La leyenda de la Piedra de San Isidro de San Ramón

Dicen los que de tales cosas saben, que los indios huetares creían “que su dios, el sol, era un ser ávido de sacrificios; con tal objetivo construyeron: un altar de piedra muy grande. Los huetares nacidos en el mes de marzo” eran consagrados al dios sol”.

Resulta que el cacique tenía una princesa muy linda, pero con un gran problema: había nacido en el mes de marzo; por lo tanto, estaba destinada al sacrificio. Esta muchacha, de nombre Yumbaruti, tenía la dignidad de sacerdotisa o sea “Virgen del sol”.

Según la tradición, el día en que la princesa cumpliera 15 años, tenía que bailar alrededor de un círculo, cuyo centro tendría un arco con una vasija llena de hojas, esencias y resinas. Si al terminar la danza el contenido ardía y aún el sol no se había puesto, era señal de contento del dios, con lo cual perdonaba el sacrificio.

Dicen que faltaban pocos meses para que Yumbaruti cumpliera los 15 años, cuando llegó al pueblo, situado en donde hoy se asienta la ciudad de San Ramón, un joven muy apuesto, de sangre chorotega, Turichique, quien se enamoró perdidamente de la muchacha. Pero Yumbaruti no lo aceptó, temerosa de que el dios sol se enojara.

Sin embargo, Turichique resolvió el problema por el camino más fácil: raptó a la princesa. Con ella a las espaldas, se fue a las montañas.

Pero he aquí que el día señalado para la danza del sol, la princesa regresó a cumplir lo prometido; la muchacha comenzó a bailar desde la pura mañana y le dio el oscurecer y seguía en sus bailes; pero resulta que la oscuridad fue muy pronunciada durante todo el día, ya que el sol no quiso presentar su cara. Y como no había sol, no ardieron las resinas, ni las esencias, ni las hojas secas.

Yumbaruti se desmayó de cansancio. El brujo de la tribu manifestó que la princesa no era pura, y que por tal razón el sol se había negado a salir. No quedó otro camino que amarrar a la muchacha para llevarla al sacrificio.

El día destinado a la ofrenda tampoco se asomó el sol. En cuanto llevaron la muchacha a la piedra de los sacrificios y le clavaron una lanza en el conlzón, empezó una fina lluvia y, además, un rayo cayó sobre el cadáver, partiendo la piedra en dos. Desde entonces en cada centenario de aquel acontecimiento hay un enorme aguacero, viene la tormenta, caen rayos y se oye fortísimo el cantar de un gallo al filo del mediodía, probablemente sea el espíritu de Turichique que aún vaga en busca de su amor.

Fuente: Salas Guzmán, Emel. “La leyenda de la Piedra de San Isidro de San Ramón”. La Nación, 31 de enero de 1974, p. 10. c. (Suplemento Gentes y Paisajes).

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