podremos reprochárselo?

Pero de repente un relámpago de esperanza brilló en los ojos del anciano:

—¿Sabes, Rey, lo que me sugiere mi ánimo para salvarnos a todos? Entrégame a mí a Euristeo en lugar de esos hijos de Hércules. No hay duda de que su mayor deseo es librarme a una muerte ignominiosa, a mí, el compañero constante del gran héroe. Pero yo ya soy viejo, y gustoso ofrezco mi alma por estos jóvenes.

—Noble es tu ofrecimiento —respondió Demofoonte tristemente—, pero de nada podrá servirnos. ¿Piensas acaso que Euristeo se daría por satisfecho con la muerte de un anciano? No, la descendencia de Hércules es lo que quiere aniquilar, su juventud, su lozanía. Si conoces otro medio dímelo, pero éste es inútil.

Macaría

Elevóse entonces un grito de desolación, no sólo entre los heraclidas, sino entre los ciudadanos de Atenas, que llegó hasta el real palacio. Poco después de la llegada de los fugitivos, Demofoonte había ocultado en él, para sustraerlas a las miradas curiosas, a la anciana madre de Hércules, Alcmena, curvada por los años y las penas, y a su bellísima nieta Macaría, nacida de Deyanira; y allí vivían en silenciosa espectación de lo que iba a ocurrir. Alcmena, de avanzada edad y concentrada en sí misma, no oyó nada de lo que sucedía en la calle; pero su nieta paró atención a aquellos gritos desolados que llegaban del exterior. Angustiada por la suerte de sus hermanos, corrió a mezclarse en la confusión del agora, sin parar mientes en que estaba sola y era una doncella criada en el mayor retiro. Los ciudadanos congregados con su Rey y Yolao con sus protegidos se extrañaron no poco al ver a la muchacha entre ellos. Ella había permanecido un rato oculta detrás de la multitud y oído el apuro en que se encontraban Atenas y los heraclidas, así como la fatal sentencia del oráculo, que parecía cerrar toda salida a un desenlace feliz. Avanzando, pues, con paso firme hasta llegar a la presencia del rey Demofoonte, dijo:

—Buscáis una víctima que os depare una salida victoriosa de la guerra y cuya muerte salve a mis pobres hermanos de la furia del tirano. Debéis sacrificar a una virgen pura de noble estirpe. ¿No habéis pensado, pues, que se halla entre vosotros la hija doncella del más noble de los mortales, Hércules? Sí, yo me ofrezco como víctima, tanto más agradable a los dioses por cuanto se entrega voluntariamente. Cuando esta ciudad es tan noble que por la descendencia de Hércules emprende una peligrosa guerra y se dispone a sacrificar a centenares de sus hijos, ¿cómo sería posible que entre nosotros no se encontrase una vida dispuesta a entregarse para asegurar la victoria de tan piadosos ciudadanos? Seríamos indignos de que se nos protegiese y salvase, si ninguno de nosotros pensara de este modo. Así, pues, conducidme al lugar donde mi cuerpo haya de ser inmolado, coronadme como se corona al animal propiciatorio, desenvainad el acero: mi alma está presta a emprender el vuelo.

Yolano y todos los demás circunstantes permanecieron largo rato en silencio después que la heroica muchacha hubo terminado su ardiente arenga. Finalmente habló el jefe de los hera-clidas:

—Doncella, tu lenguaje no desmiente tu origen; yo no desapruebo tus palabras, aun cuando deploro tu destino. No obstante, consideraría más justo que se presentasen todas tus hermanas y la suerte designase cuál de ellas ha de morir por los suyos.

—No quisiera que mi muerte fuera decidida por el azar —contestó Macaría, animosa—, pero no sigáis vacilando, no sea que el enemigo os ataque y el oráculo resulte inútil. Haced que las mujeres del.país vengan conmigo para que no tenga que morir ante las miradas de los hombres.

Y así la generosa doncella fue voluntariamente a la muerte acompañada de las más nobles mujeres de Atenas.

La batalla salvadora

Con admiración miraban a la doncella que marchaba a la muerte el Rey y los ciudadanos atenienses, mientras los heracli-das y Yolao la contemplaban llenos de dolor y melancolía. Pero el destino no permitió a ninguno de los dos grupos absorberse en sus pensamientos y sentimientos, pues, apenas Macaría había desaparecido, llegó un mensajero que, corriendo y con cara risueña, avanzó hasta el altar:

—Salve, hijos —exclamó—, decidme, ¿dónde está el anciano Yolao? ¡Le traigo una feliz embajada!

