Las Guerras de Tebas

Las Guerras de Tebas

Polinices y Tideo en la corte de Adrasto

Adrasto, hijo de Tálao, rey de Argos, tuvo cinco hijos, dos de ellos hembras, Argía y Deípile. Acerca de ellas le había dicho un singular oráculo que un día las daría por esposas, una a un león y la otra a un jabalí. En vano el Rey se quebraba la cabeza buscando la explicación de la oscura sentencia, y cuando las muchachas llegaron a la edad nubil, pensó casarlas de manera que no fuese posible la realización de la inquietante profecía. Pero la palabra de los dioses no podía ser burlada. De dos lados opuestos dos fugitivos entraron en Argos. Polinices había sido expulsado de Tebas por su hermano Etéocles; Tideo, hijo de Eneo y de Peribea, hermanastro de Meleagro y Deyanira, había huido de Calidón, donde, en el curso de una cacería, había invo­luntariamente dado muerte a un allegado. Ambos fugitivos se encontraron ante el real palacio de Argos y, tomándose por ene­migos en la oscuridad de la noche, se agredieron mutuamente. Adrasto, atraído por el estrépito de las armas, salió del castillo a la luz de las antorchas y separó a los contendientes. Al ver a su derecha y a su izquierda a los dos héroes rivales, el Rey se asustó como si se le hubiese aparecido una visión, pues del es­cudo de Polinices le contemplaba una cabeza de león, mientras que el de Tideo le presentaba la de un jabalí. El primero llevaba aquel emblema en el escudo en honor de Hércules, el segundo había elegido el suyo en recuerdo de la cacería del jabalí de Calidón y de Meleagro. Entonces comprendió Adrasto el significado de la oscura sentencia del oráculo, e hizo de los dos fugitivos sus yernos. Polinices obtuvo la mano de la hija mayor, Argía; Deípile fue la esposa de Tideo. A ambos prometió el Rey ayudarles a volver a sus patrias respectivas, de donde habían sido expulsados.

En primer lugar se decidió la guerra contra Tebas, y Adrasto reunió a sus héroes, siete príncipes, contándose él mismo, con otros tantos ejércitos. Eran sus nombres Adrasto, Polinices, Tideo, Anfiarao, cuñado de Adrasto, y Capaneo, sobrino del Rey; y por último, dos hermanos, Hipodemonte y Partenopeo. Pero Anfiarac, el cuñado del Rey y que durante mucho tiempo fuera su enemigo, era profeta y como tal previo el desgraciado fin de toda a campaña. Después de esforzarse inútilmente en persuadir a Adiasto y a los demás príncipes a que desistieran de la empresa, buscó un buen refugio, conocido únicamente de su esposa Enfile, hermana del Rey, y se ocultó en él con todo secreto. Los hé­roes estuvieron buscándole largo tiempo, pues sin él, a quien llamaba Adrasto el ojo de su ejército, no se atrevía el Monarca a lanzarse a la campaña. Ahora bien, Polinices, al huir de Tebas, habíase llevado el collar y el velo, nefastos presentes de Afrodita a Harmonía en ocasión de su boda con Cadmo, fundador de Tebas, y que habían sido la perdición de cuantas personas los habían llevado. Aquellos regalos habían traído la desgracia, además de Harmonía, a Semele, madre de Baco, y a Yocasta. La última en poseerlos había sido Argía, esposa de Polinices, destinada también al infortunio, y entonces decidió su marido utilizar el collar para sobornar a Erifile para que revelase, a él y a sus compañeros de armas, el lugar donde se hallaba oculto su maride. Largo tiempo llevaba la mujer envidiando a su sobrina aquel magnífico atavío con que la honrara el extranjero. Al con­templa: ahora las fulgentes piedras preciosas y broches de oro del collar, incapaz de resistir a la tentación, haciendo que Polinices le siguiera, sacó a Anfiarao de su refugio. Éste no pudo ya esquivar su participación en la campaña, tanto menos cuanto que anteriormente, al reconciliarse con Adrasto y recibir de él a su hermana en matrimonio, había prometido dejar a su esposa como arbitro de toda disención que pudiese ocurrir con su cuñado. En consecuencia, pertrechóse para la guerra y reunió a sus seguidores, pero, antes de partir, llamando a su presencia a su hijo Alcmeón, le obligó a prestar el sagrado juramento de que, en cuanto supiese su muerte, le vengase sobre su madre desleal.

Campaña de los siete contra Tebas

También los demás héroes se prepararon, y pronto hubo reu­nido Adrasto un poderoso ejército, dividido en siete cuerpos, con un héroe al frente de cada uno. Entre gritos de júbilo y llenos de esperanza, abandonaron todos la ciudad de Argos al son de clarines y trompetas. Pero ya en camino se presentó la desgracia. Al llegar al bosque de Nemea se encontraron con que una sequía había agostado todas las fuentes, ríos y lagos, mien­tras los ardores del día los atormentaban con una sed ardiente. No podían ya soportar el peso de corazas y escudos; el polvo que la marcha levantaba se les pegaba a los secos paladares; hasta a los caballos se les secaba la espuma de la boca y mor­dían la brida rechinando y con los ollares resecados.

Mientras Adrasto con algunos guerreros recorrían en vano la espesura en busca de manantiales, topáronse de pronto con una triste mujer de rara belleza, con un niño al pecho, sentada a la sombra de un árbol. A pesar de sus pobres vestidos y del cabello flotante, tenía el porte majestuoso de una reina. El sor­prendido Monarca creyó ver ante sí a una ninfa del bosque e, hincándose de rodillas, le rogó, en nombre propio y de los suyos, que los salvara de la grave situación en que los tenía la falta de agua. Pero la mujer respondió con los ojos bajos y humilde acento:

—Extranjero, yo no soy una diosa; tú, a juzgar por tu mag­nífico aspecto, debes descender de dioses; si en mí hay algo sobrehumano será únicamente mi dolor, pues he sufrido más de lo que se pide a los mortales. Soy Hipsípile, otrora regalada soberana de las mujeres de Lemnos, hija del apuesto Toante; hoy, tras innumerables penalidades, raptada y vendida por pira­tas, la cautiva esclava del rey Licurgo de Nemea. Esta criatura que se nutre de mi pecho, no es hijo mío; es Ofeltes, hijo de mi amo, y yo soy su nodriza. Pero gustosa os procuraré lo que me pedís. Una sola fuente brota todavía en este desolado desierto y nadie sino yo conoce su secreto acceso. Es lo bastante copiosa para saciar a un ejército entero; seguidme.

Levantándose, la mujer depositó cuidadosamente el niño sobre la hierba y le arrulló con una canción de cuna hasta que se hubo dormido. Los héroes llamaron a sus compañeros y muy pronto toda la tropa seguía los pasos de Hipsípile por ocultos senderos que serpenteaban por lo más espeso del bosque. Al cabo llegaron a una rocosa hondonada de la que se elevaba finísimo polvo de agua que refrescó los rostros ardorosos de los guerreros que se habían adelantado a su guía y al Rey. En seguida hirió sus oídos el murmullo de una caudalosa cascada. «¡Agua!», fue el jubiloso grito que exhalaron las bocas de los avanzados, los cuales con cuatro saltos descendieron al fondo de la garganta y, de pie sobre las húmedas rocas, llenaban los yelmos con el chorro del fluyente manantial. «¡Agua!», repitió como un eco todo el ejército, y aquel grito de alegría, ahogando el ruido de la catarata, fue a resonar en las montañas que cir­cundaban la hondonada. Echáronse todos a la verdeante orilla del arroyo que se abría paso valle abajo y se deleitaron sorbiendo a grandes tragos el anhelado líquido. Pronto se encon­traron también para los carros y caballos senderos que bosque a través permitieran descender cómodamente hasta el fondo, y los conductores, sin desenganchar las caballerías, las guiaron hasta el tortuoso lecho del río, en el punto donde éste se ensanchaba en un vado, y dejaron que sus bestias, sumergidas hasta el vientre en las aguas refrescantes, apagaran su prolongada sed.

