Tantalidas

Pílades ha desenvainado la espada para matar al odiado Egisto. Electra coge un taburete para matarlo con él. A la izquierda, una criada huye, mientras un guarda lo mira indiferente. A la derecha, Orestes mata a su madre, mientras la vieja nodriza trata de impedir el matricidio. (Relieve, Palazzo Circi, Roma)

La estirpe de Agamenón

Troya había caído. Rumbo a la patria la flota de los helenos, destruida en su mitad por la tormenta, había logrado concentrar sus restos, que, por una mar ya tranquila, hacían rumbo cada uno hacia su patria respectiva. Agamenón, cuyas naves, protegi­das por la diosa Hera, no habían sufrido daño alguno, navegaba decidido hacia la costa del Peloponeso. Ya se acercaba a la escar­pada punta del cabo Malea, en Laconia, cuando volvió a acome­terlo un nuevo y furioso huracán, que lo lanzó otra vez a alta mar con todas sus embarcaciones. Suspirando y con las manos levantadas al cielo, rogaba a los dioses que no permitieran su ruina y la de sus valientes compañeros, después de tantas cala­midades sufridas por voluntad de los inmortales, cuando ya se hallaban a la vista de la patria. Ignoraba que esta vez la tempes­tad era amiga y que los dioses se la enviaban como advertencia; pues mejor le hubiera valido verse arrastrado a la más remota costa extranjera y terminar su vida en el desierto, que volver a poner su planta en el palacio real de Micenas.

Sobre la raza de Agamenón pesaba una maldición. Desde su antecesor Tántalo, siempre había vivido en medio de horrores y atrocidades; la brutal violencia había derribado a unos de sus miembros y encumbrado a otros; un crimen monstruoso cometido en el propio hogar debía también señalar el término de la vida de Agamenón. Su tatarabuelo Tántalo había servido a los dioses, un día que les invitó a su mesa, los miembros de su hijo Pélope. y sólo un milagro había vuelto a la vida a este primogénito de la familia. Pélope, hombre por lo demás irreprochable, había dado muerte a su bienhechor Mirtilo, hijo de Hermes, contribu­yendo con su crimen a agravar la maldición que ya pesaba sobre la casa. Mirtilo, caballerizo del rey Enómao —cuya hija Hipodamía debía conquistar Pélope con su victoria en las carreras de carros—, dejóse inducir a quitar del carro de su señor los clavos de hierro y reemplazarlos por otros de cera. Gracias a esta es­tratagema, el carro de Enómao se rompió, y Pélope, al obtener la victoria, ganó a la doncella. Pero al reclamarle Mirtilo la recompensa prometida, Pélope, para eliminar al único testigo de su superchería, lo arrojó al mar. En vano trató luego de hacerse perdonar este crimen por el irritado dios Hermes erigiendo al hijo un monumento funerario y al padre un templo; él y su des­cendencia quedaban destinados a ser víctimas de la venganza del dios.

La maldición siguió operando sobre los hijos de Pélope, Atrco y Tiestes. Atreo fue rey de Micenas, Tiestes lo fue de la parte sur de la Argólida. El hermano mayor poseía un carnero cuya lana era de oro, y Tiestes, el menor, lo codiciaba. Incitó a la esposa de su hermano, Aérope, a faltar a su marido, y recibió de ella el áureo cordero. Al enterarse Atreo del doble crimen de su hermano, no se dejó detener por ninguna consideración y pro­cedió como lo hiciera su abuelo: apoderándose secretamente de los dos tiernos hijos de Tiestes, Tántalo y Plístenes, los degolló y guisó, sirviendo el horrible plato a su padre, así como la san­gre, que le dio a beber mezclada con vino. Helios, que había sido testigo de aquel bárbaro crimen, experimentó un horror tan grande, que hizo dar marcha atrás a su carro. Al fin, Tiestes pudo escapar de su terrible hermano y se marchó a Epiro, a la casa del rey Tesproto.

El país de Atreo se vio azotado por la sequía y el hambre, y el Rey. ai consultar el oráculo, recibió por respuesta que la plaga cesaría en cuanto él hubiese restituido a la corte a su hermano desterrado. En consecuencia, el propio Atreo se puso en camino, dirigiéndose al lugar donde se había refugiado Tiestes, y con él y con un hijo suyo llamado Egisto regresó a su patria natal. También ese Egisto era hijo del crimen y había venido al mundo en el asilo de su progenitor. Pero había jurado vengar a su padre sobre Atreo y sus descendientes, y lo primero lo realizó a poco de haber regresado los hermanos a Micenas, donde su amistad había sido de breve duración, pues Atreo encerró a Tiestes en un calabozo. Allí Egisto asesinó a su tío a traición, para lo cual, simulando estar indignado por las circunstancias de su naci­miento, ofrecióse a dar muerte a su propio padre. Admitido en la mazmorra, concertó con Tiestes la venganza. Al efecto mostró a Atreo una espada ensangrentada, y cuando éste, contento por la supuesta muerte de su hermano, celebraba en la orilla del mar un sacrificio en acción de gracias, Egisto lo traspasó con aquella misma espada. Tiestes, libertado de su prisión, apoderóse del trono de su hermano, aunque por breve tiempo, puesto que el hijo mayor de Atreo, Agamenón, lo depuso y vengó en él el ase­sinato de su padre. A Egisto no le alcanzó el castigo; los dioses le reservaban para anatema de la raza y siguió reinando en las antiguas posesiones de su padre al sur del país.

