Tantalidas

Ifigenia en Táuride se dispone a sacrificar a su hermano Orestes y a Pílades. (Relieve, Villa Albani, Roma)

Orestes y las Euménides

Al cumplir Orestes el deber de vengador de su padre en las personas de su madre y su rival, había ejecutado la voluntad de los dioses, pues un oráculo del propio Apolo le había ordenado hacer lo que hizo. Pero la piedad por su padre le había conver­tido en asesino de su madre. Después de cometida la acción, des­pertóse en su pecho el amor filial; el crimen contra naturaleza, instigado por otro deber natural, que en su horrible lucha de sentimientos contrapuestos acaba de cometer, entrególe a las vengadoras de esos delitos, las Erinas o Furias, a quienes los grie­gos, por temor, daban también el nombre de Euménides, es decir, «las piadosas». Hijas de la noche y negras como ella, de es­pantosa figura, de talla sobrehumana, con los ojos inyectados de sangre, serpientes por cabellos, llevando la antorcha en una mano y el látigo trenzado con serpientes en la otra, perseguían al matricida en todo momento, y pusieron en su corazón el roe­dor remordimiento y el arrepentimiento torturador.

Inmediatamente después de consumado el hecho, las Euménides lo arrojaron del escenario de su crimen y, como fugitivo enajenado, abandonó las hermanas que acababa de recuperar, la casa paterna, Micenas y la patria. En su tribulación no lo abandonó su fiel amigo Pílades, a quien él, en un momento de lucidez, había prometido con su hermana Electra. Pílades, en vez de regresar a su país y a la casa de su padre Estrofio, compartió todas las peregrinaciones de su demente amigo. Aparte esta alma leal, ningún otro humano apoyo encontró Orestes en su miseria; pero el dios que le había ordenado realizar aquel acto de venganza, Apolo, seguía a su lado, ora visible, ora invisible, y siquiera mantenía alejadas del cuerpo del perseguido a las Erinias, que lo acosaban sin descanso.

Así llegaron los fugitivos, al cabo de largo vagar, a la región de Delfos, y Orestes encontró un refugio momentáneo en el pro­pio templo de Apolo, cuyo acceso estaba vedado a las Furias. El dios acudió a consolarlo cuando él se tendió a descansar en el suelo del santuario, agotado por la fatiga y el remordimiento, y apoyado por su amigo Pílades. Apolo infundióle esperanza y va­lor con estas palabras:

—¡Desdichado, ten confianza!, yo no te abandonaré; de cerca o de lejos velo por ti y nunca cederé ante tus enemigas. Mira ahora a esas viejas despiadadas, cuya proximidad temen los dioses, los humanos e incluso los animales, y que tienen su morada en lo profundo de las tinieblas del Tártaro, yacen fuera de mi templo, domadas por mí con un sueño de plomo. Sin embargo, no te fíes de su sopor, no durará mucho, puesto que mi poder sobre esas viejas diosas es de breve duración. Huye, no te descuides; pero no vagues más sin objetivo. Dirige tus pasos hacia Atenas, la venerable y antigua ciudad de mi hermana Palas Atenea. Yo cuidaré de que encuentres allí un tribunal justiciero ante el cual puedas elevar la voz en defensa de tu causa. No has de abrigar ningún temor. Ahora yo me separo de ti, pero mi hermano Hermes velará y cuidará de que ningún daño le ocurra a mi protegido.

Tales fueron las palabras de Apolo; pero aún antes de que Orestes saliera de su templo, la sombra de Clitemnestra se presentaba ante las almas de las dormidas diosas de la expiación y les susurraba airadas reconvenciones:

—¿Está bien que durmáis? ¿Así ma habéis abandonado, y tendré que seguir errando sin venganza por el mundo de las tinieblas? Después de sufrir una suerte tan horrible, por obra de^ los que más quería, no hay ni un dios que se indigne por mí, degollada por manos matricidas. ¿No habéis lamido mis liba­ciones, vertidas por mi mano? ¿No os he ofrecido banquetes nocturnos, que ningún dios ha compartido? Y ahora todo eso lo pisoteáis y dejáis escapar vuestra presa, como un ciervo que escapa de la red. Oídme, diosas subterráneas: Soy Clitemnestra, que os hice jurar vengarme y que ahora me mezclo en vuestro sueño para recordaros vuestro juramento.

Las negras diosas no pudieron librarse tan pronto del sueño mágico en que se hallaban sumidas; siguieron durmiendo pro­fundamente y roncando. Pero al fin lograron despertarlas las fuertes voces de la sombre que resonaban en medio de su letargo.

—Orestes, el matricida, se os escapa.

Una despertó a las otras y, saltando las tres del lecho como bestias salvajes, precipitáronse sin temor en el recinto del templo de Apolo, del que cruzaron el umbral.

¡Hijo de Zeus —gritaron al dios—, eres un ladrón! Pisoteas a las viejas diosas, hijas de la noche; te atreves a robarnos a ese impío matricida; nos lo has robado y pretendes ser un dios. ¿Es esto justicia entre los dioses?

Apolo, por su parte, expulsó de su resplandeciente santuario a las diosas nocturnas con vivos denuestos:

¡Fuera de esta puerta, hembras pavorosas! Vuestro lugar está en las guaridas de los leones, donde se bebe sangre, esbirros del Destino, y no en la mansión pura y sagrada de un oráculo.

En vano invocaron las diosas de la expiación su derecho y su oficio; Apolo declaró que tomaba bajo su protección al perseguido porque había obrado por mandato suyo como hijo pia­doso de su padre Agamenón, y arrojó a las Euménides del umbral de su templo de manera tan airada, que ellas, temiendo el poder del dios, huyeron volando de aquel lugar.

Luego confió a Orestes y a su amigo a la custodia de Hermes, el dios que tiene a su cargo la protección de los viandantes, y se volvió al Olimpo. Los dos amigos, siguiendo las órdenes de Febo, tomaron el camino de Atenas, seguidos a distancia de las Erinias, que no osaban acercarse a ellos por temor al áureo caduceo del emisario de los dioses. Sin embargo, poco a poco fueron cobrando audacia, y cuando los dos amigos llegaron felizmente a la ciudad de Palas Atenea, todo el tropel de las Furias venía pisándoles los talones. Apenas Orestes y Pílades hubieron fran­queado la entrada del templo de Atenea, el horrible coro se precipitó al interior por sus abiertas puertas.

Orestes se había postrado a los pies de la estatua de la diosa y, extendiendo los brazos hacia ella en actitud suplicante, la invocó con toda la emoción de que su alma era capaz:

—Soberana Atenea, vengo a ti cumpliendo una orden de Apolo. Acoge misericordiosamente a este maldito. Mis manos no se han mancillado con sangre inocente; estoy cansado de tener que huir injustamente y de suplicar en hogares extraños. Atrave­sando ciudades y desiertos he venido hasta aquí en obediencia al oráculo de tu hermano y aquí me tienes arrodillado en tu templo, ante tu imagen, en espera de tu sentencia, ¡oh diosa excelsa!