Ya satisfecho todo el mundo la buena Hipsípile, mientras contaba las gestas y los padecimientos de las mujeres de Lemnos, volvió a guiar a Adrasto y sus íéroes, seguidos ahora de las tropas a una distancia respetuosa por el camino ancho, hasta el lugar donde, bajo la copa de árbol, la habían encontrado con el niño. Pero antes de que el sitio pudiera verse, el fino oído de la nodriza fue alarmado por el llanto lejano de una criatura; llanto que sus acompañantes oyer«n apenas, pero que ella identificó en seguida como la voz de su pequeño Ofeltes. Hipsípile era madre de otros hijos, mayores y chicos, que había tenido que abandonar al ser raptada de Lemnos por los bandidos, y ahora había transferido todo su maternal afecto a aquel pequeñuelo a quien servía como esclava. Un angustioso presentimiento hizo estremecer su tierno corazón. Echó a correr hacia el lugar perfectamente conocido, donde sdía descansar y dar el pecho al niño. ¡Ay!, éste había desapancido y los errantes ojos de la mujer no descubrían rastro ninguno de él, como tampoco oía ya su voz. Al dirigir la mirada mis lejos, pronto comprendió el terrible destino de que había sido víctima el niño, mientras ella estaba prestando al ejército de los agivos su caritativo servi­cio. Pues no lejos del árbol yacía enroscada una horrible ser­piente, apoyada la cabeza sobre el hinchado vientre, digiriendo en indolente reposo el banquete que acababa de darse. A la desdichada nodriza se le erizó el cabello de espanto y sus gritos llenaron el aire, mientras los héroes acudían apresuradamente. El primero en ver el reptil fue Hpomedonte, quien, sin perder momento, arrancando del suelo una roca la arrojó contra el monstruo; pero el cuerpo acorazado de éste rechazó la piedra como si fuese un puñado de tierra. Entonces el hombre le dis­paró la jabalina, y esta vez no erró el tiro, pues hiriendo a la serpiente en el garguero la punta del proyectil, después de atra­vesar el cerebro, fue a salirle por la cresta. La alimaña revolvióse como una peonza con la larga lanza saliéndole por la herida y expiró al fin con un horrible silbido.

Una vez muerta la serpiente, la infeliz ama se puso a buscar el rastro de su ahijado; a poca distancia encontró la hierba enrojecida de la sangre y, más allá, los huesos mondos del niñito. La desesperada mujer los recogió en su regazo y los entregó a los héroes, quienes procedieron a dar piadosa sepultura al tierno ser de cuya muerte ellos habían sido los involuntarios causantes. Luego le tributaron solemnes juegos funerarios con participación de todo el ejército y en su honor instituyeron los sagrados juegos nemeos, así como su culto como semidiós, bajo el nombre de Arquémoro, es decir, el muerto prematuramente.

No escapó Hipsípile a la cólera que experimentó la madre del niño, Eurídice, esposa de Licurgo, por causa de la muerte de su hijo. Fue por su orden arrojada a una horrible mazmorra en espera de los espantosos martirios que se le reservaban. Pero quiso la suerte que los abandonados hijos mayores de la desven­turada, habiendo seguido las huellas de su madre, entraran en Nemea a poco de aquel suceso y la libertaron.

El sitio de Tebas

—¡Ahí tenéis un presagio de cómo terminará la guerra! —dijo lúgubremente el adivino Anfiarao al descubrirse la osamenta del niño Ofeltes.

Pero los demás, dando mayor importancia al vencimiento de la serpiente, tuvieron aquella victoria por feliz augurio. Y como el ejército acababa de salir de un grave apuro, todo el mundo estaba de buen humor; nadie prestó oídos a la sombría queja del profeta de la desgracia, y el ejército reanudó alegremente la marcha. Pocos días más tarde las huestes de los argivos se halla­ban ante las murallas de Tebas.

En la ciudad, Etéocles y su tío Creonte habían tomado todas las medidas con vistas a una tenaz defensa; el primero dirigióse a los ciudadanos reunidos:

—Pensad ahora, compatriotas, en lo que debéis a vuestra ciudad natal, que os ha criado en su amoroso seno y ha hecho de vosotros guerreros valerosos. Todos, desde el mozo que no ha llegado todavía a la edad viril, hasta el hombre cuyos rizos blanquean ya, debéis defenderla, defender los altares de sus dioses patrios, a vuestros padres, mujeres y niños, y la libertad de vuestro suelo. Los augures me comunican que esta noche el ejército argivo se concentrará y efectuará un ataque contra la ciudad. Así, hombres, ¡corred a las almenas, a las puertas! ¡Salid con todas las armas! ¡Ocupad las trincheras, guarneced las torres con vuestros proyectiles, guardad cuidadosamente todas las salidas y no os asustéis ante el número de los enemigos! Mis espías se deslizan al exterior y estoy seguro de que me traerán informes exactos. Obraré según ellos sean.

Mientras Etéocles arengaba así a sus caballeros, en la almena más alta del palacio estaba la doncella Antígona con un viejo escudero de su abuelo Layo. Después de la muerte de su padre había permanecido poco tiempo bajo la amorosa protección del rey Teseo de Atenas, y regresó a su patria con su hermana Ismene. Una imprecisa esperanza de poder ser útil a su hermano Polinices, así como el amor a su ciudad natal, habiánla impulsado a ello. No podía aprobar el sitio a que la sometía su hermano y deseaba compartir su suerte. El príncipe Creonte y Etéo­cles la habían acogido con los brazos abiertos, pues consideraban a la doncella como un voluntario rehén y una valiosa mediadora. Ahora, habiendo subido la escalera de cedro del palacio, estaba en la amplia plataforma desde donde el viejo guerrero le explicaba la posición del enemigo. El poderoso ejército adversario se hallaba acampado en torno de la ciudad, en los campos y a lo largo de la orilla del Ismeno, así como en los alrededores de la fuente de Dirce, de remotísima fama. Acababa de po­nerse en movimiento y los batallones se separaban unos de otros. Todo el campo refulgía del brillo de las armas, como mar ondeante. Masa; de infantería y caballería se desplazaban con es­trépito frente a las puertas de la ciudad sitiada.

Ante aquel espectáculo la doncella se asustó; pero el anciano trató de tranquilizarla:

—Nuestras murallas son altas y sólidas —le dijo—; las puer­tas, de roble, tienen fuertes cerrojos de hierro. Por dentro la ciudad está segura, y repleta de valerosos soldados que no rehui­rán el combate.

Luego, contestando a las preguntas de la muchacha sobre los jefes principales, se puso a enumerarlos:

—Aquél, de reluciente yelmo, que agita con tanta facilidad el brillante escudo de bronce y precede a un batallón, es el príncipe Hipomedonte, que mora en los alrededores de las aguas de Lerna, en Miccnas; su estatura es enorme, como la de un gigante brotado de la tierra. Más hacia la derecha, junto a la fuente de Dirce, hay una que viste exótico traje, como un semibárbaro; es Tideo, el cuñado de tu hermano, hijo de Eneo. Él y sus etolios son escuderos y excelentes lanceros; lo conozco por su escudo de armas, pues me enviaron al campo enemigo en calidad de parlamentario.

—¿Y quién es —siguió inquiriendo la doncella— aquel héroe de porte juvenil y cabello grisáceo que, con salvaje mirada, pasa en este momento frente a la sepultura, seguido lentamente de una tropa magníficamente pertrechada?

—Es Partenopeo —explicóle el viejo—, el hijo de Atalanta, amiga de Ártemis. Pero ¿ves allí aquellos dos héroes, junto a la tumba de las hijas de Níobe? El mayor es Adrasto, el caudillo de todo el ejército; y el menor, ¿no le conoces?