Partido Agamenón para la campaña de Troya, y hallándose su esposa Clitemnestra en el palacio sumida en profundo dolor ma­ternal por el sacrificio de su hija Ifigenia, Egisto creyó llegado el momento oportuno para vengarse del Atrida. Presentóse en cí palacio de Micenas, y Clitemnestra, ávida también de castigar el inhumano proceder de su marido, tras larga resistencia cedió a la seducción del malvado, compartiendo con él, como segundo esposo, el lecho y el trono de Agamenón. Vivían a la sazón en palacio tres hijos del marido legítimo, y hermanos, por tanto, de Ingenia: la doncella Electra, que lo seguía en edad, mucha­cha de gran inteligencia; otra menor, Crisótemis, y un niño, Orestes. Ante ellos, Egisto se posesionó de la mujer y el palacio de su padre. Cuando se aproximaba ya el término de la cam­paña de Troya, la pareja culpable se preocupaba únicamente de no.dejarse sorprender, sin estar preparada, por el regreso de Aga­menón al frente de sus huestes. Hacía ya varios años que en las almenas del palacio se hallaba apostado un vigía a quien una fogata encendida durante la noche en la punta extrema de la costa debía comunicar la caída de Troya y la próxima llegada del Rey. Una vez conocida la noticia no faltarían medios de preparar al rey Agamenón un espléndido recibimiento y atraerle a una trampa antes de que pudiese darse cuenta del verdadero estado de las cosas en su patria.

Al fin brilló una noche la hoguera, y el vigilante, bajando pre­cipitadamente de las almenas, corrió a comunicar a su señora la presencia de la esperada señal. Impacientes aguardaron la llegada de la mañana Clitemnestra y su amante, y el sol llevaba aún poco tiempo en el cielo cuando un heraldo, enviado por el Monarca, franqueaba las puertas del palacio, la cabeza sombreada por ramas de olivo. Salió a recibirlo la Reina con fingida afabili­dad, si bien cuidó bien de que el mensajero no pudiese moverse con libertad por la casa del Rey. Al disponerse el heraldo a exte­riorizar su alegría con un detallado relato de la lograda victoria, la Reina lo interrumpió bruscamente diciéndole:

—¡No te esfuerces! Prefiero escuchar todo esto de boca de mi real esposo. Vuelve a él inmediatamente y espolea su llegada. Dile con qué afán lo esperamos yo y la ciudad, y que yo misma acu­diré a recibirle, no sólo como a respetado y querido esposo, sino también como al ilustre conquistador de una famosa ciudad.

Muerte de Agamenón

Cuando la tempestad alejó al rey Agamenón del cabo Malea, empujólo el viento, con toda la flota, hacia la costa sur del país, donde en otro tiempo había reinado su tío Tiestes y donde entonces tenía su sede real Egisto. Anclando en una bahía resguardada, decidió aguardar allí un tiempo propicio. Unos explorado­res que envió volvieron con la noticia de que el rey del país, Egisto, vivía en buenas relaciones de vecindad con su esposa Clitemnestra desde su regreso de Áulide; más aún, que desde ha­cía ya bastante tiempo la Reina lo había llamado a Micenas, donde residía administrando el reino de Agamenón en nombre de su Soberana. Al príncipe causáronle gran satisfacción estas nuevas, en las cuales nada vio de sospechoso, y dio gracias a los dioses por haber extinguido en su familia el antiguo espíritu vengativo. Él, que, cediendo a la necesidad, había vertido ante Troya tanta sangre griega y troyana, tampoco sentía ya sed de venganza y no pensaba en castigar al asesino de su padre que, por otra parte, no había hecho sino tomarse la justicia por su mano. Tam­bién creía que el largo tiempo transcurrido habría calmado el corazón de su esposa, y así, animado con tan risueñas esperanzas, levó el ancla en cuanto se hubo levantado un viento favorable y, sin más contratiempos, llegó sano y salvo con sus soldados al puerto de su tierra natal.

En cuanto hubo desembarcado y ofrecido, en la misma playa, un sacrificio a los dioses en acción de gracias por su salvación y feliz viaje, se dirigió con su tropa a la ciudad precedido del heraldo. En las puertas de Micenas fue recibido por todo el pueblo y, a la cabeza de éste, por su primo Egisto, considerado en todo el país como el regente del reino. Luego se presentó Cli­temnestra, rodeada de las damas de palacio y de sus hijos, estrechamente vigilados. Como suele hacerse cuando la alegría es simulada, la Reina recibió a su marido con todas las imaginables muestras de respeto y exagerada reverencia, postrándose a sus pies y deshaciéndose en alabanzas y felicitaciones. Agamenón corrió gozoso a ella y, levantándola del suelo, le dijo:

—¿En qué estás pensando, hija de Leda, al postrarte en el polvo y recibirme como una esclava recibe al señor extranjero? ¿Y para qué estas alfombras tan primorosamente bordadas que habéis extendido a mi paso? Así se acoge a los dioses inmortales, no a débiles y mortales humanos, ¡Hónrame de modo que no me envidien los Olímpicos!