A su vez el coro de las Erinias, que llegaba tras él, elevó sus voces gritando:

—¡Venimos en tu busca, asesino! Como el perro al zorro he­rido hemos venido siguiendo tus pasos, que destilan sangre. ¡No hallarás ningún asilo, matricida! Sorberemos de tus miembros tu roja sangre y luego nos llevaremos al Tártaro tu pálida som­bra. Ni el poder de Apolo ni el de Atenea serán bastante a li­brarte del eterno tormento. Eres mi presa, criada para mí, destinada a mi altar. Vamos, hermanas, hagámosle bailar en nuestro corro y encendamos nueva locura con nuestros cantos en su alma adormecida.

Y ya se disponían a entonar su horrible canción, cuando de repente un resplandor sobrenatural iluminó el templo, desaparecieron las imágenes y se presentó en su lugar la diosa Atenea en persona. La diosa fijó gravemente sus ojos azules sobre aquella multitud que llenaba el santuario. Abrió luego la boca inmortal para dar paso a estas divinas palabras:

—¿Quiénes son éstos que se han agolpado en mi templo mien­tras yo estaba junto al Escamandro, tomando posesión de la tierra que me han asignado los caudillos griegos y del botín que los piadosos hijos de Teseo me dejaron allí como ofrenda? ¿Qué son esos extraños visitantes que han penetrado en mi san­tuario? Un extranjero está abrazado a mi altar, y unas mujeres que en nada se parecen a las mortales se agrupan detrás de él en actitud amenazadora. Hablad, ¿quiénes sois y qué queréis?

Orestes, mudo de terror y tembloroso, seguía en el suelo; en cambio, las Erinias, que continuaban intrépidas a poca distancia de él, tomaron la palabra:

—Hija de Zeus —dijeron—, vas a oirlo todo de nuestra boca sin rodeos. Somos las hijas de la negra noche; allá abajo, en los infiernos, nos llaman las Furias.

—Bien conozco vuestra raza —dijo Atenea—, y vuestra fama ha llegado con frecuencia hasta mí. Sois las vengadoras del perjurio y del parricidio; ¿qué puede haberos traído a mi santuario?

—Este hombre que, postrado a tus pies, está profanando tu altar con su presencia —respondieron ellas—, ha dado muerte a su propia madre. Juzga tú misma; nosotras nos someteremos a tu fallo, pues sabemos que eres una diosa severa y justa.

—Puesto que me conferís la función de juez —contestó Palas Atenea—, habla tú primero, extranjero. ¿Qué aduces en contra de las acusaciones de estas moradoras del Hades? Dime primero cuál es tu patria y tu estirpe; dime después cuál ha sido tu des­tino y justifícate del crimen de que te acusan. Te lo permito porque te veo aquí arrodillado ante mi altar, que tienes abrazado humildemente como suplicante. Pero responde bien a todas mis preguntas.

Sólo entonces se atrevió Orestes a levantar los ojos del suelo e, incorporándose, aunque arrodillado ante la diosa, dijo:

—¡Soberana Atenea! Ante todo debo librarte de todo cuidado por tu santuario. Yo no he cometido ningún crimen inexpiable ; no abrazo tu altar con manos mancilladas. Nací en Argos, y tú bien conoces a mi padre. Fue el príncipe Agamenón, gene­ralísimo de la flota griega ante Troya, con la que tú misma des­truíste la magnífica fortaleza de Ilion. Este príncipe, de vuelta a su casa, no murió de muerte digna; mi madre, que vivía con un hombre extraño, le tendió una traidora celada y lo asesinó; el baño fue testigo de su muerte. Yo, que desde entonces vivía en el destierro, volví a mi patria al cabo de largos años y vengué a mi padre; no niego que para vengar a mi padre querido maté a mi madre. Y a cometer esta acción me incitó tu propio hermano Apolo, cuyo oráculo amenazóme con grandes tormentos si no castigaba el asesinato de Agamenón. Ahora juzga tú, ¡ oh diosa!, si obré bien o mal. ¡Me someto a tu sentencia!

La diosa permaneció un rato pensativa, en silencio; luego dijo:

—La cuestión a juzgar es tan oscura que un tribunal hu­mano no la dilucidaría. Aun cuando voy a designar jueces mortales para el caso, es conveniente que os dirijáis con vuestro pleito a una inmortal. Yo misma reuniré a los jueces, presidiré la vista en mi templo y decidiré en caso de que el fallo sea indeciso. Mientras tanto, él vivirá en nuestra ciudad bajo mi protección, sin ser molestado. Y vosotras, diosas lúgubres e ine­xorables, no profanéis este suelo sin necesidad con vuestra presencia. Marchaos a vuestra subterránea morada y no volváis a aparecer aquí hasta el día señalado para el juicio. Entretanto, que cada una de las partes reúna testigos y pruebas, y yo elegiré a los hombres más íntegros de esta ciudad que lleva mi nombre y los erigiré en arbitros de este proceso.

Después que la diosa hubo señalado el día en que debería celebrarse el juicio, las dos partes fueron despedidas del templo. Las Erinias obedecieron sin réplica el mandato de Atenea y, abandonando la tierra ateniense, descendieron al Hades, mientras Orestes y su amigo eran recibidos hospitalariamente por los ha­bitantes de la ciudad.

Llegado el día de la vista, un heraldo convocó a los ciudadanos de Atenas que habían sido designados, a una colina que se alzaba frente a la ciudad y estaba consagrada a Ares, por lo que se llamaba el Areópago o Monte de Ares; allí les aguardaba la diosa en persona, junto con las acusadoras y el inculpado. Pero aún había acudido otro tercer personaje que se constituía en abogado del reo: era el dios Apolo. Al verlo las Erinias, asus­tadas, exclamaron con enojo:

—¡Rey Apolo, cuida de tus propios asuntos! Di, ¿qué tienes que hacer en este caso?

—Este hombre —replicó el dios— es mi protegido; se acogió a mi amparo en el templo de Delfos y yo lo purifiqué de la sangre que derramó. Por eso es justo que venga a defenderlo y por eso he venido: de una parte para atestiguar en su favor; de otra, para actuar como su abogado ante el digno tribunal de esta ciudad, reunido por mi celeste hermana Atenea. Pues yo fui quien lo incité a realizar el hecho, presentándole la muerte de su madre como una acción agradable a los dioses.

Al decir estas palabras el dios se acercó todavía más a su protegido. Atenea declaró abierto el juicio e invitó a las Erinias a formular sus acusaciones.

—Lo haremos en pocas palabras —dijo la más vieja, constituyéndose en portavoz de las otras—. ¡Acusado! Responde a todas nuestras preguntas: ¿Diste muerte a tu madre o niegas haberlo hecho?

—No lo niego —contestó Orestes, palideciendo ante la pregunta.

