El castigo de la soledad

El castigo de la soledad

Lilpú-Co, un arroyo de montaña, envanecido por los efímeros favores que le dispensaba un elegante grupo de jóvenes turistas, dejó de lado la entrañable amistad de sus antiguos compañeros, que eran más modestos. Pero olvidó que la soberbia es siempre mala consejera, y por ello bien pronto habría de pagar alto precio por tan egoísta proceder.

En el pueblito de cordillera aquel invierno era frío como si hubiese sido el primer invierno del mundo.

El arroyo del pueblo estaba helado. De un lindo chalet bajó entonces un grupo de jóvenes, elegantes en sus trajes de lana, y calzados con patines.

Con las manos en los bolsillos se pusieron a patinar en la lisa superficie de hielo del arroyo, ligeros, joviales y coloridos como si no sintiesen el frío.

Lilpú-Co —así se llamaba el arroyo— era feliz: Huéspedes distinguidos reemplazaban al ahora a las pobres lavanderas, a las mulitas que de tanto en tanto iban a beber de sus aguas, y también a los niños, que arrodillándose confiaban a las aguas parlanchinas sus maderitas, que constituían para ellos lujosos transatlánticos.

Lilpú-Co estaba tan orgulloso y contento de esos nuevos amigos que le dijo a Huylitu, el viento del sur:

—Huylitu, escúchame, trata de conservarme el hielo lo más que puedas para que estos jóvenes tan encopetados sigan haciéndome compañía.

Y el viento Huylitu, dispuesto siempre a hacer pillerías, en cuanto oscurecía pasaba y repasaba, y envolvía a Lilpú-Co en frías ráfagas para mantenerlo bien helado.

Cuando llegó octubre los otros arroyos ya se deshelaban con las caricias del sol y sus aguas empezaban a correr alegremente, mientras nuestro Lilpú-Co seguía siendo un espejo inanimado.

No bien el viento descubrió el primer manojo de amancay, cual llama ardiente en medio de la blancura nívea de las pendientes, los huespedes de Lilpú-Co partieron de improviso como una bandada de golondrinas. Y cuando el calor del verano del apretaba, nuestro arroyo también terminó por deshelarse. Pero permaneció solo para siempre, porque mientras tanto las lavanderas, los niños y las mulitas del lugar habían trabado amnistad con otro arroyo no muy alejado, que, más generoso que Lilpú-Co, hasta en inviermo les había brindado sus límpidas aguas.

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