Después de saludar así a la esposa, y abrazar y besar a sus hijos, volviéndose hacia Egisto, que se mantenía a un lado con los principales de la ciudad, estrechóle fraternalmente la mano y le dio las gracias por su escrupulosa administración del país. Luego, desatándose las correas de las sandalias, recorrió des­calzo el alfombrado camino que conducía a palacio a través de toda la ciudad. En su séquito iba también Casandra, la profetisa hija de Príamo, que en el reparto del botín había sido adjudicada al generalísimo después de haberla éste librado de las manos brutales del lócrida Ayax. Venía sentada en un carro cargado con el botín, gacha la cabeza y los ojos fijos en el suelo. Al ver

Clitemnestra la noble figura de la doncella, experimentó un sentimiento de celos, sentimiento al que en verdad no tenía ningún derecho; pero la sobrecogió el espanto cuando oyó el nombre de la cautiva y supo que iba a albergar en su casa, profanada por el adulterio, a una adivina sacerdotisa de Palas. Por eso creyó que su mayor peligro estaba en seguir demorando por más tiempo su infame proyecto, y en un instante tomó la pérfida resolución de destruir a la vez a su marido y a la donceüa forastera. Sin embargo, cuidó bien de no dejar traslucir nada de sus propó­sitos a la adivina, y cuando toda la comitiva hubo llegado ante el palacio real de Micenas, ella, acercándose al carro, dijo cariñosamente a la cautiva:

—¡Apéate, dolorida joven, y reprime tu pena! Piensa que el propio Hércules, el invencible hijo de Alcmena, hubo de bajar la cabeza bajo el yugo de una soberana extranjera. Cuando el Destino somete a uno a esta prueba, puede éste considerarse feliz al dar con un señor de rancia opulencia, pues aquel que ha lo­grado la riqueza en poco tiempo y de manera imprevista, suele tratar con dureza e insolencia a sus esclavos.

Casandra no cambió de actitud a aquellas palabras; largo tiempo continuó inmóvil en el asiento del carro, y las criadas hubieron de obligarla a apearse. Finalmente, saltó de su asiento como un animal asustado; su corazón sabía todo lo que le aguar­daba; tenía la certeza de que el Destino era inapelable, y en el supuesto de que hubiese podido cambiar su suerte, no habría querido sustraer a la diosa de la venganza al enemigo de su pueblo, si bien no sentía repugnancia a morir con él considerando que, después de todo, había sido su salvador.

En palacio se engañó al príncipe Agamenón y a cuantos con él habían llegado, con los preparativos de un magnífico banquete. El proyecto era hacer asesinar, en el curso de la comida, al Rey por los esbirros asalariados de Egisto, como se inmola al toro en el pesebre; pero la presencia de la adivina decidió a la Reina y a su amante a prescindir de esa emboscada y a precipitar y simplificar la obra.

Agamenón, fatigado del viaje y lleno de polvo del camino, pidió un baño reparador, y le contestó Clitemnestra con amorosa solicitud que ya había previsto aquella demanda y que estaba preparado un baño caliente. Entró el Rey confiado en el cuarto de baño de palacio y, tras quitarse la coraza y las ropas, y dejan­do las armas a un lado, entró desnudo e indefenso en la bañera. Saliendo entonces de su escondite Clitemnestra y Egisto, echáronle sobre su cuerpo una tupida red, y a continuación lo cosieron a puñaladas. Sus llamadas de socorro no llegaron a las estancias superiores del palacio desde los sótanos donde se encontraban los baños. Inmediatamente fue asesinada también Casandra, que, errando por los oscuros vestíbulos de la casa, había presenciado el crimen y lo pregonaba con enigmáticas palabras.

Cometido el doble crimen, los asesinos, confiados en sus adic­tos, no quisieron ya ocultarlo. Los dos cadáveres fueron expues­tos en el palacio, y Clitemnestra, convocando a los notables de la ciudad, les dijo sin recato:

—¡Amigos, no me toméis a mal la disimulación que he obser­vado ! No podía pagar en otra moneda al enemigo mortal de mi casa, al verdugo de mi hija. Sí, le he tendido una red, lo he cap­turado como a un pez; invocando al subterráneo Plutón, con tres puñaladas he vengado a mi hija. Es Agamenón, mi marido, muer­to por mi propia mano, no lo niego. Bien se atrevió él a sacrificar a su propia hija, mi hija más querida, como si se tratase de in­molar una res, para aquietar con mi dolor de madre los vientos de Tracia. ¿Merecería acaso vivir un criminal semejante? ¿Mere­cía reinar sobre una tierra tan hermosa y tan piadosa? ¿No es más justo que os gobierne Egisto, que no tiene ningún parricidio sobre su conciencia y que no ha hecho sino vengar a los enemi­gos seculares de su padre en las personas de Atreo y del Atrida? Sí, es justo que le ofrezca mi mano, que comparta con él el pala­cio y el trono, él, que me ha ayudado a realizar la obra que cumplía al lastimado amor de madre, la obra de justicia. Él es el escudo de mi osadía; mientras él y sus adictos me protejan, nadie se atreverá a pedirme cuentas de mi acción. En cuanto a esa esclava (y al decir estas palabras señalaba el cadáver de Casandra), era amante del traidor; ha sufrido el castigo que me­rece el adulterio, y será arrojada a los perros para que la des­trocen.