Levantóse Yolao del pie del ara, con una expresión de profundo abatimiento en su rostro, por lo que el mensajero hubo de preguntarle por la causa de aquella tristeza.

—Una desgracia doméstica me abruma —respondió el viejo héroe—, pero no preguntes más; dime, mejor, qué trae de bueno tu cara alegre.

—Entonces —dijo el otro—, ¿no reconoces ya al viejo criado de Hilos, el hijo de Hércules y Deyanira? Ya sabes que, en la huida, mi señor se saparó de vosotros para ir en busca de aliados. Pues ahora acaba de llegar, en el momento oportuno, al frente de un poderoso ejército y está frente a frente de Euriteo.

Un movimiento de alegría recorrió el grupo de los fugitivos que rodeaban el altar y se comunicó también a los atenienses. La feliz embajada sacó incluso a la anciana Alcmena del gineceo palaciego, y el viejo Yolao, sin atender a razones, mandó que le trajesen las armas; se ciñó la coraza y, confiando la custodia de Alcmena y sus nietos a los ancianos de Atenas que se quedaban en la ciudad, partióse con los jóvenes y con el rey Demofoonte a unirse con las huestes de Hilos. Cuando la tropa aliada estuvo formada en orden de batalla, centelleante el campo de brillantes armas y enfrente, a la distancia de un tiro de piedra, apareció extendiendo sus interminables filas el poderoso ejército de Euristeo con su Rey a la cabeza, entonces Hilos, el hijo de Hércules, se apeó de su carro de combate y situándose en medio del espacio que quedaba entre los dos bandos, dirigiéndose al monarca argivo que tenía enfrente, le gritó:

—¡Príncipe Euristeo! Antes de que comience un inútil derramamiento de sangre y de que dos grandes ciudades se lancen al combate por unos pocos, con riesgo de destruirse, oye mi proposición : Deja que tú y yo decidamos esta pugna en noble lucha singular; si yo caigo herido por tu mano, podrás llevarte a los hijos de Hércules, mis hermanos, y obrar con ellos a tu antojo; pero si yo venzo, habrá de quedar asegurada para mí y para todos los suyos la dignidad de mi padre y su residencia y señorío en el Peloponeso.

El ejército de los aliados manifestó con grandes aclamaciones su aprobación y también las filas de los argivos asintieron con un murmullo; sólo el miserable Euristeo, que ya con Hércules mostrara su cobardía, no se atrevió, tampoco en esta ocasión, a poner su vida en juego y permaneció sordo a la propuesta, inmóvil al frente de sus tropas. Entonces Hilos se volvió a los suyos, los augures celebraron sus ritos y pronto resonó el grito de combate.

—¡Conciudadanos —exclamó Demofoonte, dirigiéndose a los suyos—, recordad que lucháis por el hogar y por la ciudad que os ha dado la vida y os ha nutrido!

Del lado opuesto Euristeo conjuró a los suyos a que no deshonraran a Argos y Micenas, y se mostraran dignos de la fama de su poderoso estado. Sonaron las trompetas tirrenas; el escudo chocó contra el escudo, atronaron el aire el estrépito de los carros, los golpes de las lanzas, el rechinar de las espadas y, en medio de todo ello, los gritos de dolor de los caídos. Un mo-mento los aliados de los heraclidas cedieron ante la embestida de las argivas lanzas, que amenazaron romper sus líneas; pero muy pronto detuvieron al enemigo y se lanzaron al ataque. Comenzó entonces la verdadera batalla, cuya decisión se hizo esperar largo tiempo; al fin, empero, cedieron las formaciones de los argivos, y se dieron a la fuga con sus tropas pesadas y carros de combate.