—Siendo así, dinos, ¿cómo lo hiciste? —Traspasándole la garganta con la espada —respondió el acusado.

—¿Por consejo e instigación de quién lo hiciste?

—De éste que está junto a mí —replicó Orestes—; este dios me lo ordenó a través de un oráculo; y él está aquí para atestiguarlo.

A continuación el reo se defendió en un breve discurso dirigido a los jueces, diciendo que no había visto en Clitemnestra a su madre, sino a la asesina de su padre, y Apolo, en función de abogado, pronunció una larga y elocuente defensa. Tampoco las Erinias se quedaron silenciosas; mientras el dios pintó ante el tribunal con negros colores el asesinato del esposo, ellas se esfor­zaron en poner de relieve el delito del matricida. Al terminar dijo la vieja:

—Ahora hemos enviado todas las flechas de la aljaba; aguar­daremos tranquilamente el fallo de los jueces.

Atenea mandó distribuir entre éstos las piedras representativas de los votos: negras para significar la culpabilidad, blancas para la inocencia. La urna donde debían depositarse las piedras fue colocada en el centro de la plaza cercada; pero antes de que los jueces emitieran sus sufragios, la diosa tomó la palabra desde el alto estrado donde había emplazado su trono en su carácter de presidente del tribunal, y donde aparecía con toda su celestial majestad, y dijo:

—Ciudadanos de Atenas, escuchad esta decisión de la funda­dora de vuestra ciudad, hoy que por vez primera juzgáis un proceso por derramamiento de sangre. Para todos los tiempos que han de seguir, este tribunal quedará constituido dentro de vuestros muros. Aquí, en este monte sagrado de Ares, donde un día remoto, cuando la guerra de las amazonas, esas heroicas ene­migas tuvieron su campamento y ofrecieron sus sacrificios al dios de la guerra, aquí digo, el Areópago, así llamado del nombre del dios, establecerá su tribunal de sangre, destinado a inspirar día y noche un piadoso temor a los ciudadanos. Integrado por los hombres más irreprochables de la ciudad, lo instituyó en este mo­mento, inaccesible al soborno, digno, severo, vigilante, siempre despierto en defensa de los que duermen. Vosotros, todos los habitantes, debéis temer su alteza y protegerlo como saludable protección de vuestra ciudad, como una institución que no posee ningún otro pueblo, griego o extranjero. Así lo dispongo para el futuro. Pero ahora, jueces, levantaos, recordad vuestro juramento y depositad vuestro voto en la urna para el fallo de este proceso.

Silenciosamente se levantaron los magistrados de sus asientos y se dirigieron uno tras otro a la urna, en la cual cayeron su­cesivamente las piedras fatales. Cuando todos hubieron votado, otros ciudadanos seleccionados, sometidos previamente a jura­mento, procedieron a contar las piedras blancas y las negras, ocurriendo que resultó igual el número de unas y otras, por lo que la decisión hubo de corresponder a la diosa presidente, tal y como ella lo previera ya antes de comenzar la vista. Atenea, levantándose nuevamente de su trono, dijo:

—Yo no he nacido de madre; soy la hija única de mi padre Zeus, salida de su frente, una doncella viril, desconocedora de los lazos matrimoniales y, sin embargo, engendrada para proteger a los hombres. No me pondré del lado de la mujer que inmoló culpablemente a su marido para satisfacer a su malvado rival. A juicio de mi corazón, Orestes ha obrado bien: no ha dado

muerte a su madre, sino a la asesina de su padre. ¡Para él la victoria! —Y así diciendo abandonó el sillón presidencial y, cogiendo una piedra blanca, la puso al lado de las otras del mismo color.— Este hombre —declaró luego solemnemente, una vez hubo vuelto a su trono— es declarado, por mayoría de votos, ino­cente de la acusación de homicidio injustificado.

Pronunciada la sentencia, Orestes, rogando a la diosa que le concediese la palabra, dijo profundamente conmovido:

¡Oh Palas Atenea que acabas de salvar a mi raza y a mí mismo, privado de patria! En toda Grecia se dirá, alabando tu buena obra: Así vuelve aquel argivo a residir en el palacio pa­terno, salvado por la justicia de Atenea y Apolo y del padre de los dioses, sin cuya voluntad esto no habría sido posible. Pero yo regreso a mi patria jurando a este pueblo y a esta tierra que jamás, en todos los tiempos, vendrá un argivo a traer la guerra a los piadosos atenienses. Si, suponiendo que muchos años des­pués de mi muerte, alguno de mis compatriotas osara faltar a este mi juramento, desde el fondo de la fosa donde reposarán sus abuelos, mi espíritu lo castigaría y pondría tantos males en su camino, que se vería imposibilitado para llevar a cabo sus impíos proyectos contra esta ciudad. Adiós, pues, excelsa protec­tora del Derecho, y tú, piadoso pueblo ateniense, ojalá en toda guerra y en todas las cosas te acompañen la victoria y el éxito.

Con estas bendiciones abandonó Orestes la santa colina de Ares, acompañado de su amigo, que durante todo el juicio no se había apartado de su lado; las diosas de la expiación no se atre­vieron a poner las manos, contra el fallo de Minerva, en el exculpado ; temían, además, la presencia de Apolo, dispuesto a de­fender la decisión del tribunal. Pero la que había actuado de acusadora, levantándose de entre sus compañeras y enfrentándose con Apolo y Atenea, equiparada a ellos por su sobrehumana talla, con la voz lúgubre propia de la noche, pronunció el si­guiente discurso en recusación de la sentencia:

¡Ay de nosotras! Los dioses jóvenes habéis pisoteado las leyes antiquísimas, nos las habéis arrancado de las manos a nosotras, que somos divinidades más viejas. Aquí estamos despre­ciadas, impotentes, airadas. Pero esta sentencia os habrá de pesar, ¡atenienses! Verteremos todo el veneno de nuestros cora­zones sobre este suelo, donde se menosprecia la justicia. La peste atacará todas vuestras plantas, la ruina caerá sobre toda vida. Visitaremos vuestra tierra y vuestra ciudad con la esterilidad y la epidemia; nosotras, las ofendidas y escarnecidas diosas de la noche.

Al oir Apolo esta terrible maldición, avanzando hasta estar en medio de ellas, les dijo en tono conciliador:

—¡Escuchadme, oh diosas! No os enojéis de este modo por la sentencia recaída. No por ello habéis sido vencidas; de la urna salió igual número de piedras blancas y negras; el tribunal no ha fallado de modo que podáis sentiros agraviadas; sólo la mise­ricordia ha vencido, sólo la equidad ha salvado al acusado que se halló ante el dilema de escoger entre dos sagrados deberes, y que por fuerza hubo de violar uno de ellos. Y esto lo hemos hecho nosotros los dioses, no los jueces de esta ciudad; y Zeus lo ha aprobado. Así. no descarguéis vuestro enojo sobre el pueblo inocente, y yo os prometo en su nombre que tendréis en su tierra un santuario y una sede digna, y todos los habitantes de la ciudad os venerarán como a las diosas inexorables de la justa expiación.