Ante este discurso, los notables de la ciudad se quedaron mu­dos. No había que pensar en acudir a la violencia, pues los hombres de Egisto, armados, rodeaban el palacio, sonaba el ruido de los pertrechos militares, y se oían ruidos amenazadores. Los soldados de Agamenón, de los que sólo un pequeño número había vuelto de la mortífera guerra de Troya, se hallaban dispersos por la ciudad, desprovistos de armas. El salvaje séquito de Egisto recorría las calles de Micenas reprimiendo a todo aquel que se manifestaba en contra del horrible asesinato de su Soberano.

Los criminales se preocuparon en seguida de afianzar su poder, a cuyo efecto repartieron entre sus más adictos partidarios los cargos honoríficos y militares. A las hijas de Agamenón des­preciáronlas como mujeres inofensivas, pero demasiado tarde se les ocurrió que en el joven Orestes, el menor de los hijos de Agamenón y Clitemnestra, crecía el vengador de su padre. A pesar de que sólo contaba doce años, le habrían dado muerte sin reparo para librarse de todo temor de castigo, pero su jui­ciosa hermana Electra, más discreta que los asesinos, se había preocupado del niño inmediatamente después del crimen, entre­gándolo en secreto al esclavo a quien confiaba su custodia. Éste, llevándolo a Fánote, en tierras de Fócida, lo entregó a su vez, como prenda sagrada, al rey Estrofio, amigo y esposo de la her­mana de Agamenón, el cual se constituyó en su segundo padre, y lo educó con su hijo Pílades.

Agamenón es vengado

Entretanto, Electra, en el palacio del padre asesinado, llevaba una existencia tristísima; sólo la consolaba de su penosa suerte la esperanza de que algún día vería a su hermano, hecho ya hom­bre, entrar en la paterna mansión como vengador. Su madre le mostraba la mayor hostilidad; en su propia casa veíase la don­cella forzada a convivir con los verdugos de su padre, sometida a ellos en todo; de ellos dependía el que recibiera para su sus­tento lo más mísero y estrictamente necesario. Veía a Egisto sentado en el trono de Agamenón, con toda la pompa de un rey, vestido de los más bellos ropajes que había en las cámaras del palacio, y ofreciendo libaciones a los dioses protectores del hogar en el mismo sitio donde había asesinado a su tío carnal. Debía ser testigo de la intimidad con que su desenvuelta madre trataba al infame, pues ella aprobaba con una sonrisa todos los desafue­ros que él cometía. Todos los años disponía fiestas y bailes el día en que se cumplía el aniversario del alevoso asesinato del esposo, y, encima, ofrecía todos los meses sacrificios cruentos a las divinidades salvadoras. Ante aquellos repugnantes espectácu­los, la doncella se consumía en su dolor íntimo, pues ni siquiera le estaba permitido llorar, a pesar de tener henchido el corazón de lágrimas. «¿De qué lloras, maldita de los dioses? —gritábale airada su madre si alguna vez la encontraba anegada en lágrimas—, ¿acaso eres tú sola a quien se le ha muerto el padre? ¿Eres la única mortal que tiene alguien a quien lamentar? ¡Mué­rete, pues, consumida vergonzosamente por tu estúpido dolor!». A veces su mala conciencia se alarmaba ante un falso rumor, como si Orestes volviese del extranjero; entonces era cuando se mostraba más dura con su desgraciada hija: «¿No sería culpa tuya si viniese? —le gritaba—. ¿No fuiste tú quien lo arrebató de mis manos y lo mandaste secretamente fuera del país? Pero no tendrás ocasión de gozar de tu tropelía; la recompensa que te mereces te llegará antes *de lo que piensas». El abyecto marido apoyaba a su mujer en estas escenas, y huyendo de los imprope­rios de los dos, corría Electra a esconderse en los recintos más oscuros de la casa.

De este modo transcurrieron años, durante los cuales la muchacha estuvo aguardando incesantemente la aparición de su hermano Orestes, el cual, al escapar, pese a ser todavía un niño, había prometido a su hermana que volvería a su debido tiempo, en cuanto el vigor viril animara su brazo. Sin embargo, el mu­chacho, crecido ya, no acababa de decidirse nunca, y las esperanzas, próximas y remotas, se iban extinguiendo en el corazón de la dolorida doncella.

La fiel hija de Agamenón no hallaba ningún apoyo para sus proyectos ni tampoco gran consuelo en su hermana menor, Crisótemis, la cual, aunque había traspasado ya los umbrales de la infancia desde hacía mucho tiempo, no poseía, sin embargo, el animoso espíritu de Electra, no por insensibilidad, sino por la debilidad propia del corazón femenino. Crisótemis obedecía a su madre y no se resistía a sus mandatos con la terquedad de Electra. Así, ocurrió un día que la muchacha, llevando instru­mentos para los sacrificios y ofrendas funerarias que le encargara su madre, cruzóse en la puerta del palacio con su hermana. Reprendióla ésta por su obediencia, diciéndole que era vergon­zoso que la hija de un hombre como su padre se hubiese olvidado de él, y, en cambio, se aviniera a someterse a su desalmada madre.