—Sólo veo el pecho y el contorno de su cuerpo —repuso Antígona con dolorosa emoción—, y sin embargo, lo reconozco: ¡es mi hermano Polinices! ¡Ah, si me fuera dado volar con las nubes, estar a su lado y rodear con mi brazo el cuello de mi querido exilado! ¡Cómo fulgura su áurea armadura, cual matinal rayo de sol! Pero ¿quién es aquel otro que, guiando los corceles con mano firme, conduce un carro blanco y agita el látigo con tanta calma y prudencia?

—Aquél es —dijo el anciano— el vidente Anfiarao, señora mía.

—Pero ¿no reparas en aquel que, pegado a las murallas, las recorre de arriba abajo midiéndolas y señalando cuidadosamente los lugares donde los baluartes parecen más vulnerables al asalto?

—Es el insolente Capaneo, que tan terriblemente se mofa de nuestra ciudad y que pretende llevaros, a vosotras, tiernas doncellas, cautivas a las aguas de Lerna.

Antígona palideció y pidió volverse, y el viejo, tendiéndole la mano, la acompañó abajo, al aposento de las muchachas.

Meneceo

Mientras tanto, Creonte y Etéocles celebraban consejo de guerra y, poniendo en práctica los acuerdos adoptados, nombraban un jefe para cada una de las puertas de Tebas, con un nú­mero de hombres igual al del enemigo. No obstante, querían, antes de que la lucha empezase, estudiar los presagios que sobre ella pudiesen deducirse de la observación de las aves. He aquí que vivía entre los tebanos, según se dijo ya al narrar la leyenda de Edipo, el adivino Tiresias, hijo de Everes y de la ninfa Caricio. Siendo joven, había sorprendido un día a la diosa Atenea en casa de su madre y visto lo que no tenía que ver; por eso la diosa le había castigado con la ceguera. Su madre Cariclo había suplicado a su amiga que le devolviese la vista, pero ya no estaba en poder de Atenea el hacerlo; sin embargo, compadecida de él, en compensación agudizó su oído de tal manera que entendió desde entonces las voces de las aves, y así se convirtió en el augur de la ciudad.

Creonte envió a su joven hijo Meneceo a aquel ilustre adivino para conducirlo a palacio, y el anciano, acompañado de su hija Manto y guiado por el mancebo, dirigióse con paso vacilante a la real mansión y se presentó ante Creonte. Éste le instó a que revelase lo que el vuelo de las aves le permitía augurar acerca del destino de la ciudad. Tiresias permaneció largo rato silencioso, hasta que finalmente pronunció estas tristes palabras:

—Los hijos de Edipo han cometido un grave pecado contra su padre; ellos aportan a la tierra de Tebas amarga aflicción. Argivos y cadmeos se inmolarán mutuamente, los hijos del uno caerán a manos de los del otro. Sólo un medio de salvación veo para la ciudad, pero aun para el vencedor es demasiado amargo para que mi boca lo publique. ¡Adiós!

Y se disponía a retirarse, pero desistió ante las insistentes súplicas de Creonte.

—¿Te empeñas en oirlo? —dijo en tono severo—. ¡pues sea! Pero antes dime: ¿dónde está tu hijo Meneceo, el que me acompañó?

—Está a tu lado —respondió Creonte.

—En este caso, que huya lo más lejos que pueda de mi oráculo —dijo el viejo.

—¿Y por qué? —preguntó Creonte—; Meneceo es el hijo de su padre; sabe callar cuaido debe hacerlo, y se alegrará de conocer el medio que pueda salvarnos.

—Sabed, pues, lo que ne han dicho las aves —dijo Tiresias—. La salvación vendrá, pero por duro camino. El más joven de la raza engendrada por los cientes del dragón caerá; sólo con esta condición será vuestra la victoria.

¡Ay de mí! —exclanó Creonte—, ¿qué significan tus palabras, anciano?

¡Que el último de los nietos de Cadmo ha de morir, si la ciudad ha de salvarse!

—¿Exiges, pues, la muerte de mi hijo amado, de mi hijo Meneceo? —repitió el prncipe, indignado—. ¡Aléjate de aquí! ¡No necesito de tus profecías!

—¿Acaso la verdad dejará de serlo porque te trae miserias? —preguntó gravemente Tresias.

Entonces Creonte se irrojó a sus pies y, abrazándole las rodillas, suplicó al ciego vidente, por sus cabellos blancos, que retirase aquel fallo; pero el anciano permaneció inexorable:

—La sentencia es inapelable —dijo—; en sacrificio expiatorio debe derramar su sangre en la fuente de Dirce, donde un día fuera enterrado el dragón; entonces la Tierra se tornará vuestra amiga, pues habrá recibido sangre humana y afín a la suya, a cambio de la que envió a Cadmo sacada de los dientes del dra­gón. Si este adolescente se inmola por su ciudad, será su salvador en la muerte, y Adrasto y su ejército tendrán un triste retorno a su patria. Ahora, Creonte, elige entre las dos suertes.

Así habló el adivino, y se alejó guiado por la mano de su hija. Creonte había quedado sumido en el silencia, hasta que finalmente exclamó con angustia:

¡Con qué gusto moriría yo por mi patria! Pero ¿es fuerza que te sacrifique a ti, hijo mío? Huye, hijo, huye tan veloz como los pies puedan llevarte, de este maldito país, demasiado perverso para tu inocencia. ¡Ve al santuario de Dodona pasando por Delfos, Etolia y Tesprotia, y una vez allí ponte bajo la protección del oráculo!

¡Sí! —respondió Meneceo con brillante mirada—. ¡Provéeme de todo lo necesario para el viaje, padre, y créeme, no erraré el camino!

Una vez Creonte se hubo tranquilizado al oír la decisión del muchacho, y corrido de nuevo a su puesto, el mozo, en cuanto estuvo solo, echándose al suelo, dirigió con gran fervor este ruego a los dioses:

¡Perdonadme, celestiales, si he mentido al librar a mi padre de su indigno temor con falsas palabras! Cierto que es perdonable su miedo, pues es un viejo; pero yo, ¡qué cobarde sería si traicionase a la patria a la que debo la vida! Oíd, pues, mi juramento, ¡oh dioses!, y acogedlo piadosamente. Voy a salvar a mi patria con mi muerte. La huida sería un deshonor. Subiré a la cornisa de las murallas y, arrojándome en el abismo pro­fundo y tenebroso del dragón, según dijo el profeta, redimiré a mi tierra.

Incorporándose alegremente, el mozo corrió a la almena e hizo lo que había ofrecido. Situándose sobre el punto más elevado de la muralla, paseó la mirada por encima del enemigo en orden de batalla y le envió una breve y solemne maldición; después, sacando una daga que llevaba oculta entre las ropas, se atravesó el cuello de una estocada y, precipitándose de las alturas, fue a estrellarse contra la margen de la fuente de Dirce.

El asalto a la ciudad

El oráculo se había cumplido; Creonte dominó su dolor, y Etéocles dio a los siete responsables de las puertas otras tantas huestes y, donde éstas faltaran, las sustituyó con varias hileras de tropas de caballería, además de infantería ligera situada de­trás de los guerreros armados de escudos, con objeto de proteger debidamente las murallas en los puntos más expuestos a ser atacados. También el ejército argivo se puso en movimiento y empezó el asalto a los muros. Eleváronse los cantos de guerra y sonaron las trompetas, así de las huestes enemigas como de lo alto de las murallas tebanas. Primero Partenopeo, hijo de la cazadora Atalanta, hizo avanzar su tropa apretada, escudo contra escudo, hacia una de las puertas. Representaban sus blasones a su madre derribando de un certero flechazo un jabalí de Etolia. Contra otra puerta se dirigía el sacerdote adivino Anfiarao llevando en su carro animales propiciatorios; pertrechado sencillamente, no llevaba escudo de armas ni otro distintivo particular. La tercera puerta era el blanco de Hipomedonte, en cuyo escudo campeaba el Argos de cien ojos guardando a ío transformada en becerra por Hera. Tideo conducía a los suyos a la cuarta puerta; era su emblema una hirsuta piel de león y con la diestra agitaba con gesto salvaje una encendida antorcha. El desterrado rey Polinices mandaba el asalto contra la quinta puerta; su es­cudo exhibía un tiro de corceles encabritados y furiosos. Avan­zaba hacia la sexta con sus guerreros Capaneo, que se jactaba de rivalizar en la lucha con el dios Ares; el dorso de su escudo representaba un gigante llevando a cuestas una ciudad arrancada del suelo; tal era la suerte que tenían destinada para Tebas. Finalmente, a la séptima y última puerta iba Adraste el rey de los argivos, en cuyo escudo podían verse representadas cien serpientes con niños tebanos en las fauces.