Atenea confirmó aquella promesa de Apolo.

—Creedme, diosas venerables —dijo—, que si establecéis vues­tra sede en otro país, luego lo deploraréis y echaréis de menos lo que despreciasteis. Los moradores de esta ciudad están dis­puestos a teneros en alto honor: coros de hombres y mujeres ensalzarán vuestra gloria, tendréis un santuario junto al templo del divinizado rey Erecteo. No prosperará ninguna casa que no os tribute culto.

Estas promesas aquietaron, poco a poco, la ira de las severas Erinias, las cuales se ofrecieron a establecer su sede en el país, sintiéndose honradas al saber que poseerían en la famosísima ciudad altares y un santuario como los propios Apolo y Atenea; y, al fin, se suavizaron hasta el extremo de formular ante los dioses presentes la promesa solemne de proteger a la ciudad, alejando de ella las tempestades, las plagas y las epidemias; tomando bajo su amparo los rebaños, bendiciendo los matrimo­nios, y, de acuerdo con sus hermanastras las Parcas, o diosas del Destino, impulsando de todas las maneras posibles la prosperidad del país. Desearon al pueblo entero eterna concordia y santa paz, y su negro coro se despidió con grandes manifestaciones de gratitud de la pareja de celestiales hermanos, alejándose del Areópago y la ciudad entre los cánticos de loanza de toda la población.

Ifigenia en Tánride

Tantalidas

Atenea echa en una urna la «piedra de la suerte», mientras Orestes espera impaciente su destino. Sobre la «piedra de la acusación» está sentada Erígone, hija de Egisto, como acusadora. A la derecha de la columna aguardan la sentencia Electra y Pílades. (Relieve de un vaso de plata de Anzio)

Los dos amigos Orestes y Pílades, librado ya el primero de sus tormentos, habíanse dirigido de Atenas a Delfos, al oráculo de Apolo, donde el hijo de Agamenón preguntó al dios qué había decidido sobre él. La sentencia de la pitonisa fue que el hijo del rey de Micenas lograría el fin de sus tribulaciones cuando se hubiese trasladado a los confines de la Península de Táuride, junto a la tierra de los escitas, donde poseía un santuario Artemisa, la hermana de Apolo. Allí debía apoderarse, por astucia o por otros medios, de la estatua de la diosa, que, según la leyenda, había caído del cielo, y era adorada por aquel pueblo bárbaro; y, una vez realizada la peligrosa proeza, debía trasladar la imagen a Atenas, pues la diosa suspiraba por un clima más suave y por adoradores griegos, cansada ya de aquella tierra extran­jera. Una vez realizada felizmente esta empresa, el errante joven se vería al cabo de sus desgracias.

Tampoco Pílades abandonó a su amigo en su nueva y fatigosa peregrinación hacia una meta tan llena de peligros. Pues el pue­blo de los táuridos era una raza de gentes salvajes que tenía la costumbre de sacrificar a la virgen Artemisa los náufragos llega­dos a sus orillas y otros forasteros. A los prisioneros enemigos les cortaban la cabeza y, clavándola en una estaca y colgándola de la campana de la chimenea de sus chozas, la constituían en guardiana de la casa, encargada de vigilar desde su altura cuanto en ella ocurría.

El motivo por el cual el oráculo enviaba a Orestes a aquella salvaje tierra de crueles habitantes era el siguiente: cuando Ingenia, la hija de Agamenón y de Clitemnestra, había de ser sacrificada, por consejo del adivino Calcante, en la playa de Áulide, en presencia de los griegos, descargado ya el golpe mortal que hirió a una cierva en vez de a la doncella, la compasiva diosa Artemisa, sustrayendo a la muchacha a las miradas de los griegos, llevóla en brazos, surcando los espacios luminosos del cielo, a través de tierras y mares, hasta aquella Táuride, donde la dejó en su propio templo.

Allí la encontró el rey de aquel pueblo bárbaro, Toante, y la instituyó sacerdotisa del templo de Artemisa. Al servicio de la diosa, debía cuidar del cumplimiento de la horrible costumbre de aquel pueblo rudo, sacrificando a la diosa del país todo extranjero que pisara sus rodillas, y la mayoría de las víctimas de tan triste destino eran griegos, compatriotas suyos. Su única misión consistía en consagrar a las víctimas; luego, otros servidores subalternos las conducían al interior del santuario, al banco del sacrificio, donde eran degolladas.

La doncella había visto ya transcurrir buen número de tristes años lejos de la patria, ignorante en absoluto de la suerte de su casa. Desempeñaba su lúgubre oficio y era tenida en alta estima por el rey y honrada por el pueblo, que admiraba en ella la suavidad de las costumbres griegas y su personal simpatía. He aquí que una noche soñó que vivía lejos de aquella costa bárbara, en su ciudad natal de Argos, rodeada de las esclavas de la casa pa­terna. De pronto la tierra se puso a temblar, y le pareció que ella huía del palacio y, desde el exterior, tenía que ver y oir cómo el tejado de la casa se movía, y todo el edificio, montado sobre columnas, se derrumbaba por completo. Parecióle que un solo pilar de la casa paterna quedaba en pie, y, de repente, aquel pilar tomó forma humana ; el capitel se transformó en una cabeza cubierta de rubio cabello que comenzó a hablar en sones articulados y comprensibles, si bien la muchacha no pudo recordar su significado al despertar. Pero en el sueño vio también que, en el desempeño de sus crueles funciones homicidas, tenía que ro­ciar con agua sagrada a aquel hombre que había sido un pilar de su casa y que estaba ahora condenado a muerte; lo cual hizo llorar a la doncella amargamente hasta que la visión desapareció.

La mañana siguiente a aquella noche, Orestes y su amigo Pí­lades, habiendo desembarcado en la costa de Táuride, se encami­naron al templo de Artemisa. Pronto estuvieron frente al bárbaro edificio, más semejante a un torreón que a la morada de un dios, y asombrados contemplaron el alto muro que lo rodeaba. Final­mente, Orestes rompió el silencio:

—Mi fiel amigo —dijo—, tú que has querido compartir tam­bién este peligro conmigo, ¿qué hacemos ahora? ¿Subiremos los peldaños del templo? Pero, una vez estemos arriba, ¿no tendremos que andar a tientas, como por un laberinto, en el interior de ese edificio que desconocemos? ¿No toparemos con cerrojos de bronce que nos cerrarán la entrada a las salas? Y si, mientras buscamos un acceso y abrimos, nos sorprenden en la puerta los guardianes, pues sin duda los hay en el santuario, moriremos, pues no ignoramos que en el altar de esta diosa inexorable se inmolan constantemente griegos. ¿No sería más prudente volver­nos al barco que nos trajo?