—Entonces —replicóle Crisótemis—, ¿nunca aprenderás, a pesar del largo tiempo transcurrido, a desprenderte de tu impo­tente rencor? Créeme, a mí también me duele lo que veo, y sólo por necesidad me conformo. El cuanto a ti, se lo he oído a e§a mala gente, si no terminas con tus quejas, van a echarte en un profundo calabozo lejos de aquí, donde nunca más vas a ver la luz del sol. Piénsalo y no me des luego las culpas si un día te ocurre esta desgracia.

¡Que lo hagan! —replicó Electra con frialdad y orgullo—, donde mejor estoy es muy lejos de vosotros. Pero, ¿a quién llevas esta ofrenda, hermana?

—La madre la destina a nuestro padre muerto.

¡Cómo! ¿Al que asesinó? —exclamó Electra con asom­bro—. Habla, ¿qué la ha inducido a semejante cosa?

—Una pesadilla que tuvo anoche —respondió la muchacha—; parece que vio en sueños a nuestro padre que, cogiendo el cetro que empuñaba en vida, y que ahora empuña Egisto, lo plantaba en tierra. Inmediatamente brotó de él un árbol con ramas y fron­dosas ramillas que esparcían su sombra sobre toda la ciudad de Micenas. Asustada por esa visión, me ha mandado, aprovechando la ausencia de Egisto, que aplaque con estas ofrendas el espíritu de nuestro padre.

—Querida hermana —respondió Electra adoptando de pronto un tono suplicante—, no permitas que la ofrenda de esta mujer impía toque la tumba de nuestro padre. Échalo todo al viento, entiérralo bien profundamente en la arena, de manera que ni una partícula pueda llegar al lugar donde nuestro padre reposa. ¿Crees acaso que el muerto, en su sepultura, aceptará con gusto un sacrificio propiciatorio de la que lo asesinó? Mejor será que tires todo eso, que nos cortemos unos bucles de cabello tú y yo y se los lleves, humildes como son, junto con mi ceñidor, lo único que me queda; éste será el sacrificio que acogerá con agrado. Y luego te arrodillas y le ruegas que se levante del seno de la tierra para venir a protegernos contra nuestros enemigos; que haga que pronto resuene la pisada de nuestro hermano Orestes viniendo a destruir a los que lo mataron. ¡ Entonces será cuando llevaremos a su tumba magníficos presentes!

Crisótemis, impresionada por las palabras de su hermana, prometió obedecerle, y salió corriendo con la ofrenda de su madre.

Poco se había alejado cuando Clitemnestra, saliendo de las salas del palacio, se puso, como de costumbre, a injuriar a su hija mayor:

—Por lo visto, hoy te has propasado otra vez, Electra, aprove­chándote de que Egisto está ausente, el único que te contiene. ¿No te da vergüenza andar por aquí, delante de la puerta, hablando mal de mí con las muchachas que entran y salen, conducta tan impropia de una doncella recatada y que tanto perjudica al buen nombre de los tuyos? ¿Siempre seguirás tomando a tu padre, que murió a mis manos, como pretexto para tus inculpaciones? Bueno, no niego que lo hice, pero no fui yo sola; la diosa de la Justicia estaba conmigo, y también tú te pondrías de su parte si fueses razonable. ¿No se atrevió tu padre, a quien eres tú la única de toda la ciudad en llorarlo incesantemente, a sacri­ficar a tu hermana en beneficio propio y de Menelao? ¿Acaso un padre como él tiene dignidad y corazón? Si la muerta pudiese hablar, seguramente me daría la razón. Pero que seas tú, insen­sata, la que me censure, me da igual.

¡Escúchame! —replicó Electra—. Confiesas el asesinato de mi padre; ya es esto ignominia bastante, haya sido el crimen justificado o no. Pero, ¿lo mataste tal vez por motivos de justicia? Te indujo a hacerlo la adulación del miserable que ahora te posee. Mi padre realizó aquel sacrificio, no para sí ni para Menelao, sino para el ejército. Hízolo contra su voluntad, a la fuerza, por amor a su pueblo. Y aun suponiendo que lo hubiese hecho para él o para su hermano, ¿era esto una razón para que hubiese de morir por tu mano? ¿Debías tomar por esposo a tu cómplice y añadir así al crimen más horrendo la acción más afrentosa? ¿O también consideras esto como represalia por el sacrificio de tu hija?

¡Oh ralea impúdica! —replicó Clitemnestra en el colmo de la ira—. Por la diosa Artemis te lo juro; me pagarás esta afrenta en cuanto llegue Egisto. ¿Querrás callarte y dejar que ofrezca tranquilamente el sacrificio?

Y Clitemnestra, alejándose de su hija, dirigióse al altar de Apolo, erigido, como en todas las casas griegas, delante del palacio, para que protegiese la morada y la calle. La ofrenda iba destinada a aplacar al dios de las profecías, con motivo de la visión que, como terrible pesadilla, se le había aparecido la última no­che. Hubiérase dicho que el dios la escuchaba, pues apenas había terminado el sacrificio presentóse a las doncellas de su séquito un extranjero que preguntó por la morada del rey Egisto. Habién­dole indicado ellas a la Princesa, el hombre se le acercó e, hin­cando la rodilla en tierra, díjole:

¡Salve, oh Reina!, vengo de parte de un amigo tuyo con gratas nuevas para ti y para Egisto. Me envía el rey Estrofio, de Fánote: Orestes ha muerto. Tal es mi mensaje.

¡Ay, mísera de mí! Hoy me muero— exclamó Electra des­plomándose en las gradas del palacio.