Entróle entonces al viejo Yolao el deseo de coronar sus últimos años con alguna hazaña, y así, al pasar Hilos montado en su carro con gran estrépito en persecución del ejército adversario, alargándole la diestra, le pidió que le permitiera ocupar el carro en su lugar. Hilos, cediendo respetuoso al amigo de su padre y protector de sus hermanos, accedió a su demanda y se apeó, dejando el puesto al anciano. No le era muy fácil dominar con sus manos seniles la cuadriga, pero con todo siguió adelante, y había llegado ya al santuario de Atenea de Palena cuando descubrió a lo lejos el carro de Euristeo en plena fuga. Incorporándose entonces en el suyo, imploró a Zeus y a Hebe, diosa de la juventud y esposa inmortal de su amigo Hércules en el Olimpo, suplicándoles que, por aquel solo día, le devolviesen su vigor juvenil para tomar venganza del enemigo de Hércules. Pudo verse entonces un gran milagro: dos estrellas se desprendieron del Cielo y fueron a posarse sobre el yugo de los caballos, al tiempo que una espesa nube envolvía todo el carro. Aquello no duró más que unos instantes; desaparecidas de nuevo la nube y las estrellas, quedó en el carro Yolao, rejuvenecido, con negros bucles, cuello erguido y nervudos brazos juveniles, gobernando con mano firme las riendas de la cuadriga. Lanzado a toda carrera, alcanzó a Euristeo, que había dejado ya a su espalda las rocas de Esciro, a la entrada de un valle por el cual el argivo se proponía escapar. Euristeo no reconoció a su perseguidor y se aprestó a defenderse desde su carro; pero la fuerza juvenil que los dioses prestaran a Yolao venció. Derribando a su antiguo enemigo, amarróle sólidamente en su cuadriyugo y le condujo, como primicias de la victoria, al ejército aliado. La batalla estaba ganada; las huestes de los argivos, sin jefe, huían a la desbandada; todos los hijos de Euristeo e innúmeros guerreros murieron y pronto no se veía un solo adversario en todo el suelo ático.

Euristeo ante Alcmena

El ejército vencedor había regresado a Atenas, y Yolao, vuelto a su anterior figura de viejo, presentóse ante Alcmena, la madre de Hércules, con el humillado perseguidor de la estirpe del héroe atado de pies y manos.

—¡Al fin llegas, monstruo! —increpóle la anciana al verle en su presencia—, ¡al fin, después de tanto tiempo, te ha alcanzado la justicia vengadora de los dioses! No bajes el rostro, osa mirar a tus adversarios cara a cara. Así tú eres aquel que por espacio de tantos años acumulaste sobre mi hijo trabajos y humillaciones: le mandaste a exterminar serpientes ponzoñosas y feroces leones esperando que sucumbiese en la lucha; le enviaste al tenebroso reino de Hades para que se perdiera en el Tártaro. Y ahora, si tuvieses poder para ello, nos arrojarías de Grecia a mí, su madre, y a todos sus hijos. Pretendiste arrancarnos de los protectores altares de los dioses, pero has topado con unos hombres y una ciudad libre que no han temido tus bravatas. Ahora te toca a ti morir, ¡y puedes considerarte dichoso, pues son tantos los crímenes que cometiste, que merecerías sufrir mil dolorosas muertes!

Euristeo, no queriendo mostrarse atemorizado ante la mujer, hizo un esfuerzo y, con aparente sangre fría, dijo:

—No escucharás de mis labios una sola palabra de súplica; no me niego a morir. Sólo pido que se me permita decir, para mi justificación, que no fue por impulso propio que me mostré adversario de Hércules. Fue Hera, la diosa, quien me incitó a sostener aquella lucha. Todo cuanto hice fue por su mandato. Pero una vez, aunque contra mi voluntad, hube convertido en enemigo mío a aquel hombre poderoso y semidiós, me vi obligado a poner a contribución todo lo que pudiese ponerme a cubierto de su cólera. ¿Y cómo no perseguir a su raza después de su muerte, la raza que se habría de constituir en mi enemiga y vengadora de su padre? Haz conmigo lo que quieras; no deseo morir, pero tampoco me apena dejar esta vida.

Así dijo Euristeo y se quedó aguardando su destino con aparente calma. El propio Hilos habló en favor del prisionero, y los ciudadanos de Atenas invocaron también la costumbre de la ciudad, de perdonar al culpable vencido. Pero Alcmena permaneció inexorable. Pensaba en todas las penalidades que su hijo inmortal había tenido que sufrir en la tierra mientras fue esclavo del cruel Monarca; pintóse ante sus ojos la muerte de su nieta querida, que le había acompañado hasta allí y sacrificádose vo-luntariamente para arrebatar la victoria a Euristeo que amenazaba al frente de potentísimo ejército; vio con lúgubres colores la suerte que les estaba reservada, a ella y a sus nietos, en el caso de tener frente a frente a Euristeo como vencedor y no como prisionero.