—No debemos huir —respondió Pílades—; sería la primera vez que lo hacemos. La palabra de Apolo es sagrada. Pero alejémonos del templo y ocultémonos en las oscuras grutas que el mar invade, lejos de nuestra nave; no vaya alguno a descubrirla y nos denuncie al soberano del país, y tengamos que rendirnos a la fuerza. Pero cuando llegue la noche nos pondremos a la obra. Ya conocemos la situación del templo; idearemos alguna treta que nos lleve a su interior, y una vez nos hayamos apode­rado de la estatua, no me inquieta la vuelta. Los valientes son audaces en el peligro. ¿No hemos recorrido un camino larguí­simo a fuerza de remos? Sería vergonzoso volvernos cuando ya tocamos la meta, sin el botín que el dios nos señaló.

—Dices bien —exclamó Orestes—, hagamos como aconsejas. Vamos a ocultarnos hasta que el día haya transcurrido, y que la noche corone nuestra obra.

Estaba ya el sol muy alto en el cielo cuando la sacerdotisa de Artemisa, que se encontraba en el umbral de su templo, vio que llegaba corriendo un pastor en la dirección de la playa. Traíale la noticia de que habían desembarcado dos jóvenes, magníficas víctimas para la diosa.

—Prepara, pues, noble sacerdotisa —dijo—, cuanto antes me­jor, la sagrada ablución y disponte a la obra.

—¿Y qué gente son esos extranjeros? —preguntó tristemente Ingenia.

—Griegos —respondió el pastor—; y lo único que de ellos sabemos es que uno se llama Pílades, y que ambos son nuestros prisioneros.

—Contadme dijo la doncella—, dónde ocurrió y cómo los apresasteis.

—Estábamos —comenzó el pastor— bañando nuestro ganado, y nos echábamos alternativamente al agua que corre furiosa por entre las rocas que llaman Simplégadas. Hay allí un despren­dimiento de rocas hueco, quebrado, constantemente azotado por las olas, que forma una gruta a propósito para los pescadores de púrpura. En ella un pastor de nuestro grupo descubrió a dos jóvenes, y le parecieron tan hermosos que, tomándolos por dioses, quiso postrarse de rodillas ante ellos. Pero un compañero que estaba con él, hombre osado e incrédulo, no fue tan bobo, y echándose a reir al ver que el otro iba a arrodillarse, le dijo: «¿No ves que son náufragos que se han refugiado en aquella gruta para ocultarse, porque deben estar enterados de la cos­tumbre de nuestro país de sacrificar a los extranjeros que desem­barcan en estas costas? ». Esta opinión fue aceptada por la mayo­ría, y en seguida nos aprestamos a darles caza. Entonces uno de los extranjeros salió de la cueva; sacudía la cabeza y la agitaba como en delirio, así como los brazos y las manos. Lanzando fuertes gemidos y, en un rapto de locura, púsose a gritar: «¡Pílades, Pílades!, ¿no ves allí a la negra cazadora, el dragón del Hades, que quiere matarme, cómo viene corriendo hacia mí armado de horrendas víboras? ¿Y allí la otra, la de hálito de fuego, que lleva en brazos a mi propia madre y me amenaza con arrojár­mela? ¡Ay de mí, que me estrangula! ¿Cómo escaparé?». De to­das aquellas visiones espantables —prosiguió el pastor—, nada aparecía por ninguna parte; seguramente él tomaba los mugidos de las reses y el ladrar de los perros por las voces de las Erinias. Nosotros, aterrados y suspensos, permanecíamos quietos y en si­lencio. Y he aquí que el extranjero, desnudando la espada, se lanzó furioso contra el rebaño y empezó a despanzurrar los ani­males, de modo que muy pronto el agua del mar se tifió de rojo. Al fin, cobramos ánimos, llamamos, tocando los cuernos, a las gentes de los alrededores, y todos juntos nos arrojamos en masa sobre los dos extranjeros armados. El loco, que poco a poco había ido cesando en sus convulsiones, se desplomó al suelo, llena de espuma la boca, y todos nosotros nos precipitamos contra él con palos y hondas, mientras su compañero le secaba la espuma y le envolvía el cuerpo con su propia túnica. Pronto, sin embargo, se reincorporó de un salto, recobrado el juicio y presto a defender su vida. Al fin. hubieron de ceder ante el número; los ence­rramos en un círculo, y a pedradas conseguimos hacerles caer las armas de las manos y a ellos, extenuados, al suelo. Préndanos­los y los condujimos a presencia de Toante, el soberano del país, el cual, no bien los hubo visto, ordenó que te los enviásemos para el sacrificio. Oh doncella, ruega que se te entreguen muchos de esos extranjeros, que parecen ser griegos de alcurnia. Si matas a gran número de ellos, Grecia habrá pagado con creces tus an­gustias mortales, y tú quedarás vengada por lo que te hicieron en el puerto de Áulide.

Calló el pastor y quedó esperando la orden de la sacerdotisa de que condujese a su presencia a los dos extranjeros, como en efecto lo hizo.

Al encontrarse Ingenia sola, díjose a sí misma: « ¡Ah corazón mío. que solías ser siempre compasivo con los extranjeros, y derramabas una sentida lágrima por tus compatriotas cada vez que caían en tus manos! Desde hoy, sin embargo, desde que el sueño de anoche me trajo el amargo presentimiento de que mi que­rido hermano Orestes ya no ve la luz del sol, todos los que lleguéis aquí me encontraréis despiadada. Es cierto que los desgraciados no miran bien a los dichosos. ¡Oh griegos que, como un cordero, me llevasteis al ara de los sacrificios siendo mi propio padre el inmolador! Nunca olvidaré aquellas horas horri­bles. Sí, si Zeus me trajese hasta aquí al homicida Menelao y a la falaz Helena, estoy segura que no vacilaría mucho».

La venida de los prisioneros interrumpió su soliloquio. Los traían atados y, al verlos ella, dijo a sus guardianes:

—Desatadles las manos; la solemne consagración que van a recibir les exime de toda ligadura. Luego id al templo a disponer todo lo que se precisa para el caso.

Y, dirigiéndose a los cautivos, díjoles:

—Hablad, ¿quién es vuestro padre, vuestra madre, quién vues­tra hermana si la tenéis, y que, privada de hermanos tan apuestos y gallardos, habrá de quedar sola en el mundo? ¿De dónde ve­nís, oh extranjeros dignos de lástima? Seguramente os ha su­puesto un largo viaje el llegar hasta nuestras costas; y, sin em­bargo, debéis prepararos para uno mucho más largo, pues que ahora vuestra destino será el reino de las sombras.

Respondióle Orestes:

—Quienquiera que seas, oh mujer, ¿por qué nos compadeces? Mal le está a quien empuña la segur del verdugo consolar a su víctima antes de asestarle el golpe. Y tampoco cuadra el lamen­tarse a quien amenaza la muerte sin esperanza. Nada de lágrimas, ni tuyas ni nuestras. Que el Destino se cumpla.