—¿Qué has dicho, amigo? —preguntó ávidamente Clitemnestra, abandonando el altar de un salto—. ¿Qué dices, qué dices, extranjero? No hagas caso de ésa.

—Tu hijo Orestes —comenzó el forastero—, impulsado por el afán de gloria, había acudido a los juegos sagrados de Delfos. Cuando el heraldo anunció el comienzo de la competición, pre­sentóse él en seguida, un apuesto mancebo que causó la general admiración. Apenas los espectadores habían podido darse cuenta de que salía cuando, semejante al viento o al rayo, estaba ya en la meta y se llevaba el premio de la victoria. Sí, tantas veces como el arbitro hizo proclamar al vencedor por el heraldo, otras tantas, y ellas fueron cinco, resonó el nombre de Orestes, el hijo de Agamenón, generalísimo de los ejércitos que combatieron ante Troya. Así sucedió el primer día; pero cuando algún dios medita daños, no puede evitarlos ni el más poderoso. Pues cuando, al día siguiente, al alba, comenzó el certamen de carros, también él estaba allí entre otros muchos aurigas. Con él habían compare­cido en la palestra un aqueo, un espartano y dos afamados con­ductores de Libia. Orestes era el quinto, con caballos de Tesalia; venía luego un etolio, con una cuadriga de corceles leonados; el séptimo era corredor de Magnesia; el octavo, uno de Enia, con hermosos caballos blancos, tracios ambos; un noveno procedía de Atenas, y, en último término, venía un beocio. Los jueces de campo echaron suertes, los carros se colocaron en orden, las trompetas dieron la señal, y todos se lanzaron al campo agitando las riendas y excitando los caballos. Resonaba el bronce de los carros, volaba el polvo y ninguno ahorraba el látigo. Detrás de cada carro resoplaban ya los corceles del siguiente. Cada vez que Orestes pasaba junto a la última meta, la rozaba con el cubo de la rueda y, soltando al caballo de la derecha, mantenía firme el izquierdo con la rienda. Al principio, todos los carros pasaron bien, hasta que los corceles del eniano, desbocados, al coger el viraje —cuando pasaba de la sexta a la séptima vuelta— trope­zaron con el carro de uno de los libios. Volcaron todos, y toda la pista se llenó de destrozos. Sólo el diestro ateniense supo ladearse y, sosteniéndose, salvó el escollo. Orestes llegaba en último lugar, y, al ver que sólo quedaba el ateniense, chasqueando el látigo en las orejas de sus animales, llegó a la meta al mismo tiempo que aquél. Entonces la competición fue entre ellos dos solos. Hasta aquel momento había efectuado todas las vueltas con seguridad y prudencia, pero ahora soltó la rienda izquierda y, al girar el caballo, sin darse cuenta, topó con la meta. Estrellóse el cubo, y el desgraciado, resbalando del asiento, se enredó con las riendas. Al caer al suelo, los caballos continuaron su loca carrera a lo largo de la pista; los espectadores gritaban, y el hermoso joven tan pronto era visto arrastrado por el suelo como levantando las piernas al cielo. Al fin, los demás aurigas detu­vieron con gran trabajo su tronco y libraron a la víctima, de tal modo ensangrentada, que sus propios amigos no reconocían el cuerpo. El cadáver fue inmediatamente incinerado en una pira, y ahora nosotros, que somos de Fócida, traemos en una urna de bronce las cenizas de aquel gran héroe para que su patria les conceda sepultura.

Calló el emisario, y Clitemnestra sintió que en su alma lucha­ban dos sentimientos contrapuestos: por una parte, debía ale­grarse de la muerte de aquel hijo a quien temía; pero, por otra, su sangre de madre se rebelaba poderosamente en su ser, y un dolor irresistible aminoraba en ella el sentimiento de descanso, al que creía poder entregarse ante aquella noticia. Electra, en cambio, estaba dominada por una sola impresión: la de una pena infinita, a la que dio expresión rompiendo a sollozar amar­gamente.

—¿Adonde he de ir ahora? —exclamó cuando Clitemnestra hubo entrado en el palacio con el extranjero fócense—, Sola quedo, sin ti y sin padre; ahora sí estoy condenada a ser la sierva de esas gentes malvadas, los asesinos de mi padre. Pues no, no quiero seguir viviendo bajo su mismo techo; antes me echaré ante la puerta de este palacio y moriré de miseria. ¿Que alguno de los moradores se enojará por ello? Bien, que salga y me dé muerte. La vida no es para mí sino un mal, y en nada la estimo.

Poco a poco se acallaron sus lamentaciones y quedó sumida en un estado de estupor semiinconsciente. Seguramente habría permanecido así horas y más horas, ensimismada en las gradas de mármol de la escalinata de palacio, hundida la cabeza en el pecho, de no haber llegado corriendo alegremente su hermana Crisótemis y, sin reparar en nada, no hubiese despertado a la otra de su triste ensimismamiento con un grito de gozo:

—¡Orestes ha llegado! —exclamó—, está ahí, tan real y vivo como tú me estás viendo ahora a mí.

Electra levantó la cabeza y, mirando con ojos desencajados, díjole al cabo:

—¿Estás loca, chiquilla, o es que te burlas de mi dolor y del tuyo?