Cuando todos estuvieron lo bastante cerca de las puertas, inicióse la batalla, primero con hondas, despuéscon arcos y jabalinas. La primera embestida fue rechazada victiriosamente por los tebanos, que obligaron a las huestes argivasa retirarse. En­tonces Tideo y Polinices, tomando una decisión rápida, gritaron:

—Hermanos, ¿por qué no os lanzáis al asalto, antes de que los proyectiles os derriben, de una de las puetas, todos a la una, infantes, jinetes y carros?

Esta llamada, propagándose rápidamente ente el ejército, revivió el valor de los argivos. Todos se animan y el ataque volvió a comenzar con vigor creciente, pero sin nejor resultado que la vez primera. Con las cabezas ensangrentadas caían los atacantes a los pies de los defensores y filas eneras exhalaban su último suspiro bajo las murallas, convirtiendo en ríos de sangre la tierra seca que circundaba la ciudad.

Entonces el arcadio Partenopeo se lanzó come un ciclón contra su puerta, pidiendo fuego y hachas para derribarla. Un héroe tebano, Periclímeno, que tenía su puesto a escasa distancia sobre la muralla, observaba sus esfuerzos y, en el memento preciso, arrancando del muro un trozo de parapeto de piedra tan enorme que habría constituido la carga de un carro, lo írrojó contra el asaltante con tanta precisión que le aplastó la rubia y ensortijada cabellera y los huesos del cráneo, y lo precipitó al suelo mal herido. Tan pronto como Etéocles vio segura aquella puerta corrió a las demás. En la cuarta se encontró con Tideo, furioso como un dragón bajo los ardores del sol; sacudía la cabeza, cubierta por el empenachado yelmo, y el escudo, que mantenía enhiesto, resonaba de los cascabeles que rodeaban su borde. Él blandía con la diestra la lanza contra el muro y le rodeaba un tropel de escuderos que disparaban una granizada de flechas a lo alto del castillo, obligando a los tebanos a retirarse del para­peto. En aquel momento presentóse Etéocles y, reuniendo a los guerreros como el cazador reúne a los perros dispersos, volvió a conducirlos a las almenas. Luego acudió presuroso a las otras puertas. Topóse también con el embravecido Capaneo, que llevaba al muro una alta escalera de asalto y, jactándose, gritaba que ni el rayo del rey de los dioses le impediría destruir los cimientos de la ciudad conquistada. Con estas retadoras palabras aplicó la escalera contra el muro y comenzó a tirepar por eÜa, protegiéndose con el escudo de una lluvia de piedras. Pero el cas­tigo de su insolencia no estaba reservado a los tebanos; el propio Zeus lo tomó en su mano, enviándole un rayo en el momento en que saltaba ya el reborde de la muralla. Fue el golpe tan terrible que hizo retumbar la tierra; sus miembros, arrancados, volaron a gran distancia de la escalera; el cabello, inflamado, se proyectaba hacia el Cielo, y la sangre fluía por el suelo; manos y pies giraban como una rueda, y finalmente el tronco se precipitó al suelo, ardiendo.

Por aquel signo comprendió el rey Adrasto que el padre de los dioses no veía su empresa con buenos ojos, por lo que retiró sus tropas de los fosos de la ciudad y se replegó con ellas. En cambio, los tebanos, saliendo de la villa a pie o en carros, al darse cuenta de aquel signo propicio que Zeus les enviaba, se lanzaron contra las huestes argivas. Carros chocaban contra carros y los cadáveres se amontonaban. La victoria fue de los tebanos, quienes no regresaron al refugio de sus murallas hasta haber rechazado un buen espacio al enemigo.

Duelo de los dos hermanos

De esta manera terminó el asalto a la ciudad de Tebas. Vuel­tos a ella Creonte y Etéocles con sus tropas, el ejército de los derrotados argivos se reagrupó y muy pronto estuvo otra vez en condiciones de avanzar nuevamente hacia la plaza sitiada. Al observarlos los tebanos, el rey Etéocles adoptó una grave re­solución, pues la esperanza de resistir una segunda acometida había disminuido considerablemente a causa de haber quedado sus fuerzas muy debilitadas por el primer ataque. Envió, pues, a su heraldo extramuros al ejército adversario, de nuevo acampado en las inmediaciones, al borde mismo de los fosos circundantes, en petición de un armisticio. Después, subiéndose en la cima más alta de la fortaleza, dirigiéndose en alta voz así a sus huestes propias, formadas en el interior de la villa, como a las argivas, que la rodeaban, dijo:

—¡Dáñaos y argivos, cuantos habéis acudido aquí, y vosotros, ciudadanos de Tebas, no sacrifiquéis con tanta ligereza vuestras vidas en las trincheras, los unos por Polinices, los otros por mí, su hermano! Dejad, será mejor, que yo solo acepte el riesgo de esta lucha y me enfrente con mi hermano en combate singular. Si lo mato, quedo yo único señor de la casa; si muero por su mano, sea el cetro para él, ¡y vosotros, argivos, deponed las armas y volveos a vuestra patria, en lugar de desangraros inútilmente ante estos muros!

De las filas de los argivos salió entonces Polinices y, diri­giéndose al castillo, gritó que aceptaba la proposición de su hermano. De ambos lados todo el mundo estaba cansado de aquella guerra sangrienta que se libraba tan sólo en beneficio de uno de los dos hombres; por eso ambos bandos aplaudieron aquella equitativa idea. Concertóse, pues, un pacto y lo selló el juramento de los jefes, a cuyo efecto los de las dos partes se jun­taron en el campo que se extendía entre los ejércitos. Los hijos de Edipo se armaron entonces de todas sus armas; los nobles tebanos aderezaron al soberano de Tebas, mientras los adalides argivos hacían lo propio con el desterrado Plinices. Así se pre­sentaron ambos cubiertos de acero, fuertes y firme la mirada.

¡Recuerda —gritaron a Polinices sus amigos— que Zeus espera de ti un monumento a la victoria en Argos!

A su vez los tebanos animaban a su príncipe Etéocles:

¡Combates por tu ciudad natal y por el cetro; que este doble pensamiento te dé la victoria!

Antes de que comenzase la fatal pelea, los adivinos de ambos ejércitos procedieron a los sacrificios rituales para deducir, de la forma de las llamas, el resultado de la pugna. El agüero, sin embargo, resultó ambiguo, pues parecía anunciar la victoria o la muerte de ambos contendientes. Terminados los sacrificios y situados los dos hermanos en posición de combate, Polinices, levantando las manos en solicitud suplicante y volviendo la cabeza en dirección a la tierra de los argivos, oró:

¡Hera, señora de Argos, de tu tierra tomé yo mujer, en tu tierra vivo; haz que tu ciudadano venza en esta lucha, haz que se tiñan sus derechos con la sangre del adversario!

Del lado opuesto impetraba Etéocles, vuelto hacia el templo de Atenea en Tebas:

¡Oh hija de Zeus, haz que mi lanza, victoriosa, dé en el blanco, el pecho de quien ha venido a devastar mi patria!