—¿Cuál de los dos es Pílades? Decídmelo ante todo —preguntó la sacerdotisa.

—Éste es —respondió Orestes, señalando a su amigo.

—¿Sois hermanos?

—Por el corazón —replicó Orestes—, no por el nacimiento. —Y tú ¿cómo te llamas, pues?

—Llámame el Mísero —repuso él—, lo mejor será que muera desconocido; por lo menos no seré objeto de burla.

Pero la doncella insistió, apremiándolo para que dijese si­quiera el nombre de su ciudad natal. Al resonar en sus oídos el nombre de Argos, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y exclamó con viveza:

—Por los dioses, amigo, ¿verdaderamente procedes de allí?

—Sí —repuso Orestes—, de Micenas, donde un tiempo estuvo mi casa, venturosa entonces.

—Si vienes de Argos, extranjero —prosiguió Ingenia con creciente agitación—, ¿seguramente traerás noticias de Troya? ¿Es cierto que ha quedado totalmente arrasada? ¿Regresó de ella Helena?

—Sí, las dos cosas son como dices.

—¿Y cómo está el caudillo? Paréceme que se llamaba Agamenón, hijo de Atreo.

Orestes se estremeció a esta pregunta.

—No lo sé —dijo desviando la cabeza—, no me hables de ese hombre, mujer.

Pero Ifigenia insistió en tono tan dulce y suplicante que él no pudo negarse, y dijo:

—Murió; su esposa lo mató de muerte cruenta.

Un grito de espanto escapóse de los labios de la sacerdotisa, que, sin embargo, dominándose, prosiguió:

—Dime todavía esto: ¿vive aún la mujer del infeliz?

—Ya no —fue la respuesta—; pereció a manos de su hijo, que tomó sobre sí la venganza de su padre; ¡pero bien lo paga!

—¿Viven aún otros hijos de Agamenón?

—Dos hijas: Electra y Crisótemis.

—Y ¿qué se sabe de la mayor, la que fue sacrificada?

—Que una cierva murió en su lugar; en cuanto a ella, desapareció sin dejar rastro. Pero seguramente habrá muerto hará ya tiempo.

—Y el hijo del asesinado ¿vive todavía? —preguntó con angustia la doncella.

—Sí —dijo Orestes—, pero sumido en la miseria, perseguido en todas partes y en ninguna.

¡Adiós, sueños engañosos, nada erais, pues! —suspiró Ingenia para sí; luego ordenó a los criados que se retirasen, y, al hallarse a solas con los griegos, díjoles en voz baja: —Escuchad una cosa, amigos, que, si vamos a una, ha de redundar en bien vuestro y mío. Te salvaré, joven, si quieres hacerte cargo de una carta dirigida a los míos, en nuestra patria común Micenas.

—No puedo salvarme sin mi amigo —respondió Orestes—, soy un desgraciado a quien él jamás abandonó. ¿Cómo iba yo a abandonarlo ahora en trance de muerte?

¡Oh noble y fraternal amigo! —exclamó la muchacha—, ¡ah, si mi hermano fuese como tú! Pues sabedlo, extranjeros, también yo tengo un hermano, aunque está lejos. Pero a los dos no puedo salvaros; el Rey jamás lo permitiría. Muere tú, entonces, y que se marche Pílades; quien de los dos se encargue de mi carta, me da igual.

—¿Quién me inmolará? —preguntó Orestes.

—Yo misma, por mandato de la diosa —respondió Ifigenia.

—Cómo, ¿tú, una débil muchacha, empuñando la espada con­tra hombres?

—No, pero rociaré con agua lustral tu cabellera. Son los criados del templo los que blanden el hacha del sacrificio. Después una sima en la roca recibirá tus huesos calcinados.

—¡Ah si pudiese sepultarme mi hermana! —suspiró Orestes. —Vano es tu deseo —dijo la doncella conmovida—, puesto que tu hermana reside en la lejana Argos. Con todo, querido com­patriota, no te preocupes, yo apagaré con aceite tu hoguera y la rociaré con miel y adornaré tu tumba como lo haría tu hermana. Pero ahora deja que vaya a escribir la carta a los míos.

Cuando los dos amigos se quedaron solos, vigilados de lejos por sus guardianes, Pílades no pudo contenerse por más tiempo:

—¡No —exclamó—, si tú mueres, yo no puedo vivir! No pidas de mí esa ignominia. Debo acompañarte en la muerte como te seguí en el vasto mar. Fócida y Argos me acusarían de cobardía; todo el mundo —pues el mundo es malo— diría que te he trai­cionado para ganar mi patria; que te he matado para apoderarme de tu reino y de tu herencia, tanto más cuanto he de ser tu cuñado y pedí a tu hermana Electra sin dote. Así que quiero y debo morir contigo.

Orestes se opuso a esta resolución, y estaban todavía dispu­tando cuando volvió Ifigenia, la carta en la mano. Mandando a Pílades que jurase llevar la misiva a su destino, ella, por su parte, juró salvarlo.

Luego la doncella, después de reflexionar un rato, resolvió comunicar al mensajero el contenido del documento, para el caso posible de que éste se perdiese en el mar quedando el por­tador con vida.

—Comunicarás —dijo— lo siguiente a Orestes, hijo de Aga­menón : Ifigenia, que fue arrebatada en Áulide del ara del sacrificio, vive y te encarga lo que sigue:

—¿Qué oigo? —interrumpióle Orestes—, ¿dónde está?, ¿ha resucitado de entre los muertos?

—Está aquí —dijo la sacerdotisa—, pero no me interrumpas: «Querido hermano Orestes, sácame de esta lejana tierra de bár­baros y llévame a Argos antes de que muera. Líbrame del altar expiatorio, donde, al servicio de la diosa, debo inmolar a los ex­tranjeros. Si no lo haces, Orestes, maldito seáis tú y tu casa».

Los dos amigos permanecieron largo rato mudos de asombro, hasta que, al fin, Pílades, quitándole la carta de las manos, la entregó a su amigo exclamando:

—Voy a cumplir inmediatamente el juramento que he presta­do. Toma, Orestes, te entrego la carta que te envía tu hermana Ifigenia.

Orestes, tirando el papel al suelo, cogió en sus brazos a la hermana recuperada. Ella se resistía, no podía creerlo, hasta que algunos relatos de las intimidades más secretas de la historia de los Atridas vinieron a dar fe de que era el que Pílades había dicho.

— ¡Oh amadísimo! —exclamó entonces la doncella—, pues eso eres y no otra cosa, ¡tú, el mío, el único, el hermano! ¡Venido de la amada Argos! ¡Qué niño tierno y delicado eras cuando te dejé, feliz y sin cuidados, en los brazos de tu guardián! Sí, feliz como somos ambos en este instante.