—No, debe morir —exclamó—, ningún mortal me arrancará a este miserable.

Entonces Euristeo, volviéndose a los atenienses, dijo:

—A vosotros, hombres bondadosos que habéis abogado en mi favor, ningún mal os ha de traer mi muerte. Si me tributáis unos funerales dignos y me sepultáis en el lugar donde me alcanzó el destino, en el templo de Palas Atenea, os guardaré la frontera de vuestro país como huésped propicio, para que ningún ejército la cruce jamás. Pues sabed que los descendientes de esos jóvenes y niños que ahora protegéis, un día os acometerán con las armas y_ os pagarán con ingratitud el beneficio que de vosotros recibieron sus padres. Entonces yo, el enemigo jurado de la raza heraclida, seré vuestro salvador.

Y con estas palabras se dirigió impertérrito a la muerte, y murió mejor de lo que había vivido.

Hilos y su descendencia

Los heraclidas, después de prometer eterna gratitud a su protector Demofoonte, abandonaron Atenas bajo la guía de su hermano Hilos y de su paternal amigo Yolao. Por doquiera encontraban ahora partidarios, y así llegaron al suelo patrio, el Peloponeso, donde hubieron de luchar durante todo un año, de ciudad en ciudad, hasta someter todo el territorio, con excepción de Argos. En aquel tiempo una terrible peste se cebaba en toda la península, sin que se le viese el final, hasta que los heraclidas supieron por un oráculo que eran ellos los culpables de aquella plaga, por haber regresado antes de tener derecho a hacerlo. En consecuencia, abandonando el ya conquistado Peloponeso, volviéronse a tierras de Ática, y se establecieron en los campos de Maratón. Entretanto Hilos, cumpliendo la voluntad manifestada por su padre moribundo, habíase desposado con la hermosa doncella Yola, solicitada antaño por el propio Hércules, y pensaba continua-mente en el medio de entrar en posesión de la herencia paterna. Al efecto se dirigió una vez más al oráculo de Delfos, que le dio por respuesta: «Esperad el tercer fruto, entonces conseguiréis el regreso». Hilos interpretó aquella sentencia del modo que parecía más natural, como refiriéndose a los frutos de la tierra del tercer año, por lo que dejó transcurrir pacientemente dos veranos más, al cabo de los cuales irrumpió de nuevo en el Peloponeso al frente de un ejército.

A la muerte de Euristeo había subido al trono de Micenas Atreo, nieto de Tántalo e hijo de Pélope. El nuevo Rey, ante la venida en son de guerra de los heraclidas, concertó una alianza con los habitantes de la ciudad de Tegea y otras poblaciones vecinas y salió al encuentro de los invasores. Los dos ejércitos se enfrentaron en el istmo de Corinto. Pero Hilos, siempre dis-puesto a evitar males a Grecia, fue otra vez el primero en esforzarse por zanjar la contienda mediante un duelo singular, y así desafió a uno de los adversarios, fuese quién fuese, a batirse con él. Confiando en que el oráculo aprobaba su empresa, puso como condición que si Hilos vencía a su rival, los heraclidas se posesionarían sin derramamiento de sangre del antiguo reino de Euristeo. Si, en cambio, Hilos era derrotado, los descendientes de Hércules no podrían entrar en el Peloponeso hasta transcurridos cincuenta años. Al difundirse esta proposición entre el ejército enemigo, levantóse Équemo, rey de Tegea, animoso guerrero en la flor de la vida, y aceptó el reto. Los dos combatieron con rara valentía, pero al fin sucumbió Hilos; un sombrío presentimiento de la ambigüedad del oráculo pintóse en la frente del moribundo. De acuerdo con lo pactado, los heraclidas tuvieron que desistir de su empresa, por lo que volvieron a pasar el istmo y se establecieron nuevamente en la comarca de Maratón.