—Te digo que lo he encontrado —repuso Crisótemis riendo y llorando a la vez—; escucha cómo he descubierto la huella de la verdad. Cuando llegué a la tumba de nuestro padre, recubierta de hierba, vi en la cima vestigios de una ofrenda reciente de leche y la sepultura adornada con una corona de flores. Sorprendida e inquieta, miré a mi alrededor y, no viendo a nadie, me aventuré a seguir buscando. Entonces descubrí, al borde de la tumba, un rizo recientemente cortado. Inmediatamente, sin saber cómo, se presentó a mi alma la figura de nuestro hermano ausente Orestes, y me dio el presentimiento que aquel rizo era de él y de nadie más. Con secretas lágrimas de alegría lo he cogido y aquí lo traigo. ¡No hay duda de que ha sido cortado de la cabeza de nuestro hermano!

Ante aquella dudosa prueba, Electra continuó sentada, incrédula, sacudiendo la cabeza:

—Te compadezco por tu insensata credulidad —replicó—. Tú no sabes lo que yo sé.

Y le contó toda la relación del fócense, con lo que la pobre Crisótemis, que a cada palabra sentía desvanecerse su esperanza, no tuvo más remedio que unirse a Electra en sus exclamaciones de dolor.

—Es indudable —dijo Electra— que el rizo procede de algún amigo piadoso que quiso dejar un recuerdo de nuestro hermano, tan lastimosamente caído, en la tumba del padre asesinado.

Sin embargo, aquel incidente había devuelto el valor a la heroica doncella, y así propuso a su hermana (ya que su última esperanza, la de vengar a su padre por mano de Orestes, se había desvanecido con la muerte de éste) de realizar entre las dos la gran hazaña de matar al malvado Egisto.

—Reflexiona —le dijo— que amas la vida y la felicidad en ella, Crisótemis. Pues bien, jamás esperes que Egisto permita que nos casemos y se propague la raza de Agamenón en nosotras, la raza que se vengaría de él y los suyos. Pero si sigues mi consejo, te granjearás fama por haber sido fiel a tu padre y a tu hermano, vivirás libre en adelante y serás feliz contrayendo un matrimonio digno. Pues, ¿quién no se volverá gustoso a mirar a una hija tan noble? Además, todo el mundo nos tributará ala­banzas en la mesa, y en la asamblea no cosecharemos sino honor por nuestra acción digna de un hombre. Créeme, pues, querida. Compadécete del padre, asocíate a la desgracia de nuestro her­mano, sálvame y sálvate a ti misma de esta terrible situación, Piensa en la ignominia de una existencia deshonrosa para mu­jeres bien nacidas.

Pero Crisótemis encontró imprudente, torpe e irrealizable la proposición de su exaltada hermana.

—¿Con qué cuentas? —preguntóle—; ¿tienes acaso la fuerza de un hombre? ¿No eres una mujer? ¿No te enfrentas con ene­migos poderosísimos cuya fortuna se afirma más y más cada día que pasa? Cierto que nuestra vida es dura, pero mira de no hacérnosla más dura todavía. Podemos ganarnos una hermosa fama, pero sólo a costa de una muerte ignominiosa. Y tal vez morir no es lo peor; quizá nos esperaría algo aún más grave. Te lo ruego, hermana, domina tu despecho antes de que nos perda­mos irremisiblemente. Guardaré en el secreto más profundo todo lo que acabas de confiarme.

—Prevista tenía tu contestación —respondió Electra con un profundo suspiro—, bien sabía que rechazarías mi propuesta. En este caso tengo que obrar sola, con mis propias manos. ¡Bien, sea así!

Crisótemis la abrazó llorando, pero ella siguió imperturbable: —Ve —le dijo con frialdad—, ve a decir todo eso a tu madre. Y cuando la muchacha se alejaba llorando y sacudiendo la cabeza:

—Ve —repitióle—. Nunca seguiré tus pasos.

Continuaba sentada en el umbral del palacio cuando se acer­caron dos hombres jóvenes siguiendo a otros que llevaban una urna funeraria. El más bello y apuesto de los dos, dirigiéndose a Electra, preguntóle por la morada del rey Egisto y se dio a conocer como uno de los enviados del rey de Fócida. Electra, le­vantándose de un brinco y tendiendo los brazos hacia la urna: —¡Por los dioses, extranjero! —exclamó—, Si este vaso lo enpierra, dámelo para que con sus cenizas pueda ya llorar a toda mi desgraciada raza.

—Sea quien fuere —dijo el joven considerando atentamente a la doncella—, dadle la urna. Pues nunca pide tales cosas un enemigo, sino un amigo o un pariente.

Electra cogió la urna con ambas manos y, estrechándola re­petidamente contra su corazón, dijo en tono de pena incontenible:

—¡Oh restos de mi carísimo Orestes! ¡ Qué distinta era la es­peranza con que te dejé marchar, y cómo he de saludarte ahora que vuelves de este modo! Cuánto mejor que hubiese muerto yo en vez de enviarte al extranjero. Entonces habrías bajado a la tumba del padre, sacrificado el mismo día, en vez de morir en el destierro y ser sepultado por manos extrañas. Fueron, pues, vanos todos mis cuidados y todos mis dulces esfuerzos. ¡Todo murió contigo! Muerto está el padre, muerta estoy yo misma desde que tú no vives; nuestros enemigos ríen, nuestra madre cruel se entrega a una alegría salvaje, pues ya no teme secretos mensajes de venganza que tú habrías podido enviarme. ¡Ah! ¡ Por qué no me acoges contigo en esta urna! Estoy aniquilada; déjame compartir mi nada contigo.