Pero Orestes había vuelto ya a recobrar la calma, y la preocupación nublaba su rostro:

—Cierto que somos felices ahora —dijo—, pero ¿cuánto va a durar nuestra dicha? ¿No nos espera sin remisión el sufrimiento y la muerte?

También Ifigenia se quedó pensativa e inquieta.

—¿Qué idearé? —dijo temblando—, ¿cómo te redimiré del reino de este príncipe bárbaro?, ¿cómo te libraré de la muerte y te enviaré a Argos, para que no hayas de perecer con tu amigo Pílades, herido por el acero en el altar de los sacrificios? Pero rápidamente, antes que el monarca de esta tierra se presente aquí, impaciente por mi tardanza en dar muerte a los prisioneros, cuéntame, hermano, sin callarme nada, los terribles acontecimientos de nuestra desventurada casa.

Con palabra atropellada, Orestes le relató todo lo ocurrido, cerrando la fatídica narración con una buena nueva: la del noviazgo de Electra con su amigo. Mientras él hablaba, la doncella, aun siendo toda oídos, había estado cavilando en su espíritu algún medio para salvar a su hermano querido, y, al fin, había dado con una idea feliz:

—Al fin —dijo—, creo haber encontrado el medio adecuado. Tu arrebato de locura en la playa cuando os hicieron prisioneros, me servirá de pretexto ante el Rey. Le diré, como es la verdad, que viniste de Argos y eres un matricida; por tanto, eres impuro, y como tal no puedes ser una víctima grata a la diosa; es preciso que antes te purifiques de toda huella de sangre lavándote en el agua del mar, pues que todavía lleva tu cuerpo sangre de tu crimen. Y como has tocado la imagen de la diosa en el templo al invocarla como suplicante, también ella debe ser purificada sumergiéndola en las olas del mar. Como yo, la sacerdotisa, soy la única a quien está permitido tocar la sagrada imagen, la coge­ré en brazos y, acompañándoos —pues también a ti, Pílades, diré que te alcanza la impureza como cómplice del hecho, ya que en realidad lo fuiste—, iremos a la orilla, allí donde está anclado vuestro barco, oculto en una cala. Todo esto hay que hacerlo después de persuadir al Rey, pues es muy listo y no se dejaría engañar. Una vez hayamos llegado a la nave, lo demás corre de vuestra cuenta, amigos míos.

Toda esta conversación entre los dos hermanos y su amigo desarrollóse en el vestíbulo del templo, a distancia de los criados y los guardianes. Luego, los prisioneros fueron entregados de nue­vo a sus vigilantes, e Ifigenia los condujo al interior del santuario. Poco después se presentó Toante, el rey del país, con un nume­roso séquito, preguntando por la sacerdotisa, pues no le gustaba aquella demora y no podía comprender por qué los cuerpos de los extranjeros no llevaban ya mucho tiempo quemando en el altar de la diosa. Al llegar él al templo, salía Ifigenia llevando en brazos la imagen de la divinidad.

—¿Qué significa esto, hija de Agamenón? —exclamó el Rey, asombrado—, ¿por qué sacas del pedestal esa divina estatua?

—Ha ocurrido algo abominable, ¡oh príncipe! —respondió la sacerdotisa con rostro agitado—. Las víctimas que fueron pren­didas en la orilla no son puras; la imagen de la diosa se volvió sola en el pedestal y cerró los párpados cuando ellos se le acer­caron para abrazarla como suplicantes. Debes saber que estos dos hombres han cometido una acción espantosa.

Y a continuación explicó al Rey lo que en el fondo era la verdad, y le pidió autorización para ir a purificar a las víctimas y a la estatua. Con el fin de asegurar la cosa, rogóle que mandase encadenar nuevamente a los prisioneros y cubrir sus cabezas como criminales que eran, al objeto de que no les diese la luz del sol; también solicitó, para su seguridad, algunos de los esclavos que venían en el séquito del Rey, el cual, por otra parte —y era ésta otra treta que había imaginado la astuta muchacha—, enviaría un emisario a la ciudad para ordenar a los habitantes que, hasta que estuviese terminada la ceremonia de la purifica­ción, permaneciesen dentro del recinto de sus muros, para evitar el peligro de contaminarse de su culpa. Durante su ausencia, el Monarca se quedaría en el templo cuidando de la fumigación de todo el edificio, para que, a su regreso, la sacerdotisa lo encon­trase limpio. En cuanto los extranjeros saliesen por la puerta del templo, el Rey se cubriría el rostro con la túnica, no fuera caso que se le comunicase la abominable infección. La sacerdotisa ter­minó sus recomendaciones diciendo: «que aunque le pareciese al Soberano que se prolongaba mucho la permanencia de los tres en la playa, no por ello se inquietase, pues» —dijo— «piensa, señor, en lo horrible y mancillante del delito que se trata de purificar».

El Rey asintió a todo y se cubrió la cabeza cuando, poco más tarde, Pílades y Orestes fueron sacados del templo. No transcurrió mucho tiempo hasta que Ingenia, con los prisioneros y algunos guardas reales, camino de la orilla, hubieron dejado a sus espaldas la mole del templo. Toante, entrando en él, ordenó se procediese a la fumigación solicitada por la sacerdotisa, labor que, dadas las dimensiones del edificio, requería bastante tiempo.

Al cabo de varias horas, llegó de la orilla un mensajero co­rriendo a toda prisa.

— ¡Pérfidas almas femeninas!—exclamó al verse ante la puer­ta cerrada del templo, y, acalorado y jadeante, se puso a llamar a ella—. ¡Hola los de dentro —gritó—, descorred el cerrojo! Comu­nicad al Rey que estoy en la puerta, portador de una mala noticia.

Abriéronse las hojas del portal, y el propio Toante se presentó en su marco.

—¿Quién es —dijo— el que con su ruido viene a turbar la paz de esta divina mansión?

—Escucha, Rey, la embajada que te traigo —respondió el criado— La sacerdotisa del templo, esa mujer griega, ha huido del país junto con los extranjeros y la estatua de nuestra excelsa diosa protectora. La expiación que proyectaba era mentira.

—¿Qué dices? —gritó el Rey, que no daba crédito a sus oídos—. ¿Qué espíritu maligno se ha apoderado de esa mujer? ¿Quién es el hombre con el que ha huido?