En medio de estas palabras resonaron las trompetas, señal de la sangrienta pelea, y los hermanos se lanzaron con salvaje impulso uno contra otro, atacándose como dos jabalíes que se embisten con los colmillos. Silbaron las lanzas al cruzarse, recha­zadas por los escudos; apuntaron luego los venablos a los res­pectivos rostros, a los ojos, pero los bordes de los escudos, hábilmente manejados, pararon también la embestida. Los pro­pios espectadores sentían destilar el sudor a gruesas gotas de sus cuerpos ante el espectáculo del fiero combate. Al fin Etéocles sufrió una distracción: cuando, al disponerse a atacar de lado, puso el pie derecho sobre una piedra que yacía en su camino, alargó la pierna impremeditadamente por debajo del escudo, y Polinices, acercándosele con la jabalina, le atravesó la tibia de parte a parte. Todo el ejército argivo lanzó un grito de júbilo ante aquel golpe, viendo ya en él la definitiva victoria. Pero al recibir la estocada, el herido, que no había perdido la serenidad ni por un instante, viendo descubierto un hombro del adversario, disparóle su venablo, el cual quedó clavado en la carne, pero de modo que se rompió la punta. Entonces fueron los tebanos quienes dejaron oír un ligero grito de alegría. Etéocles se apartó y, cogiendo una piedramármol, de un golpe quebró en dos la lanza de su enemigo. La lucha volvía a estar igualada, ya que los dos se veían privados de sus armas arrojadizas. Empuñando entonces rápidamente las espadas, aprestáronse al duelo cuerpo a cuerpo; escudo chocó contra escudo y entablóse fragoroso com­bate. Acordóse entonces Etéocles de un ardid que aprendiera en tierras de Tesalia: cambiando de pronto su posición, retrocedió apoyándose sobre el pie izquierdo y cubriéndose cuidadosamente el bajo vientre, y adelantando el pie derecho, hirió a su her­mano, que, no habiendo podido prever el cambio de posición del adversario, no tenía resguardada con el escudo la parte infe­rior del tronco, en pleno vientre, encima de las caderas. Abatido por el dolor, inclinóse Polinices y cayó bañado en torrentes de sangre. Etéocles, seguro ya de la victoria, tiró la espada y abalanzóse sobre el moribundo para despojarle, pero aquel movi­miento iUe su perdición, pues Polinices mantenía firme la espada en la mano y, pese al poco aliento que le restaba, tuvo aún la fuerza suficiente para clavarla en el hígado de Etéocles, inclinado sobre él. Desplomóse éste junto al hermano moribundo y de este modo quedó cumplida en ambos la maldición paterna.

Abriéronse las puertas de Tebas, y las mujeres y los criados se precipitaron al exterior para ir a llorar sobre el cadáver de su soberano, mientras Antígona se arrojaba encima de su hermano Polinices para escuchar de sus labios sus postreras palabras. Etéocles se había extinguido antes que su adversario; su pecho exhaló sólo un profundo suspiro y expiró. Pero Polinices respi­raba aún y, volviendo a su hermana los ojos agonizantes, díjole:

—¡Cómo me duele tu suerte, hermana, y también la del hermano muerto, que de amigo se convirtió en mi enemigo! ¡Sólo ahora, al morir, me doy cuenta de lo que le quise! Pero tú, hermana mía, entiérrame en mi patria y reconcilíame con mi enojada ciudad natal; ya que me privó de la soberanía, siquiera me conceda esta gracia. Ciérrame también los ojos con tu mano, pues ya la noche de la muerte extiende sus sombras sobre mí.

Así murió él, también en brazos de su hermana. Pero entonces surgió otra vez la discordia entre ambos bandos. Los tebanos atribuían la victoria a su señor Etéocles, los contrarios sostenían que era de Polinices. La misma disensión existía entre los jefes y los amigos de los caídos. «¡Polinices dio la primera lan­zada!», decíase aquí. «¡Pero fue el primero en caer!», oíase del lado opuesto. Estas disputas llevaron a empuñar de nuevo las armas. Por fortuna las filas de los tebanos se habían organizado y pertrechado mientras duró el duelo; en cambio, los argivos ha­bían depuesto las armas y, seguros de la victoria, se habían limi­tado a contemplar el combate sin otra preocupación. Así, los tebanos se lanzaron contra los argivos antes de que éstos tuvieran tiempo de apercibirse. No encontraron resistencia; los inermes adversarios llenaban la llanura en fuga desordenada, y la sangre fluía a torrentes, pues los venablos derribaban a centenares de los fugitivos.

En el curso de aquella fuga de los argivos ocurrió que el héroe tebano Periclímeno persiguió hasta la orilla del río Ismeno al adivino Anfiarao. Llegado allí, el agua detuvo al fugitivo, con su caballo y el carro, y el tebano venía pisándole los talones. Desesperado, el augur ordenó a su auriga que lanzase los corceles al río y tratara de salvar el profundo vado, pero antes de entrar en el lecho, su enemigo había alcanzado la orilla y su lanza le apuntaba al cuello, entonces Zeus, no permitiendo que su vate sucumbiese en una fuga deshonrosa, envió un rayo que abrió el suelo en una negra caverna y que tragó los caballos, que trataban de escapar, junto con el carro, el profeta y sus compañeros.

Pronto quedaron limpios de enemigos los alrededores de Tebas. También habían caído el osado héroe Hipomedonte y el poderoso Tideo. De todas partes traían los tebanos escudos arrebatados a los fugitivos injertos y otros trofeos, entrándolos triunfantes a la ciudad.

La resolución de Creonte

Se pasó luego a dar sepultura a los muertos. Desaparecidos los dos hermanos, la dignidad real de Tebas fue asumida por su tío Creonte, el cual hubo de tomar las disposiciones necesarias para el entierro de sus dos sobrinos. Inmediatamente ordenó que se tributasen honores reales y se inhumase con la máxima pompa y solemnidad a Etéocles, caído defendiendo la ciudad, y todos los habitantes asisitieron a a fúnebre ceremonia, mientras el cuerpo de Polinices quedaba insepulto y privado de toda clase de honores. Entonces Creonte mandó pregonar por toda la capital que el enemigo de la patria, tenido con el propósito de destruir la ciudad por el fuego, saciarse en la sangre de los suyos, expul­sar a los propios dioses locales y reducir a la esclavitud a los sobrevivientes, este enemigo no debía ser llorado ni enterrado, sino que su cadáver maldito se abandonaría para que fuese pasto de las aves y los perros. Al propio tiempo ordenó a los ciudadanos que vigilasen el cumplimiento de aquel mandato dictado por el soberano; además, colocó vigilantes junto al cadáver, con la misión de que nadie tratase de robarlo o enterrarlo. El castigo de quien lo hiciera sería inexorablemente la muerte: se le lapi­daría en plena ciudad.

Antígona, la piadosa hermana, había oído también la terrible sentencia; pero la muchacha no había olvidado la promesa hecha al moribundo. Con el corazón oprimido se dirigió a Ismene, su hermana menor, y trató de persuadirle a que entre las dos se aventurasen a intentar sustraer el cadáver de Polinices a sus enemigos. Pero Ismene era una muchacha débil, incapaz de aquella heroicidad.

—Hermana —le díjo llorando—, ¿has olvidado el triste fin de nuestro padre y nuestra madre, se ha borrado de tu memoria la prematura muerte de nuestros hermanos, que quieres ahora atraer sobre nosotras, las únicas que quedamos, una muerte igualmente trágica?

Antígona se alejó con frialdad de su timorata hermana:

—No quiero que me ayudes —le díjo—; yo sola voy a dar sepultura a nuestro hermano. Cuando lo haya hecho moriré gustosa y reposaré al lado de quien tanto quise en vida.