Pasaron los cincuenta años sin que los hijos de Hércules, cumpliendo lo convenido, se lanzasen a la conquista de sus tierras hereditarias. Mientras, Cleodeo, hijo de Hilos y de Yola, se había convertido en un hombre de más de cincuenta años. Expirado el compromiso y libres ya sus manos, dirigióse, con otros nietos de Hércules, a la conquista del Peloponeso, cuando ya hacía más de treinta años que había terminado la guerra de Troya. Pero tampoco él fue mas afortunado que su padre y en la campaña sucumbió con todas sus huestes. Veinte años más tarde su hijo Aristómaco, nieto de Hilos y bisnieto de Hércules, repitió la tentativa, reinando a la sazón en el Peloponeso Tisámeno, hijo de Orestes. También erró Aristómaco en la interpretación del ambiguo oráculo. «Los dioses —había rezado éste— te llevarán a la victoria por el sendero del paso estrecho». El irrumpió por el istmo, fue rechazado y, como su padre y su abuelo, perdió allí la vida.

Transcurrieron otros treinta años, y Troya llevaba ya ochenta convertida en cenizas. Entonces los hijos de Aristómago, nietos de Cleodeo, llamados Témeno, Cresfonte y Aristodemo, emprendieron la última expedición. A pesar de la falta de claridad de los oráculos, no habían perdido la fe en los dioses y, trasladándose a Delfos, consultaron a la pitonisa. Pero las sentencias repitieron palabra por palabra las que escucharan sus padres: «Después que hayáis esperado el tercer fruto conseguiréis el regreso». Y otra vez: «Los dioses os darán la victoria por el sendero del paso estrecho». Témeno, el mayor de los hermanos, dijo entonces en son de queja:

—Mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo siguieron estos veredictos, que les llevaron a su perdición.

He aquí que el dios se apiadó de ellos y, por boca de la sacerdotisa, les explicó el verdadero sentido del oráculo:

—De todos los infortunios sobrevenidos a vuestros padres —dijo—, ellos mismos tuvieron la culpa por no haber sabido interpretar las sabias sentencias de los dioses. Éstas no significan que sea el tercer fruto de la tierra el que debéis esperar, sino el tercer fruto de la raza. El primero fue Cleodeo, el segundo Aristómago; el tercero, a quien se profetiza la victoria, sois vosotros. En cuanto al paso estrecho que os conducirá al triunfo, no es, como erradamente interpretó vuestro padre, el istmo, sino aquella más amplia garganta, el mar situado a la derecha del istmo. Ahora ya conocéis el sentido de los oráculos. ¡Adelante en vuestra empresa, con la ayuda de los dioses!

Al oir Témeno esta explicación, parecióle como si se le abrieran los ojos. Aprestóse con sus hermanos a juntar un ejército y a construir barcos en Locros, localidad que, por este hecho, se llamaría más tarde Naupacto, es decir, astillero. Pero tampoco aquella campaña iba a resultar fácil para los descendientes de Hércules, sino que les costaría muchos sufrimientos y muchas lágrimas. Cuando ya el ejército estaba reunido, Aristodemo, el menor de los hermanos, fue herido por un rayo, dejando viuda a su esposa Argía, bisnieta de Polinices, y huérfanos a sus dos hijos gemelos Eurístenes y Proeles. Enterrado ya, y llorado el hermano, y al disponerse la flota a zarpar de Naupacto, presentóse un augur dotado por los dioses de poder profético y que transmitía oráculos, pero al cual tomaron por algún brujo espía enviado por los del Peloponeso para perder al ejército. Por eso hacía ya tiempo que le miraban como sospechoso hasta que Hipo-tes, hijo de Filas y bisnieto de Hércules, le disparó un venablo que le mató en el acto. Aquel homicidio valió a los heraclidas la cólera de los dioses; su escuadra, azotada por una tempestad, se fue a pique; las tropas de tierra pasaron por un hambre terrible y todo el ejército fue disolviéndose paulatinamente.

Témeno volvió a consultar al oráculo sobre aquella nueva desgracia. «Es en castigo del profeta a quien matasteis que os ha sobrevenido este desastre», tal fue la revelación del dios. «Al homicida debéis desterrarlo por diez años, y el mando del ejército debéis confiarlo al de tres ojos». La primera parte de la sentencia fue pronto cumplida: Hípotes, expulsado del ejército, hubo de exilarse. Pero la segunda parte sumió a los desgraciados heraclidas en la desesperación, pues, ¿cómo y dónde encontrarían a un hombre con tres ojos? Sin embargo, lo buscaron incansablemente, fiados en los dioses, hasta que dieron con Óxilo, hijo de Hemon, de estirpe real etólica. Cuando la invasión del Peloponeso por los heraclidas, aquel hombre había cometido un homicidio que le obligó a huir de su patria Etolia y refugiarse en el pequeño país de Elida. Ahora, expirado su destierro, se disponía a regresar a su patria, y en camino, montado sobre su mulo, se encontró con los heraclidas. Tenía un solo ojo, habiendo perdido el otro en su juventud de resultas de un flechazo, y así el mulo le ayudaba a ver, sumando entre los dos tres ojos. Los heraclidas pensaron que aquello satisfacía el enunciado del extraño oráculo, por lo que eligieron a Óxilo como jefe de su ejército, quedando de este modo satisfecha la condición del Destino; y atacando al enemigo con tropas recién reclutadas y barcos nuevamente construidos, dieron muerte a su caudillo Tisámeno.