Al lamentarse la doncella con tanta desesperación, el joven que iba al frente de los enviados no pudo contenerse por más tiempo ni seguir callándose.

—¿Es posible —exclamó— que esta imagen del dolor sea la figura de Electra? ¡Oh hermosura impía e inicuamente ajada! ¿Quién te ha cambiado de este modo?

Electra. mirándolo sorprendida, le dijo:

—Eso se debe a que me veo forzada a servir a los asesinos de mi padre, forzada por mi madre malvada, y con las cenizas que contiene esta urna se ha desvanecido toda mi esperanza.

—¡Suelta ese vaso! —gritó el joven con voz ahogada por las lágrimas. Y al ver que Electra se negaba, apretando con mayor fuerza la urna contra el corazón—: Tira esta urna vacía —repi­tió—, todo eso es simulado.

La doncella, arrojando de sí la vasija, gritó con acento de desesperación:

¡Ay de mí! ¿Dónde está entonces su tumba?

—En ninguna parte —fue la respuesta del mozo—, a los vivos no se les da sepultura.

—En este caso, ¿vive?, ¿vive?

—Como que vivo estoy yo. Yo soy Orestes, tu hermano; reconóceme por esta señal con que nuestro padre me marcó en el brazo. ¿Crees ahora que vivo?

¡Oh rayo de luz en la noche! —exclamó Electra cayendo en sus brazos.

En aquel momento salió del palacio el hombre que había comunicado a la reina la falsa embajada de Fócida; era el ayo del joven Orestes, a quien la misma Electra había confiado un día el niño y que, por su orden, lo había llevado al país de los foceos. Cuando se dio a conocer a la doncella en breves palabras, ésta le estrechó alborozada la mano y dijo:

¡Oh único salvador de nuestra casa! ¡ Qué servicio me han hecho estas manos queridas, estos fieles pies tuyos? ¿Cómo te ocultastes durante tanto tiempo sin ser descubierto? ¿Cómo habéis concertado y dispuesto todo eso?

Pero el hombre dejó sin respuesta sus impetuosas preguntas.

—Ya llegará la hora en que pueda contártelo todo en detalle, princesa. Ahora apremia el tiempo para pasar a la acción, a la venganza. Todavía está Clitemnestra sola en palacio, no hay guar­dianes dentro, pues Egisto se halla aún ausente. Pero si titubea­mos un momento, tendremos que habérnoslas con muchos y más fuertes que nosotros.

Orestes, asintiendo, se precipitó, acompañado de su fiel amigo Pílades (el hijo del rey Estrofio de Fócida, que había venido con él) y sus seguidores, al interior del palacio, y Electra entró tras de ellos después que hubo abrazado suplicante el altar de Apolo.

Pocos minutos habían transcurrido cuando Egisto, de regreso, penetró también en la casa preguntando por los foceos que, según se le había comunicado en camino, traían la noticia de la muerte de Orestes. La primera con quien se topó en palacio fué Electra, y, con burlona insolencia, le preguntó:

—Dime, insolente, ¿dónde están los extranjeros que han venido a destruir tus esperanzas?

Electra reprimiendo sus sentimientos, respondió:

—Dentro, pues han sido bien recibidos.

—¿Y anunciaron su muerte como cierta?

—No sólo la anunciaron —replicó Electra—, sino que lo traen consigo.

—Es ésta la primera palabra agradable que oigo de tus labios —exclamó en tono de mofa Egisto—, pero mira, ahí traen ya al muerto.

Y se dirigió alegre al encuentro de Orestes y sus compañeros, que transportaban un cadáver cubierto desde el interior del palacio al vestíbulo.

¡Ah qué vista más grata! —exclamó el rey clavando en el cuerpo inanimado sus ávidos ojos—. Descubridlo en seguida, pero dejad que me eche a llorar como el caso requiere, pues de un pariente se trata— dijo mofándose.

Pero Orestes le replicó:

—Levanta tú mismo el velo, oh rey. No soy yo, sino tú, quien ha de contemplar estas reliquias y saludarlas con afecto.

—Bien —replicó Egisto—, pero llamad a Clitemnestra, que vea también lo que será de su agrado.

—Clitemnestra no está lejos— dijo Orestes.

Entretanto, Egisto levantaba el velo y retrocedía con un grito de espanto: lo que tenía ante sus ojos no era el cadáver de Orestes, como él había esperado, sino el de Clitemnestra.

¡Ay de mí! —exclamó—. ¿en qué red he caído, desgra­ciado de mí?

A lo que Orestes le respondió con su voz de trueno:

—¿No te has dado cuenta de que estás hablando con los vivos creyéndolos muertos? ¿No ves que tienes ante tí a Orestes, el vengador de su padre?

¡Déjame hablar! —exclamó Egisto anonadado.

Pero Electra conjuró a su hermano a que no lo escuchase. Los forasteros empujaron al usurpador al interior del palacio, y en el mismo lugar donde un día fuera asesinado Agamenón, en el baño, cayó Egisto como víctima expiatoria, herido por la mano del vengador.

Fuente: Gustav Schwav

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