Poco más tarde uno de los guardianes, abatido y con vacilante paso, se presentaba al rey Creonte:

—El cadáver que nos ordenaste vigilar, ha sido enterrado —dijo al Monarca—, y el autor, desconocido, ha escapado. No sabemos tampoco cómo ha ocurrido el hecho; cuando el primer vigilante del día nos lo mostró, ninguno de nosotros pudo explicárselo. Sólo una tenue capa de volvo cubría el muerto; única­mente lo preciso para que un entierro sea válido ante los dioses del Averno. No había señales ni de un golpe de pico ni de una paleta, ni huellas de carro en el suelo. Los guardianes comenzamos a discutir sobre el caso, cada uno culpaba al otro y al fin pasamos a las manos. Luego nos pusimos de acuerdo sobre la conveniencia de comunicarte el hecho en seguida, ¡oh Rey!, y a mí me cupo en suerte la desagradable embajada.

A esta noticia Creonte montó en ira, y amenazó a todos los guardianes con mandar ahorcarlos si no le entregaban inmediatamente a los autores. Por orden suya los vigilantes hubieron de quitar toda la tierra que cubría el cadáver y seguir montando la guardia a su lado. Y así se estuvieron desde la madru­gada hasta mediodía, bajo un sol ardoroso; pero de pronto se produjo una tormenta, con remolinos de polvo. Los guardianes estaban aún suspensos acerca de aquel signo inesperado, cuando vieron acercarse una doncella quejándose dolorosamente, como el ave que ha encontrado el nido vacío. Llevaba en la mano una vasija de bronce y, aproximándose con cautela al cadáver —pues los guardianes estaban sentados a considerable distancia, en una colina, para sustraerse al hedor de aquel cuerpo que llevaba ya mucho tiempo insepulto—, derramó sobre él una triple libación. Los vigilantes no titubearon ya y, acudiendo a toda prisa, apresaron y condujeron ante el airado Monarca a la muchacha cogida en flagrante.

Antígona y Creonte

Creonte reconoció en la infractora a su sobrina Antígona.

—Insensata —exclamó, increpándola—, ya que bajas la frente al suelo, ¿confiesas o niegas esta acción?

—La confieso —replicó la doncella, irguiendo la cabeza.

—¿Conocías —siguió preguntando el Rey— la ley que sin recato violaste?

—La conocía —replicó Antígona con voz firme y tranquila—, pero esta ley no proviene de ninguno de los dioses inmortales. También conozco otras, que no son de ayer ni de hoy, que tienen valor eterno y de las cuales nadie sabe la procedencia. Ningún mortal puede infringirlas sin atraer sobre sí la cólera de los dioses y es una ley de esta clase la que me ha ordenado que no dejase insepulto al hijo muerto de la madre. Si este proceder te parece insensato, quizá sea un ko el que me acusa de locura.

—¿Piensas —dijo Creonte, más exasperado aún por la réplica de la muchacha— que tu terquedad no puede doblegarse? Hasta el acero más duro se rompe alguna vez Quien está en poder de otro no debe obstinarse.

A lo cual contestó Antígona:

—No puedes hacerme mayor mal que quitarme la vida. ¿Para qué demorarlo? Mi nombre no cobrar; vilipendio por el hecho de mi muerte. Sé también que es sólo ;1 miedo lo que cierra la boca a todos tus súbditos y que, en el fondo de sus corazones, todos aprueban mi acción, pues amar al hermano es el primer deber de la hermana.

—¡Vete, pues, al Hades —gritó el Fey, cada vez más exasperado?, y si has de amar a alguien, ama a los muertos!

Y ya se disponía a ordenar a los criados que se la llevasen cuando Ismene, que había oído cuál iba a ser la suerte de su hermana, se precipitó en la cámara. Lubiérase dicho que nada quedaba ya en ella de su femenina debilidad y de su temor a los hombres, Animosa, presentóse ante el cruel tío y, declarando que conocía los proyectos de Antígona, pidió que se la enviase a la muerte con ella. Al propio tiempo recordó el Rey que Antígona no era solamente la hija de su hermana, sino también la novia prometida de su único hijo Hemón, por lo que al ejecutarla inmolaría al propio tiempo a la esposa de su hijo. En vez de contestar. Creonte mandó que se las llevasen a las dos, y los esbirros las condujeron presas al interior del palacio.

Hemón y Antígona

Cuando Creonte vio acudir precipitadamente a su hijo, no pensó otra cosa sino que la sentencia recaída contra su novia habría sublevado a aquél contra su padre. Sin embargo, Hemón respondió a sus recelosas preguntas con palabras llenas de filial respeto, y sólo cuando el mozo hubo persuadido de su leal apego a su progenitor, se atrevió a abogar por su prometida.

—Tú no sabes, padre —le dijo—, lo que habla el pueblo, lo que encuentra censurable. Tu mirada asusta a todos los ciudadanos y les impide decir cualquier cos¡a que haya de ser ingrata a tu oído; a mí, en cambio, me resulta posible oírlo todo desde la penumbra. Así permíteme que te diga que la ciudad en­tera se compadece de esa muchacha, cuya acción es de todos ensalzada como merecedora de eterna fama; que nadie piensa que ella, la hermana piadosa, haya merecido la muerte en pago de haber impedido que su hermano fuera pasto de aves y perros. Por lo tanto, padre querido, cede a la voz del pueblo; haz como aquellos árboles que, plantados al borde del torrente impetuoso, no se oponen a su paso, sino que, cediendo a la fuerza del agua, se mantienen incólumes, mientras aquellos otros que se empeñan en resistirse a ella, son arrancados de raíz por las olas.

—¿Quiere el rapaz darme lecciones? —exclamó Creonte en tono despectivo?. ¡Diríase que se hace campeón de la mujer!

—¡Sí, si es que tú eres una mujer —replicó el joven rápida y vivamente—, pues sólo por tu bien he dicho todo eso!

—Bien veo —dijo el padre, indignado— que tu ciego amor por la culpable te ofusca los sentidos; pero, viva, no la vas a poseer. Pues sábelo: su cuerpo será sepultado en vida en una fosa cerrada, lejos, donde jamás resuenen las pisadas de los hom­bres. Se le suministrará muy pocos alimentos; sólo los necesarios para preservar a la ciudad de la censura de una ejecución inmediata. Que pida al dios del Hades, el único al que honra, que venga a liberarla; demasiado tarde se dará cuenta de que es más prudente obedecer a los vivos que a los muertos.

Dichas estas palabras, Creonte se alejó irritado de su hijo, y pronto se efectuaron todos los preparativos para cumplir la horrible sentencia del tirano. Antígona fue conducida públicamente a la abovedada tumba que la esperaba, a la cual entró ella, impávida, invocando a los dioses y a las personas amadas con quienes iba a reunirse.

El cadáver del caído Polinices seguía pudriéndose en el lugar donde había sido abandonado, y aves y perros nutríanse de él, ofreciendo a la ciudad un bochornoso espectáculo al llevar los restos de un lado para otro. Entonces se presentó ante el rey Creonte el anciano vidente Tiresias, como lo hiciera antaño ante Edipo, y le anunció la proximidad de una desgracia, anunciada por el vuelo de las aves y el examen de los animales sacrificados. Había percibido un graznar de mal agüero emitido por los cuervos sacios, y en el altar la víctima propiciatoria se había quemado entre un denso humo en lugar de arder con clara llama.

—Es evidente que los dioses están irritados —dijo, terminando su relato— por el mal trato dado al hijo del Rey. No seas, pues, obstinado, Monarca; cede ante el muerto; no exhibas cuerpos insepultos. ¿Qué gloria hay en volver a matar a un muerto? Desiste; te lo aconsejo por el bien que te quiero.

Pero Creonte, como antaño Edipo, despidió al adivino con ofensivas palabras, tratándolo de codicioso y de embustero, al oír lo cual el profeta, bullendo de indignación, descorrió sin piedad ante los ojos del Rey el velo que le ocultaba el porvenir.