—Su hermano Orestes —replicó el emisario—, el mismo al que ella simuló haber consagrado para el sacrificio. Escucha todo lo ocurrido y luego piensa en algún medio para salir en perse­cución de los fugitivos y capturarlos, pues la travesía es larga y tu lanza puede aún darles alcance. Cuando llegamos a la orilla, en el lugar donde se hallaba anclado el barco de Orestes, Ifigenia nos ordenó con un gesto que desatásemos a los extranjeros y nos quedásemos donde estábamos, a distancia de donde iban a efec­tuarse el santo holocausto y demás ceremonias. Ella misma quitó las ligaduras a los forasteros, y, mandándoles que pasasen delante, siguiólos ella. Esto nos infundió algunas sospechas; sin embargo, tus criados pensaron que debían permitirlo. Comenzó entonces la sacerdotisa a cantar fórmulas mágicas y a recitar en una lengua extranjera toda clase de oraciones, con objeto de que pareciese que había dado comienzo a los ritos purificadores. Nosotros nos había­mos apostado y aguardábamos, hasta que se nos ocurrió la idea que los dos prisioneros desatados, podían haber dado muerte a la indefensa mujer y huido. Dirigímonos, en consecuencia, a la cala rocosa que nos privaba de ver a la sacerdotisa y los extranjeros, y, al llegar a la misma orilla, descubrimos una nave griega mecién­dose en la superficie del agua, con cincuenta remeros en sus ban­cos. En la popa, todavía en tierra, estaban los dos extranjeros desatados. Mientras unos levaban el ancla y la colgaban, otros instalaban pasarelas, izaban las cuerdas y bajaban escaleras para los forasteros. Nosotros ya no vacilamos más; dándonos cuenta de toda aquella patraña, prendimos a la mujer, que se encontraba aún en tierra; pero Orestes, pregonando su estirpe y su propósito, salió con Pílades en defensa de su hermana, que nosotros tratábamos de obligar a seguirnos. Como ni los extranjeros ni nosotros llevá­bamos espadas, prodújose una dura lucha a puñetazos, en el curso de la cual los griegos nos obligaron a retirarnos, ya que los arqueros del barco nos acosaban desde lejos con sus flechas. Al mismo tiempo, una enorme ola arrojó el barco a tierra, y poco faltó para que se fuese a pique. Entonces, Orestes, cogiendo en brazos a Ifigenia, que a su vez llevaba la estatua, se echó al agua y subió a la nave por la escalera, depositando en cubierta a su hermana y la imagen sagrada de Artemisa. Detrás de él había saltado Pílades, y cuando ya todos se hallaron a bordo, la tripulación comenzó a remar por las saladas olas. Mientras la nave estu­vo en las aguas tranquilas de la bahía, fue deslizándose suavemente y alejándose, pero, al llegar a alta mar, levantóse un fuerte viento que, a pesar de todos los esfuerzos de los remeros, la volvió a echar a la orilla. Levantándose entonces la hija de Agamenón, púsose a orar en alta voz: «Hija de Leto, virginal Artemisa, tú misma pediste volver a Grecia, lo pediste por boca del oráculo de tu hermano Apolo. Sálvame, pues, ahora que soy tu sacerdotisa, y perdóname el osado engaño que me he permitido con el monarca de este país, a quien por tantos años hube de servir a la fuerza. Tú también tienes un hermano y lo quieres, ¡oh, celeste! ¡Considera con misericordia nuestro fraterno amor!». Todos los marinos se sumaron a esa oración de la doncella, entonando por su orden un pean, mientras, desnudos los brazos, seguían hacien­do fuerza de remos. A pesar de todo, el barco continuaba acercándose a la orilla, y yo he venido corriendo para comunicarte lo sucedido allí. Envía, pues, cuerdas de abordaje a la playa, ya que si el mar embravecido no se calma pronto, no hay esperanza de salvación para los fugitivos. Posidón, el dios del océano, recuerda con ira la destrucción de los muros de Troya, edificados por sus propias manos; según creo, es enemigo de todos los griegos, especialmente de la estirpe de los Atridas. Por eso, si no me engaño del todo, hoy pondrá en tu poder a los hijos de Agamenón.

El Rey, que había escuchado impaciente el fin de aquel largo relato, ordenó que se comunicase inmediatamente a todos los habitantes de las abruptas costas del país la orden de enganchar los caballos y correr a la orilla del mar para apoderarse del barco griego en caso de que las olas lo hubiesen arrojado a tierra, y, con ayuda de la diosa Artemisa, prender a los delincuen­tes fugitivos. La embarcación debía ser hundida con todos los tripulantes, pero los dos extranjeros y la infiel sacerdotisa serían arrojados al mar desde lo alto de las rocas más escarpadas, o bien empalados vivos en puntiagudas estacas.

Ya salía él mismo hacia el mar, al frente de sus hombres, a caballo, cuando, de repente, una celestial aparición detuvo la comitiva, obligando al Rey a pararse, mal de su grado. Era Palas Atenea, la diosa excelsa, cuya gigantesca figura, envuelta en una tenue nube y flotando sobre la tierra, cerraba el camino al Sobe­rano y su séquito, y, con voz que resonó como un trueno sobre las cabezas de los taurios, dijo:

—¿Adonde vas, rey Toante, acalorado y jadeante con tus gentes? Presta oído a las palabras de una diosa: deja en paz a tus tropas, deja que mis protegidos se marchen libremente. El propio Destino llamó aquí a Orestes, por medio del oráculo de Apolo, para que, libre ya de las Erinias, condujese a su hermana a la pa­tria y la sagrada estatua de Artemisa a Atenas, mi amada ciudad, por la cual suspira. También Posidón, cediendo a mi súplica, im­pulsará su nave por una mar tranquila. En Atenas, Orestes depositará la imagen de la Artemisa de Táuride en un nuevo y magní­fico templo, erigido en el centro de un bosque sagrado, e Ingenia será allí su sacerdotisa hasta su muerte; allí tendrá la sepultura que corresponde a su real condición. Tú, Toante, y tú, pueblo de Táuride, dejadlos a su destino y no os enfurezcáis por ello.

El rey Toante era un piadoso adorador de los dioses. Arrojándose al suelo ante la visión, dijo suplicante:

—Oh Palas Atenea, delira el que oye la voz de un dios y no la obedece. Luchar contra las divinidades omnipotentes no da ningún honor. Que tus protegidos, con la imagen de la diosa, vayan adonde deben y entronicen felizmente la estatua en tu reino. Yo inclino mi lanza ante los inmortales. Volvámonos tras las murallas de nuestra ciudad.

Sucedió todo tal como anunciara Atenea. La Artemisa de Táuride recibió su templo en Atenas, e Ingenia quedó en él como sacerdotisa suya. Orestes se estableció en Micenas; fue coronado rey y pasó a ocupar el trono de sus antepasados, al cual incor­poró el de Esparta por su matrimonio con Hermíone, única y hermosa hija de Menelao y Helena. Prometida a Neoptólemo, el hijo de Aquiles, había perdido al novio al perder éste la vida. Orestes había conquistado también el reino de Argos, y así po­seyó un imperio más vasto que el de su padre. Su hermana Electra sentó a su esposo Pílades en el trono de Fócida. Crisótemis murió soltera, y, en cuanto a Orestes, alcanzó la avanzada edad de noventa años. Entonces se manifestó por última vez la vieja maldición que pesaba sobre los Tantálidas: murió de la picadura de una víbora, en el pie.

Fuente: Gustav Schwav

Comentar en Facebook

comentarios

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!
Este sitio utiliza cookies. Conozca más sobre las cookies