Los heraclidas se reparten el Peloponeso

Una vez los heraclidas hubieron conquistado la totalidad del Peloponeso, erigieron tres altares a Zeus, su ascendiente paterno, y le dedicaron sacrificios; luego se dispusieron a repartirse el país a suertes. El primer lote era Argos, el segundo Lacedemonia. el tercero Mesenia. Convinieron en efectuar el sorteo en una urna llena de agua; cada uno echaría una suerte que llevaría escrito su nombre. Témeno y los hijos de Aristodemo, los gemelos Eurístenes y Proeles, echaron piedras señaladas, mientras que el astuto Cresfonte. que deseaba obtener Mesenia, echó en el agua un terruño, que se deshizo en ella. Sorteóse primero Argos y apareció la piedra de Témeno; después Lacedemonia, y salió la de los hijos de Aristodemo. Consideróse que no valía la pena sacar la tercera, con lo que Cresfonte recibió la Mesenia. Cuando, terminado el acto, fueron todos a los altares a ofrecer sacrificios a los dioses, aparecieron signos extraños, pues cada uno encontró en su altar un animal diferente: aquellos a quienes había cabido en suerte Argos encontraron en él un sapo, los que se quedaban con Lacedemonia hallaron un dragón y los de Mesenia una zorra. Sorprendidos de aquellos signos, preguntaron a los adivinos de la localidad, los cuales interpretaron la cosa de la siguiente manera: «Los que han recibido el sapo, harían bien quedándose en su ciudad, pues aquel animal está indefenso cuando se traslada; aquellos en cuyo altar se ha puesto un dragón, serán potentes conquistadores y sin duda podrán aventurarse a salir de sus fronteras; finalmente, los que han encontrado una zorra, no deben obrar ni con candidez ni por la violencia; su mejor defensa será la astucia».

En lo sucesivo, aquellos animales fueron los emblemas de argivos, espartanos y mesenios. No se olvidaron tampoco de su tuerto general Óxilo, a quien dieron, en premio a su caudillaje, el pequeño reino de Elida. De todo el Peloponeso solamente la pastoral y montañosa Arcadia no se rindió a los heraclidas, y de los tres reinos fundados en la península sólo Esparta tuvo una existencia relativamente larga. En Argos, Témeno había dado en matrimonio a Deifonte, un bisnieto de Hércules, su hija Hirneto, la preferida entre toda su prole, y le pedía consejo en todas las cosas, por lo que se suponía que pensaba traspasar el trono a él y a su hija. Esto disgustó a sus demás hijos, que se conjuraron contra su padre y le asesinaron. Los argivos reconocieron como rey al hijo mayor, pero como ante todo eran amantes de la libertad y la igualdad, limitaron su poder hasta el extremo de que a él y a sus descendientes no les quedó de rey más que el título.

Mérope y Épito

La suerte que correspondió al rey de Mesenia, Cresfonte, no fue mejor que la de su hermano Témeno. Aquél había casado con la hija del rey Cípselo de Arcadia, Mérope, quien le dio muchos hijos, el menor de los cuales fue Épito. Cresfonte se construyó un palacio soberbio en el campo, para sí y para su numerosa prole. Era amigo del bajo pueblo y con su administración le favorecía en lo posible. Aquel proceder le valió el resentimiento de los ricos, quienes le asesinaron junto con todos sus hijos, excepto Épito, el menor, al que la madre pudo arrebatar de las manos de los regicidas, llevándolo a su padre Cípselo, en Arcadia, donde el niño fue criado secretamente. Entretanto se había apoderado del trono de Mesenia Polifonte, asimismo un heraclida. y obligado a la viuda del rey asesinado a casarse con él. Al rumorearse que uno de los herederos de Cresfonte vivía aún, Polifonte, el nuevo monarca, ofreció un elevado precio a su cabeza. Pero no se presentó nadie que quisiera o pudiera ganárselo, pues se trataba sólo de un rumor confuso y nadie sabía dónde se encontraba el proscrito. Épito era ya mozo y, habiendo abandonado el palacio de su abuelo, se hallaba en Mesenia sin que nadie lo sospechase. A oídos del joven había llegado la noticia del precio puesto a su cabeza, y, revistiéndose de valor, se presentó, sin ser conocido de nadie, ni siquiera de su madre, a la corte del rey Polifonte como extranjero y, en presencia de la reina Mérope, le dijo:

—Estoy dispuesto, ¡oh Rey!, a ganarme el premio que las puesto a la cabeza del príncipe que, como hijo de Cresfonte. amenaza tu trono. Le conozco como a mí mismo y lo pondré en tus manos.

La madre palideció al oir aquellas palabras; rápidamente envió por un viejo y fiel criado que había tomado parte en la salvación del pequeño Épito y que ahora vivía lejos de la corte y del palacio por temor al nuevo soberano. Enviólo en secreto a Arcadia para advertir a su hijo, y acaso para llamarlo con objeto de que se pusiese a la cabeza de los ciudadanos, que odiaban a Polifonte por su tiránica conducta, y recuperase el trono de su padre. Llegado a Arcadia, el viejo servidor encontró al rey Cípselo y a toda la casa real sumidos en gran consternación, pues Épito había desaparecido y nadie sabía qué había sido de él. El viejo regresó desconsolado a Mesenia, a contar a la Reina lo que ocurría. Ambos coincidieron en pensar que sin duda el extranjero que se había presentado al Rey como aspirante al premio debía de haber asesinado a Épito en Arcadia y conducido el cadáver a Mesenia. Pronto hubieron tomado una resolución. Puesto que Polifonte había alojado al forastero en palacio, la Reina, sedienta de venganza, armada con un hacha y seguida del leal criado, entró por la noche en el aposento del extranjero, con la intención de matarlo. El mozo dormía de un sueño dulce y tranquilo, el rostro iluminado por un rayo de luna. Ya se habían inclinado los dos sobre el lecho y Mérope levantado el hacha, cuando el criado, que se encontraba más cerca del durmiente, se fijó en su cara, y de pronto, cogiendo con un angustioso grito de sorpresa el brazo de la Reina:

—¡Detente! —exclamó—, ¡es tu hijo Épito a quien vas a matar!

Mérope dejó caer el brazo con el hacha y se arrojó sobre el lecho de su hijo, que se despertó a sus sollozos. Después de abrazarse largamente, explicóle el muchacho que había venido, no para entregarse en manos de los asesinos, sino para castigarlos, librarla a ella de aquel odioso matrimonio y, con ayuda de los ciudadanos a quienes esperaba ganar para su justa causa, recuperar el trono de su padre. Luego discutió con su madre y el viejo criado las medidas a adoptar para vengarse del odioso y malvado Polifonte. Vistióse Mérope de luto y, presentándose a su marido, comunicóle que acababa de recibir la triste embajada de la muerte de su único hijo y le declaró que en adelante quería vivir en paz con su esposo y olvidar sus pasados agravios. El tirano cayó en el lazo que se le tendía. Alegróse al ver que se le quitaba del corazón su mayor desasosiego y manifestó el propósito de ofrecer a los dioses un sacrificio en acción de gracias porque ya todos sus enemigos habían desaparecido del mundo. Y he aquí que hallándose toda la población reunida en la plaza pública, aunque de mala gana —pues el pueblo se había mantenido siempre fiel al recuerdo del rey Cresfonte y lloraba ahora a su hijo Épito, con el cual veía desvanecerse su última esperanza—, el joven príncipe acometió al Rey oficiante y le hundió el acero en el corazón. Acudieron entonces Mérope y el criado y mostraron en el extranjero a Épito, el legítimo heredero de la corona, que se tenía por muerto. Éste castigó a los asesinos de su padre y hermanos y por su carácter indulgente se granjeó la estima incluso de los mesenios nobles, y un prestigio tal, que sus descendientes recibieron el apelativo de epitidas en lugar del de heraclidas.


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