—Sabe —le dijo— que no se pondrá el sol antes de que con tu propia sangre hayas pagado dos cadáveres con uno. Cometes un doble crimen al retener a un muerto que pertenece al Hades y a una viva que es del mundo de a luz. ¡Llévame de aquí sin tardar, muchacho! Abandonemos a ese hombre a su desgracia.

Y, cogiendo la mano de su lazarillo se alejó apoyado en el báculo.

El castigo de Creonte

Con un estremecimiento vio el Rey marcharse al irritado profeta. Convocando a los más ancianos de la ciudad, preguntóles qué procedía hacer.

—Saca a la doncella de la caverna y da sepultura al cuerpo abandonado del joven— fue el unánime consejo.

Muy difícil se le hacía ceder al inflexible Monarca. Pero su ánimo vacilaba. Por fin, angustiado, se aninó a adoptar la única salida capaz de evitar la ruina de su casa que le anunciara el adivino. Él mismo, con los criados y su séquito, se personó primero en el campo donde yacía el cuerpe de Polinices y después en la tumba donde se hallaba encerraca Antígona, quedando sola en palacio su esposa Eurídice. Ésta no tardó en oír en la calle fuertes quejas y gemidos, y cuando, impelida por un griterío cada vez mayor, saliendo de sus aposentos, llegó al vestíbulo del palacio, acercósele un mensajero que había guiado a su es­poso al alto descampado donde el cuerpo de su sobrino, lastimosamente despedazado, seguía aún insepulto.

—Rogamos a los dioses del Hades —contóle el emisario—, bañamos al muerto en agua sagrada y después quemamos los restos de su deplorable cadáver. Cuando ya le hubimos levantado un tumulto con tierra patria, nos dirigimos a la bóveda de piedra donde descendiera la doncella para terminar allí su vida, víctima del hambre. Pero un criado que se había adelantado, oyó ya de lejos unas sonoras y lastimeras voces que llegaban de la puerta del horrible recinto sepulcral y retrocedió para ir a comunicarlo a su amo. También el oído de éste había captado las sombrías lamentaciones y reconocido en ellas la voz del hijo. Los criados corrimos, obedeciendo sus órdenes, a mirar por entre las grietas de las rocas. En lo más hondo de la cueva vimos a la doncella colgando del lazo de su velo, ya muerta, y delante de ella, abrazado a su cuerpo, a tu hijo Hemón, que, con horribles exclamaciones, lloraba a su robada novia y maldecía la maldad de su padre. Entretanto había llegado éste al borde de la caverna y, gimiendo lúgubremente, penetró por la abierta puerta. «Hijo desdichado —exclamó—, ¿qué has hecho? ¿Qué amenaza se encierra en tu mirada extraviada? ¡Ven a tu padre! ¡Sal, te lo suplico de rodillas!». Pero el muchacho, clavando en> él una mirada de desesperación, sin responder sacó del cinto su espada de doble filo. El padre entonces precipitóse al exterior de; la bóveda, esquivando el golpe, y el desventurado Hemón, inclimándose sobre el acero, se lo hundió en el costado. Al caer, su brazo sujetaba aún fuertemente el cuerpo de su desposada, y ahora yace allí abrazado a ella, muerto en la sepultura.

Eurídice escuchó en silencio aquella embajada y retiróse luego sin pronunciar palabra, buena o mala. El Rey regresó desesperado a palacio, deshecho en lamentaciones, seguido de los criados que transportaban el cadáver de su hijo. Pero ya salía a recibirle la noticia de que su esposa yacía inánime en el interior de la mansión, bañada en sangre, atravesado el corazón por una espada.

Inhumación de los héroes argivos

De toda la descendencia de Edipo no quedaba ya, aparte dos hijos de los hermanos caídos, más que Ismene. De ésta nada dice la leyenda, sino que murió soltera y sin hijos, extinguiéndose con ella aquella raza desventurada. De los siete héroes que tomaron parte en la expedición contra Tebas sólo escapó al malhadado asalto y a la última batalla el rey Adrasto, salvado por la alada fuga de su inmortal corcel negro Arión, de divino origen. Llegado felizmente a Atenas, refugióse en calidad de suplicante en el altar de la Piedad y, con un ramo de olivo en la mano, conjuró a los atenienses a que le ayudasen a dar honrosa sepultura a los héroes y ciudadanos caídos ante las puer­tas de Tebas. Los atenienses, accediendo a su ruego, salieron con él a la campaña, al mando de Teseo. y los tebanos se vieron forzados a permitir la inhumación. Adrasto erigió para los cadá­veres de los siete héroes caídos otras tantas gigantescas piras y celebró junto al Asopo unas carreras en honor de Apolo. Al encenderse la pira de Capaneo, su esposa Evadne, hija de Iris, se arrojó a ella y se consumió con el cuerpo de su marido. No pudo encontrarse, para sepultarlo, el cadáver de Anfiarao, que la tierra se había tragado, y al Rey le dolía no poder tributar a su amigo los honores postreros.

—Echo en falta —dijo— al ojo de mi ejército, al hombre que era a la vez el vidente más seguro y el combatiente más valeroso—. Una vez estuvo terminada la solemne ceremonia funeraria, Adrasto levantó frente a Tebas un templo a Némesis o la Venganza y, con sus aliados atenienses, se retiró de aquel país.

Los Epígonos

Diez años después, los hijos de los héroes caídos ante Tebas, llamados Epígonos o descendientes, resolvieron emprender una nueva campaña contra aquella ciudad para vengar la muerte de sus padres. Eran ocho: Alcmeón y Anfíloco, hijos de Anfiarao; Egialeo, hijo de Adrasto; Diomedes, hijo de Tideo; Prómaco, hijo de Partenopeo; Esténelo, hijo de Capaneo; Tersandro, de Polinices, y Euríalo, de Mecisteo. Ascióse también a ellos el viejo Adrasto, el único superviviente de la expedición de los padres; pero no asumió el mando supremo, sino que lo cedió a un héroe más joven y vigoroso. Los onfederados consultaron al oráculo de Apolo a quién debían eegir para caudillo, y el dios les indicó a Alcmeón, hijo de Anfiaao. Éste fue, pues, designado general en jefe. Sin embargo, Almeón no estaba seguro de tener derecho a aceptar el cargo ante de haber vengado a su padre; por eso, volviendo al templo del dios, preguntó al oráculo. Respondióle Apolo que debía realizar ambas cosas.

Hasta entonces su madre Erifile no solo había estado en posesión del fatídico collar, sino que tamlién había sabido adue­ñarse del velo, el segundo fatal presente de Afrodita. Tersandro, el hijo de Polinices, que lo poseía por derecho de herencia, se lo había regalado, de igual modo que su padre le regalara en otro tiempo el collar, sobornándola con él pira que convenciese a su hijo Alcmeón a que participara en la campaña contra Tebas.

Atendiendo a la sentencia del oráculo, Alcmeón aceptó el mando supremo, dejando la venganza para el regreso. Traía de Argos no solamente un considerable ejército, sino también muchos belicosos guerreros de las ciudades vecinas que se le habían unido, con lo que avanzaba contra las puertas de Tebas al frente de una imponente fuerza militar. Renovaron allí los hijos la tenaz lucha que diez años antes libraran los padres; pero aquéllos fueron más felices que éstos, y la victoria se decidió en favor de Alcmeón. En el ardor de la batalla cayó uno de los epígonos, Egialeo, hijo del rey Adrasto, muerto a ma­nos del jefe de los tebanos Laódamas, hijo de Etéocles; pero éste, a su vez, cayó bajo los golpes de Alcmeón, jefe de los epígonos! Ante la pérdida de su general y de numerosos ciudadanos, los tebanos abandonaron el campo de batalla y se refugiaron detrás de sus murallas, pidiendo consejo al ciego Tiresias, el profeta, quién, más que centenario, seguía viviendo en Tebas.

Aconsejóles el anciano, como único medio de salvación, abandonar la ciudad, al mismo tiempo que enviaban a los argivos un parlamentario con proposiciones de paz. Aceptando el dictamen, despacharon a un emisario, y mientras éste entretenía a los adversarios, ellos, cargando a sus niños y mujeres en carros, huyeron de Tebas. En la oscuridad de la noche llegaron a una ciudad de Beocia, llamada Tilfusion. El ciego Tiresias, que figuraba entre los fugitivos, bebió agua fría, de la fuente de Tilfusa, que fluía en las cercanías, y murió. El sabio adivino se distinguió hasta en el Hades. No vagaba allí de um lado para otro aturdido como otras sombras, pues había podidlo guardar su claro sentido y su virtud profética. Su hija Manto no había huido; había permanecido en Tebas, y cayó en poder de los conquistadores cuando ocuparon la abandonada ciudad. Habían éstos formulado un voto: consagrar a Apolo lo mejor del botín que encontrasen en Tebas, y juzgaron que nada podía ser tan agradable al dios como la profetisa Manto, que había heredado de su padre aquel don divino y no en bajo grado. Así los epígonos la condujeron a Delfos y la consagraron al dios como sacerdotisa. Hízose cada vez más perfecta en sabiduría y en el arte de la predicción, y no tardó en ser considerada como la profetisa más famosa de su época. Con frecuencia podía verse junto a ella a un anciano a quien enseñaba magníficas canciones que no tardaron en resonar por toda Grecia: era el meonio Homero.

Alcmeón y el collar

De vuelta de Tebas, Alcmeón pensó en realizar la segunda parte del fallo del oráculo, vengándose de su madre, la cau­sante de la muerte de su padre. Su resentimiento contra ella había crecido de punto al saber, a su regreso, que Enfile había aceptado regalos por traicionarle también a él. Creyendo que no debía seguir teniendo miramientos con ella, acometióla con la espada y la mató. Cogiendo luego el collar y el velo, abandonó la casa paterna, convertida para él en una pesadilla. Pero aun cuando el oráculo le había ordenado que vengase a su padre, no por ello dejaba el matricidio de ser un crimen contra natura que los dioses no podían dejar impune. Así fue desatada una Furia en persecución de Alcmeón, que fue castigado con la locura. En este estado llegó primeramente a Arcadia y se presentó al rey Oicleo. Pero como la Furia no lo dejaba en paz ni un momento, hubo de seguir su vida errante. Por fin encontró un refugio en Psofis, Arcadia, en casa del rey Fegeo. Éste le absolvió y le dio por esposa a su hija
Arsinoe, con la que pasaron a su posesión los fatales presentes: el collar y el velo. Si bien Alcmeón se había curado de la locura, con todo la maldición continuaba pesando sobre su cabeza, y el país de su suegro se vio, por causa de su presencia, atacado de esterilidad. Alcmeón consultó el oráculo, que le despachó con un fallo desconsolador; encontraría la paz cuando llegase a una tierra que no exis­tiera aún en el momento del asesinato de su madre. Pues Erifile. al morir, había maldecido todas las tierras que acogieran al matricida.

Alcmeón, perdida toda esperanza, aandonó a su esposa y a su hijito Clitio y se marchó a vagar pr el ancho mundo. Al cabo de largo tiempo de caminar sin ruibo, encontró finalmente lo que le prometiera el oráculo. llegado al río Aqueloo, dio allí con una isla que se había formado recentemente; establecióse en ella y se sintió libre de sus cuitas. Ms la liberación del ana­tema y su recobrada felicidad volviero. su corazón insolente; olvidándose de su primera esposa Arsíne y de su tierno hijo, casó con la hermosa Calírroe, hija de diosrío Aqueloo, que muy pronto le dio dos hijos uno tras oto, Acaman y Anfótero. Como fuera, sin embargo, que por doquier perseguía a Alcmeón la fama de las inapreciables joyas que, según general creencia, tenía en su posesión, también su joven esposa le pidió muy pronto el collar y el velo. Pero Alcmeón, en su huida, había dejado aquellos tesoros en poder de su primera esposa, y la nue­va nada debía saber de aquel anterior natrimonio; así inventó un lugar lejano donde, según dijo, había dejado guardadas aquellas joyas y se declaró presto a ir en si busca. Volvió, pues, a Psofis y, presentándose a su primer suegro y a su repudiada esposa, disculpóse de su alejamiento, achacándolo a un resto de enajenación mental que le había impelido a marcharse y que aún le perseguía.

—Para verme libre de la maldición y regresar a vuestro lado —dijo el muy falso—, se me ha predicho que hay un solo medio: que lleve el collar y el velo que te regalé al dios de Delfos como ofrenda.

Sus falaces palabras engañaron a Fegeo y su hija, quienes le dieron las joyas, Alcmeón se marchó alegremente con el producto de su robo; no sospechaba que aquellos fatales objetos habrían de ocasionar al fin su ruina. Uno de sus criados, conocedor del secreto, había revelado al rey Fegeo que Alcmeón tenía otra esposa y se llevaba los atavíos para dárselos a ella. Salieron a su alcance los hermanos de la mujer abandonada, le prepararon una emboscada y le dieron muerte cuando avanzaba despreve­nido. Luego se volvieron a restituir a su hermana el collar y el velo, jactándose de la venganza que en su nombre habían tomado; pero Arsinoe, que amaba a Alcmeón a pesar de su infidelidad maldijo a sus hermanos al enterarse de aquella muerte. Los fatídicos regalos iban a producir ahora sus perniciosos efectos en Arsinoe. Los irritados hermanos pensaron que todo castigo sería poco para la ingratitud de la joven, por lo que, prendién­dola, la encerraron en una caja y la llevaron a Tégea, al rey Agapenor, amigo suyo, acusándola falsamiente de haber asesinado a Alcmeón. Y así sucumbió ella de una muerte miserable.

Entretanto Calírroe había sabido la muerte lamentable de su esposo Alcmeón, y, a la vez que el dolor rmás profundo, agitábale el deseo de una rápida venganza. Con el rostro pegado al suelo, rogó a Zeus que, haciendo un milagro, cconvirtiese de pronto en hombres viriles a sus dos hijitos Acaman y Anfótero, para que pudiesen castigar la inmolación de su padre. Siendo Calírroe inocente, Zeus escuchó su plegaria, y los niños, que se habían acostado en edad infantil, despertaron transformados en hombres barbudos, llenos de vigor y sed de venganza. Partieron, dirigiéndose ante todo a Tégea, donde su llegada coincidió con la de los hijos de Fegeo, Prónoo y Agenor, que conducían los restos de su desgraciada hermana Arsínoe y se disponían a rendir viaje a Delfos para depositar como ofrenda en el templo de Apolo los fatídicos atavíos de Afrodita. Ignoraban a quiénes tenían delante cuando se les presentaron los barbudos jóvenes con el propósito de vengar a su padre, y cayeron muertos antes de que pudiesen enterarse del motivo de la agresión. Los hijos de Alcmeón se justificaron ante Agapenor contándole la verdad de lo sucedido; luego, encaminándose a Psofis, en Arcadia, irrumpieron en el palacio y dieron muerte al rey Fegeo y a su esposa. Perseguidos y salvados, fueron a dar cuenta a su madre de que la venganza había sido cumplida; después se dirigieron a Delfos, siguiendo el consejo de su abuelo Aqueloo, y depositaron el velo y el collar en el templo de Apolo como ofrenda. Realizado este acto, extin­guióse la maldición que pesaba sobre la casa de Anfiarao, y sus nietos Acaman y Anfótero, atrayendo colonos al Epiro, fundaron Acarnania. Clitio, el hijo de Alcmeón y Arsínoe, después del asesinato de su padre había abandonado, horrorizado, a los pa­rientes maternos, y buscó un refugio en Elida.



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